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El Malpensante

Breviario

Las llaves de Orhan Pamuk

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Hace unas semanas Orhan Pamuk se dirigió a una pequeña tienda en Estambul y pidió una Coca-Cola. El encargado lo vio con extrañeza: “¿Eres el escritor?”; luego agregó a quemarropa: “¿No estabas en la cárcel?”. La pregunta tenía fundamento. Grupos integristas han pedido que se juzgue al escritor por “insultar deliberadamente la identidad turca”, delito un tanto vago que puede acarrear tres sólidos años de prisión. En ensayos y entrevistas, Pamuk ha defendido su derecho a la libertad de expresión. Sin embargo, ante el vendedor de refrescos prefirió actuar como contador de historias: “Me acabo de escapar”, respondió: “Quiero una Coca-Cola”.

A los 54 años, Pamuk pertenece al linaje de Günter Grass, Gabriel García Márquez, Amitav Ghosh y Salman Rushdie, los narradores torrenciales cuyo reparto de personajes se ordena en genealogías o sagas migratorias y cuyas tramas se multiplican al modo de Las mil y una noches. Aunque ocasionalmente practiquen con maestría el cuento o el artículo de opinión, estos autores se sienten más cómodos cuando hablan de muchas cosas a la vez. Herederos de las caravanas que compartían asombros ante la fogata y las abuelas que condimentan el sancocho con chismes, urden anécdotas colectivas donde la soledad no es un problema existencial sino un lujo innecesario. Si Tolstoi aconsejaba buscar historias en las familias infelices, quienes entienden la novela como un Ganges narrativo escogen familias no sólo tristes sino muy numerosas.
 
La primera vocación de Pamuk fue la pintura. Desde niño mostró habilidad para el dibujo y sólo cambió de interés a los 22 años, cuando entendió que carecía de tradición en la cual apoyarse. La cultura islámica no es proclive a la reproducción de las imágenes. Las disyuntivas para un pintor turco moderno iban del exilio a la fundación de una estética a contrapelo de la norma. Lo primero escapaba de los intereses de Pamuk, que viaja mucho para volver a su entorno; lo segundo exigía ser pionero de un arte sin precedentes y, sobre todo, renunciar a los compañeros de ruta y los testigos cómplices. Y quien haya leído a Pamuk sabe lo mucho que depende de las voces de los otros. En sus extensas y ruidosas obras no sólo los taxistas son inveterados parlanchines.
 
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Juan Villoro

Ganó el Premio Herralde en 2004 por su novela 'El testigo'. Su última publicación es el ensayo 'Balón dividido'.

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