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Música

Son Jarocho a través de las fronteras

Transmisión radial de Betto Arcos

De la mezcla entre indígenas, negros y españoles nacieron la melodía y los versos jarochos. Hoy, los hijos de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos se apropian de este género tradicional de Veracruz para sortear las divisiones, la discriminación y el sentimiento de no estar “ni aquí, ni allá”.

 

 

©Fotografía cortesía de Las Cafeteras

En la Plaza de Doña Marta, en la pequeña ciudad de Tlacotalpan, a hora y media del puerto de Veracruz, la gente vende hierbas, carnes, tortillas y panes. Cada 31 de enero a las seis de la tarde, desde hace 37 años, músicos de son jarocho se reúnen en el Encuentro Nacional de Jaraneros y Decimistas de Tlacotalpan y entonan estos viejos y conocidos versos que le dan inicio a la celebración:

 

Muy buenas tardes señores, señoras y señoritas

señoras y señoritas, muy buenas tardes señores.

A todas las florecitas de rostros cautivadores,

van las trovas más bonitas de estos pobres cantadores.

 

“El siquisirí”, un son jarocho compuesto por el veracruzano Lorenzo Barcelata hace casi ochenta años, es la canción que da la bienvenida a todos los fandangueros que durante los siguientes tres días, en tandas de doce horas, verán el sol esconderse y volver a salir a ritmo de son jarocho, en medio de la celebración de la Virgen de la Candelaria. Lo más bonito es ver la tarima llena de jaraneros de todas las edades, mujeres, hombres y niños por igual, tocando sus instrumentos mientras se turnan para zapatear. El ambiente es muy de la costa, muy festivo. Los que asistieron al baile se pasan botellas de torito, un aguardiente a base de caña con sabor a mango, guanábana, coco y cacahuate, mientras la gente está tocando y celebrando esta música en medio del fandango, que es el alma de este género.

Hace trescientos años, la palabra “jarocho” era una manera despectiva de llamar a los campesinos veracruzanos. Era el hombre del campo, una persona ruda, un arriero. Con el tiempo se convirtió en una referencia a la gente del Puerto de Veracruz, en el Golfo de México, por donde entraron los esclavos –desde Gambia, Senegal, Angola– y empezó el contacto con los europeos, encabezados por Hernán Cortés, en 1519. Por otro lado, la palabra “son”, de origen español, significa canción, música bailable. La influencia ibérica no solo está presente en el nombre; la guitarra criolla que trajeron los españoles al continente hace cuatrocientos años tuvo en el nuevo continente variaciones –en forma y ejecución– según la región en la que fuera replicada. Así nació el punto cubano y la música guajira, o el cuatro que acompaña los joropos colombianos y venezolanos. En el caso mexicano, la guitarra barroca, que tenía ocho cuerdas dobles y se tocaba sobre el pecho, se convirtió en la jarana veracruzana del son jarocho. 

En contraste con las guitarras de caja, el cuerpo de la jarana se consigue al socavar una sola pieza de madera de cedro o caoba. Es el instrumento rítmico, armónico, que le da ese sabor, ese sonido particular que remonta a la tradición de las guitarras criollas. Para tocar un son jarocho, se usa una jarana chiquita a la que le dicen “mosquito” porque suena muy agudo, como un zumbido; después sigue la jarana primera, que es un poco más grande, y luego la segunda y la tercera, cada vez de mayor tamaño. Mientras más grande la jarana, su voz es más ronca. En ocasiones ni siquiera se necesitan amplificadores, el sonido llega a ser estruendoso. Acompañando la jarana está la guitarra de son, más conocida como “requinto”. Es un instrumento de cuatro cuerdas que se puntea con una espiga, similar a la bandola de los Llanos colombianos. El más tradicional es pequeño, y los más graves y grandes –unos guitarrones que hay que abrazar de cuerpo entero– aportan los bajos que le dan esa textura ranchera y campesina a esta música. 

