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Música

Eso que los Beatles andan cantando

Una reseña clásica del cuarteto de Liverpool

Presentación y traducción del inglés de Juan Carlos Garay

Antes de que fuera obvio señalar la genialidad de los Beatles, cuando esta apenas podía ser intuida entre el barullo de sus dos primeros álbumes, un renombrado crítico se atrevió a manifestar su entusiasmo adolescente por el grupo, bajo la máscara de un sesudo análisis musical.

©Ilustración de Hugo González

Antes de que fuera obvio señalar la genialidad de los Beatles, cuando esta apenas podía ser intuida entre el barullo de sus dos primeros álbumes, un renombrado crítico se atrevió a manifestar su entusiasmo adolescente por el grupo, bajo la máscara de un sesudo análisis musical.

Todas las biografías de los Beatles que presumen de exhaustivas lo mencionan: la columna aparecida en el periódico londinense The Times el 27 de diciembre de 1963, la primera vez que alguien tomó en serio la música del cuarteto. Quizás muy en serio. Siendo tan carismáticos, ya se habían ganado el respaldo de los medios, pero esta columna les sumaba la aprobación más intelectual de los musicólogos.

El autor es William Mann, un crítico de música clásica que arriesgaba un poco su reputación al hallarle tanto mérito al cuarteto de Liverpool. Entendámonos: hoy nadie discute su genialidad, pero para el momento de la publicación de este texto los Beatles apenas habían lanzado sus dos primeros e ingenuos álbumes: Please Please Me y With The Beatles. Frente a ese material, el análisis de Mann se desborda en tecnicismos. Tal vez estaba sufriendo de beatlemanía pero le costaba reconocerlo. Tenía 39 años y un prestigio como musicógrafo, así que encubrió con acuciosidad académica algo en realidad mucho más simple: que le gustaba esa música adolescente.

¿Y se supo qué pensaron los Beatles acerca de esta columna? Sí. En 1970, John Lennon la evocó en una entrevista para el London Evening Standard diciendo: “William Mann habló sobre la ‘cadencia eólica’ y en realidad era un grupo de acordes como cualquier otro… Igual, ayuda que escriban esa mierda sobre uno”.

—J.C.G.

Al parecer, los compositores ingleses más sobresalientes de 1963 son John Lennon y Paul McCartney, esos talentosos jóvenes de Liverpool cuyas canciones han arrasado desde la pasada Navidad, ya sean interpretadas por su propia banda, los Beatles, o por cualquiera de las numerosas agrupaciones de trovadores a las que suplen con material musical.

No me interesa aquí abordar el fenómeno social de la beatlemanía, que se expresa a través de la venta de maletines, globos y otros artículos con las figuras de los queridos artistas, o de los gritos histéricos de jovencitas dondequiera que el cuarteto toque en público; me interesa el fenómeno musical. Desde hace muchas décadas, de hecho desde el declive del music-hall, Inglaterra ha tomado sus canciones populares de Estados Unidos, de manera directa o por imitación. Pero las canciones de Lennon y McCartney tienen un carácter marcadamente autóctono, el más imaginativo ejemplo de un estilo que ha venido desarrollándose a orillas del río Mersey en los últimos años. Además, hay algo de bella y honrosa ironía en la noticia de que los Beatles se han convertido en favoritos también en Estados Unidos.

La fuerza de carácter de una canción pop parece estar determinada por el número de compositores involucrados; cuando se requieren tres o cuatro para lograr que una melodía original se vuelva públicamente presentable, no es muy posible mantener la individualidad. La virtud del repertorio de los Beatles consiste en que, al parecer, todo lo hacen ellos. Tres de los cuatro componen, son versátiles como instrumentistas y, cuando toman prestada una canción de otro repertorio, su tratamiento es idiosincrático. Sucede, por ejemplo, cuando Paul McCartney canta “Till There Was You”, del musical The Music Man: su versión es fresca, sencilla, de buen gusto, una balada sin sentimentalismo artificial.

Sus temas más ruidosos son los que alborotan a las adolescentes. El canto romántico está pasado de moda en estos tiempos, e incluso la canción titulada “Misery” suena fundamentalmente alegre. De otro lado, “This Boy”, ese tema que por lento y triste se destaca en sus recitales, es expresivamente inusual por su música lúgubre y, al mismo tiempo, resulta intrigante en su armonía por esos acordes pandiatónicos encadenados cuyo sentimiento es aceptable por ser cantado con una voz nítida.

Sin embargo, el interés armónico también está en sus temas rápidos, y uno queda con la impresión de que los Beatles piensan en términos de armonía y melodía al mismo tiempo. Así de firmes son los acordes de tónica con séptimas y novenas que integran en sus melodías, o los cambios hacia una submediante bemol; así de natural suena la cadencia eólica al final de “Not A Second Time” (la misma progresión de acordes con la que termina La canción de la Tierra de Mahler).

Esos cambios hacia la submediante que van de do mayor a la bemol mayor, y en menor medida los cambios hacia la mediante (como en la octava ascendente de la famosa “I Want To Hold Your Hand”), son el sello característico de las canciones de Lennon y McCartney y van camino a convertirse en un manierismo. Casi no aparecen en otros repertorios de la música pop, ni tampoco en los arreglos que los Beatles hacen de material ajeno. El otro sello de sus composiciones es una línea de bajo con vida musical propia. Cómo se dividen Lennon y McCartney las responsabilidades creativas es algo que aún estoy por descubrir, pero es significativo que Paul sea el bajista del grupo. Como también puede ser significativo que “Don’t Bother Me”, la composición de George Harrison, sea armónicamente más primigenia a pesar de estar lo suficientemente bien presentada.

Supongo que es lo puramente estrepitoso de la música lo que atrae a los fanáticos de los Beatles (algo queda para escuchar aún a través de los gritos), y habrá muchos padres de familia que maldigan la amplificación de las guitarras eléctricas esta temporada: ¡cuán líricas y eufónicas suenan las guitarras ordinarias cuando los Beatles tocan “Till There Was You”! Pero esos padres que aún se las arreglan para sobrevivir a los decibeles, después de oír las canciones repetidas veces durante todos estos meses, han encontrado algo de placer musical. Y ello se debe a que hay una gran variedad, muy bienvenida en la corriente pop, en eso que los Beatles andan cantando.

Esa actitud autocrática, pero no por ello analfabeta, hacia la tonalidad (más cercana al O Magnum Mysterium de Peter Maxwell Davies que a Gershwin, o a Loewe, o a Lionel Bart); esos emocionantes duetos vocales cuasi instrumentales, a veces en scat o en falsete, detrás de la línea melódica; esos melismas con vocales alteradas (la línea ‘I saw her yesterday-i-ey’ en “She Loves You”) sin llegar al amaneramiento; esas variaciones discretas, sutiles en la instrumentación: la insinuación de un piano o un órgano, unos pocos compases de obbligato para armónica, una breve excursión a las claves o las maracas; esa traducción de expresiones del blues africano o del Oeste americano (por no hablar de la métrica húngara de 8/8 en “Baby It’s You”) al duro y sensible acento de Liverpool... He aquí algunas de las cualidades que hacen que uno se pregunte con genuino interés cuál será el próximo paso de los Beatles, en particular de Lennon y McCartney, y si América los arruinará o se aferrará a ellos, o si el próximo disco sonará tan bien como los otros. Ellos le han traído un sabor singular y estimulante a un género de música que estaba en peligro de dejar de ser música.

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William Mann

Educado en música en Winchester y en Cambridge, pasó la mayor parte de su carrera como prominente crítico de planta del Times de Londres

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