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El Malpensante

Música

El bolero, canción de odio

La distancia que puede haber entre el dulce José Alfredo Jiménez y el agrio Sid Vicious puede ser la misma que entre el amor y el odio. Mientras son muchos los boleros que esconden una rabia desgarradora entre sus tonadas melosas, no es tan raro que el punk cante con melodías frenéticas al cariño entre dos.

©Ilustraciones de Silvie Prietov

Es posible que, para muchos, el título de este artículo sea un contrasentido. Yo prefiero verlo como una provocación deliberada, un intento por enseñar el lado más oscuro del bolero, ese que transforma el empalago en amargura, que pregona la destrucción física o moral del ser amado.

Para comenzar, es justo decir que este género ha sido y sigue siendo el culmen de la canción amorosa latinoamericana, y en él se mezclan el romanticismo, la cursilería y la nostalgia como rasgos más o menos homogéneos de nuestra identidad. Fue tal su arraigo popular, que en sus años de apogeo –entre las décadas de los veinte y los sesenta– logró definir y musicalizar un cierto modo de ser, de amar y sufrir del que todavía nos sentimos profundamente orgullosos. Y aunque no estén medianamente cerca del extenso catálogo de dolor y sufrimiento que exhiben el tango y la ranchera, que además de espetar toda clase de sentimientos destructivos violan con frecuencia buena parte del Código Penal (préndeme fuego si quieres que te olvide, méteme tres balazos en la frente, haz con mi corazón lo que tú quieras, y después por amor, declárate inocente, suplica un destrozado José Alfredo Jiménez), los boleros del odio conforman, y con sobrados méritos, un amplísimo cancionero de culto al dolor y la tragedia. Amor y martirio son dos caras de la misma moneda.

Ahora bien: una cosa es tristeza, desamor, desencuentro, nostalgia, amargura, sufrimiento, y otra muy distinta odiar, enquistar en lo profundo del alma la certeza (porque el odio es ante todo deliberado) de que se repudia y se desprecia con desmesura lo que alguna vez se amó. Y como rara vez confesamos un sentimiento tan visceral y malogrado (el odio es silencioso), no queda más remedio que exorcizarlo en las canciones que lo escupen con saña y hasta con ordinariez (el odio no tiene modales).

A quien odia no le basta un clásico bolero de añoranza como “Imágenes”, de Frank Domínguez, que para el objetivo aquí trazado resulta casi infantil (“como un niño, cuando te fuiste me quedé llorando”), porque para decir por interpuesta persona lo que no se atreve a decir cara...

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Juan Martín Fierro

(Bogotá, 1972). Dirige la revista "Ámbito judídico" y es autor, entre otros libros de "El ángel de pasacaballos".

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