Con esos dos instrumentos, junto a las viejas décimas jarochas, puede bastar para armar un fandango. Sin embargo, las agrupaciones suelen enriquecer su sonido con una variedad de instrumentos que pueden incluir otras cuerdas como el violín, o percusión, como la quijada de burro o la tarima de madera que se toca con los pies... Porque hay que decirlo: sin zapateo no hay son jarocho, y no solamente por el acento percutivo que le da un sonido más negro, más africano, y a la vez bien andaluz, sino porque esta es música para bailar. Para armar ruido y fiesta.

De la mezcla de estas tres culturas –española, indígena y afro– viene esta música que los jarochos oímos desde que éramos niños, y que yo tuve la oportunidad de redescubrir muy viva, en su raíz, durante el Encuentro Nacional de Jaraneros y Decimistas de Tlacotalpan hace unos siete años.

Como sucedió con muchas otras músicas tradicionales como el mariachi y la canción ranchera, el son jarocho se mantuvo vivo durante trescientos años sin mucha influencia exterior y sin salir de México. Hoy, recibe nuevos aires de los versos que se entonan en las plazas de la Ciudad de México, en el Barrio Latino de Chicago, en la frontera entre México y Estados Unidos o en las esquinas de California, especialmente en Los Ángeles, donde ha tenido una expresión muy particular.

Fue aquí, en el noreste de la ciudad, donde en 1958 el chicano Ricardo Valenzuela, Ritchie Valens, convirtió en rocanrol el son jarocho más famoso, “La bamba”. Después, en los años setenta y ochenta, vinieron Los Lobos del Este de Los Ángeles y le dieron otro empuje de popularidad con versiones singulares de clásicos como “El Colás”, “La guacamaya” y “El Canelo”. La participación de Los Lobos en la banda sonora de la ya mítica película La bamba, dirigida por el chicano Luis Valdez, fue fundamental para la conexión del son jarocho con California y con la comunidad mexicano-estadounidense.

©Fotografías de Oceloyotl X

A pesar de que fue escrita hace casi cuatrocientos años y de ser la canción más representativa de la llegada del son jarocho a Estados Unidos, “La bamba” no fue en lo absoluto la primera expresión de este género que atravesó con éxito la frontera. Junto con el mariachi y la canción ranchera, las músicas regionales empezaron a entrar con fuerza a California durante la Época de Oro del Cine Mexicano en los años cuarenta y cincuenta. Agrupaciones como Andrés Huesca y sus Costeños y el Conjunto Jarocho Medellín de Lino Chávez alcanzaron fama fuera de México en cintas como Solo Veracruz es bello y Flor de caña, ambas de 1948.

Rafael Figueroa, escritor e investigador del tema, cuenta en su libro Historia del son jarocho que en la película Allá en el rancho grande (1936), Andrés Huesca cambió su arpa tradicional, de 1,20 metros de altura aproximadamente, por un arpa de Michoacán, que por ser más grande le obligaba a tocar de pie y así se veía más elegante en cámara. Era tal el éxito de Huesca y sus Costeños, que hay quienes rumoran que a su director le tocó armar dos grupos con el mismo nombre para alcanzar a cumplir los compromisos que le surgían gracias a su prestigio como actor. Las proyecciones de estas películas estaban llenas de los padres y abuelos de los chicanos que hoy abanderan el son jarocho. También había bandas en California desde los años cincuenta, como el Conjunto Papaloapan, dirigido por Bobby Chagolla.

La popularidad de este formato protagonizado por el arpa se extendió hasta la aparición de Mono Blanco, uno de los grupos más significativos en el rescate de las raíces del son. En los años setenta, el decimista y jaranero Arcadio Hidalgo llegó a la capital a buscar quien acompañara su jarana. Gilberto Gutiérrez, otro músico veracruzano, se enteró de que Hidalgo, de 80 años, era uno de los últimos grandes soneros de su generación, lo contactó y reunieron músicos para conformar el grupo. En 1976, Arcadio Hidalgo y el Grupo Mono Blanco grabaron el álbum Sones jarochos, en el que la improvisación, el protagonismo de la jarana y el rescate de sones muy viejos hicieron posible un retorno al sonido del campo, a lo antigüito, sin el estruendo y la proyección del arpa de las películas.

El son jarocho, siempre presente en bodas, bautizos, cumpleaños, funerales y todo tipo de fiestas, reúne a la comunidad chicana alrededor del fandango. Los chicanos de East L.A., sean de Michoacán, de la Ciudad de México, de Oaxaca o de cualquier lado, han usado esta música como expresión y punto de encuentro con sus raíces mexicanas así estén fuera del país.

Entre 2002 y 2010, el son jarocho llegó a manos de activistas chicanos que lo utilizaron, entre otras cosas, para aprender o enseñar español, para organizar reuniones y protestas, para problematizar las relaciones raciales a través de versos y letras improvisadas. Entre quienes adoptaron el son jarocho estaban por un lado líderes de movimientos campesinos y defensores de derechos de los inmigrantes, y por el otro viejos soneros, decimistas y jaraneros que habían emigrado a Estados Unidos.

Uno de ellos es César Castro, quien entre 1993 y 2004 fue integrante de Mono Blanco hasta que emigró a Los Ángeles y empezó a hacer jaranas y a dar clases de son jarocho entre la comunidad chicana. Después de colaborar con el Grupo Quetzal en su álbum Die Cowboy Die (2005) y grabar su primer disco como líder en un proyecto llamado zocaloZüe (2008), César se convirtió en director musical de Cambalache, grupo en el que canta y toca el requinto y la jarana primera. Junto a él están tres músicos chicanos: Xochi Flores (jarana tercera, zapateado, voz), Chuy Sandoval (jarana segunda, guitarra eléctrica, voz) y Juan Pérez (bajo electroacústico). En 2013, Cambalache publicó su primer disco, Una historia de fandango.

César dice que el grupo se ha vuelto su principal medio de comunicación musical con México y con los mexicanos que viven en Estados Unidos: “El son ha migrado a través de las generaciones y el tiempo, mi familia también. Por varias razones mi familia salió del campo a la ciudad, el son también. Y de la ciudad al extranjero, ese también fui yo”. En una nueva versión del son jarocho llamado “La iguana”, César evoca toda la experiencia del inmigrante con versos que sugieren la dura realidad que le espera:

 

Iguana mía, ¿ahora qué harás?

Me voy al Norte pa’ trabajar

Será mentira será verdad

que en esas tierras se gana más

lo que sí es cierto y ya lo verás

que hay un desierto y sueños detrás.

¡Alaritangea!, sueña y desea

súbete a La Bestia, viacrucis te espera

cruza la bardita, rompe las barreras

ya que estás adentro, sigue la pelea

a encontrar trabajo, y gente verdadera

nunca se te olvide, de quien tú eras.

¡A la gea gea! ¡A la gea gea!

 

No hay una zona específica llena de veracruzanos en esta ciudad. Esta música se ha transmitido en California por contagio, como una conexión con México, sin importar de qué región provengan sus intérpretes; es una forma de expresión propia de los chicanos de East L.A. Esta difusión se ha visto favorecida por las clases y talleres que imparten Flores, Castro y otros músicos a la comunidad migrante. Grupos como Mono Blanco, Son de Madera, Los Cojolites o Los Aguas Aguas han cruzado la frontera para enseñar el zapateo, la jarana y el requinto. Cruzan con visa de turista, es decir, de manera informal.Organizan fandangos, ofrecen clases por las que la gente está dispuesta a pagar, y después de un par de semanas, vuelven a México con dólares libres en el bolsillo.

©Fotografías de Oceloyotl X 
Uno de los grupos chicanos que ha surgido a partir de estos espacios de transmisión de la tradición son Las Cafeteras. Su nombre se debe al lugar donde tomaron sus clases, el East Side Café, un espacio cultural donde studiantes de ambos países aprenden a tocar la jarana o a zapatear de la mano de profesores como César Castro y otros grandes soneros. En 2008, Las Cafeteras empezaron a fusionar son jarocho con hip-hop y rhythm and blues. El resultado es un sonido de Veracruz con sabor a Los Ángeles, puro mestizaje musical a lo Ritchie Valens.

Uno de los miembros de Las Cafeteras es Héctor Flores, de 34 años. Él nació en California. Su padre es de San Luis Río Colorado, pueblo fronterizo del estado de Sonora; su madre es de Morelia, Michoacán. Héctor dice que habla un 75% de español. “Quería ser el chicano que podía hacerlo todo, tocar jarana y cantar versos. Pero fue difícil improvisar, lo cual es un aspecto crucial de la cultura del fandango. Mi falta de español y mi poca habilidad poética no me dejaron ser un buen decimista”.

Hace ocho años, cuando eran estudiantes y empezaban a tocar son jarocho, los miembros de Las Cafeteras trataban de imitar una cultura, una música y un estilo que no eran los suyos: “No somos ‘jarochos’ de Veracruz, sino chicanos e inmigrantes de Los Ángeles, con nuestras propias historias y luchas que son únicas y hermosas. El son jarocho nos enseñó a contar nuestra historia y a manifestar nuestra narrativa en rimas, música, danza y poesía”, dice Héctor.

Denise Carlos, de 34 años, otra integrante de Las Cafeteras, hablaba español en casa cuando era niña, pero el inglés se convirtió en su primera lengua con el paso de los años. “Para mí ha sido muy bello poder expresarme en la lengua en que mi madre me ama, la lengua de mi niñez. He podido reclamarla y apreciar la imperfección del spanglish como mi verdadero lenguaje y no avergonzarme de mezclar los idiomas para que entiendan mi mensaje”. De esta búsqueda nace “La bamba rebelde”, una reinterpretación del antiguo son jarocho de hace cuatrocientos años y de la versión rocanrolera de Ritchie Valens de hace sesenta, con una letra que aborda la situación actual de los mexicanos frente a la ola antiinmigrante:

 

Es la bamba rebelde, es la bamba rebelde

que cantaré, porque somos chicanos,

porque somos chicanos de East L.A.

Ay, arriba y arriba

ay, arriba y arriba

y arriba iré

yo no creo en fronteras

yo no creo en fronteras

yo cruzaré, yo cruzaré, yo cruzaré.

 

Definen sus sonidos con la palabra “Nepantla”, como propone la escritora chicana Gloria Anzaldúa en Borderlands / La Frontera. The New Mestiza, vocablo de origen náhuatl que significa “en medio” o “entre mundos”.

Movido por esta misma fuerza integradora, por esta necesidad de reconocerse “en medio”, hace siete años nació Fandango Fronterizo, una fiesta de son jarocho a lado y lado de la frontera más transitada del mundo. A través de las redes sociales convoca a músicos de México y Estados Unidos. En varias ocasiones han estado presentes las figuras más reconocidas del son jarocho de ambos países, como Patricio Hidalgo –nieto de Arcadio–, Los Hermanos Baxin, Los Utrera, Laura Rebolloso, e integrantes de Cambalache, Quetzal y Las Cafeteras.

El último domingo de cada año, se reúnen más de cincuenta jaraneros y bailadores en un país y cincuenta en el otro. César Castro y su pareja Xochi Flores cruzaron desde Los Ángeles para la séptima versión del evento. A uno y otro lado de la frontera, el fandango transcurre entre el Friendship Park, en San Diego (Estados Unidos), y el Faro de Playas de Tijuana (México), justo en el punto en que la barrera de metal separa los dos países hasta perderse en las aguas del Océano Pacífico.

A pesar de que el muro amortigua el paso del sonido, ambas partes celebran hasta bien entrada la tarde, mientras “la migra” vigila con recelo. Esta es otra manera de decir que las fronteras no existen. Todos hemos sido migrantes y el hecho de que uno pueda tocar música de un lado y que le respondan desde el otro demuestra que el  son jarocho es un solo pueblo.

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Betto Arcos

Es conductor y productor del podcast musical ?The Cosmic Barrio?. De 1997-2015, creador y conductor del programa ?Global Village? de la emisora KPFK-90.7 FM en Los Angeles, California.

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