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Barrer la casa

El desminado conjunto entre las Farc y el Ejército en Briceño

Pese a la turbulencia de los acuerdos de paz, los habitantes de uno de los lugares más volátiles del país han visto cómo una improbable coalición sigue quitando terreno a los explosivos. El proceso ha sumado nuevos nombres a la larga lista de inmolados y de héroes.

© Ilustración de Martín Sánchez

“Y nacerán nuevos héroes criados en cunas de acero...”.

Friedrich Hölderlin

En la vereda el orejón hay tantas minas como habitantes.

El Orejón es un paraje del municipio de Briceño, situado en el norte de Antioquia, en el cañón del río Cauca, cerca del lugar donde se construye la nueva Central Hidroeléctrica de Ituango. Según cálculos de los oficiales que trabajan en el Batallón de Desminado Humanitario del Ejército Nacional, allí hay, al menos, una mina antipersona por cada habitante. Esto quiere decir que hay una cada 426 metros cuadrados, mientras que en el resto de las zonas minadas de Colombia el promedio es una cada 2.600 metros cuadrados.

Cuando una guerra acaba, queda mucho trabajo por hacer. Hay que enterrar los muertos, recoger los heridos, dar asistencia a los refugiados... Hay que reparar los puentes y los caminos destruidos... Reconstruir las casas y las escuelas... Volver a cultivar los campos abandonados...

De esos trabajos, uno de los que comporta mayores riesgos es desminar los campos sembrados de explosivos. Sobre todo, desactivar las minas antipersona. Estas son uno de los símbolos más vergonzosos de la degradación de la guerra, artefactos que pueden estar camuflados en un tarro, una olla, una cantimplora, un balón, un radio, una lata, un frasco o una botella, y pueden herir, mutilar o matar a una o más personas. En su mayoría se activan por la proximidad o el contacto de la víctima con la mina. Muchas están escondidas en medio de los rastrojos, casi siempre al pie de los caminos, o entre las ramas de los árboles, y explotan con el más mínimo roce. Sus víctimas son casi siempre niños o civiles desarmados. Por lo menos 19 campesinos de El Orejón han muerto desde 2012 a causa del estallido de esas minas.

En su pasado más reciente, la vereda fue territorio de guerra abierta entre los Frentes 36 y 18 de las Farc, el Ejército Nacional y el llamado Bloque Mineros de las Autodefensas Unidas de Colombia. Los campesinos dicen que las minas se multiplicaron desde 2010, cuando empezó la construcción de Hidroituango –el proyecto hidroeléctrico más grande de Colombia– y aumentó también la presencia del Ejército en la zona. Desde el Alto del Capitán, el punto más elevado de la montaña, puede verse lo que será la futura gran represa. Desde hace cinco años, las Farc lo sembraron de minas para evitar que tropas del Ejército patrullaran por la zona.

El Orejón está habitado por 24 familias y en el pasado fue un enclave minero. El origen de su nombre lo cuenta así don Bernardo Peláez, líder comunitario de la vereda: “Don Sinforiano Jaramillo, su esposa, tres hijos y otros parientes plantaron un rancho en el sitio denominado La Partida, sobre la cordillera, hoy denominado Alto de Osos; como vehículo de carga los acompañaba un asno al que llamaron el Orejón. Este animal, por trochas y peligrosos caminos, transportaba los escasos elementos de mercado desde Yarumal y recorría una distancia aproximada de 200 kilómetros, ida y regreso, durante más o menos siete días. El asno carguero era prestado a otras familias de fincas aledañas, por lo que el Orejón se volvió famoso, extendiendo más tarde el nombre a su dueño y finalmente a la tierra que Jaramillo dijo era su finca, a la cual fijó sus límites mirando hacia abajo desde el Alto de los Micos, hoy llamado Alto del Capitán”.

Este sitio es considerado estratégico. Primero, porque está en el corazón de la Cordillera Central que bordea al río Cauca, desde donde parten corredores terrestres hacia el Nudo de Paramillo, Urabá, el Bajo Cauca y Medellín. Corredores usados por la guerrilla y los traficantes de drogas. Segundo, porque está enclavado en medio de lo que será la Central Hidroituango. Por eso fue escogido como primer escenario para las acciones de desminado por parte de las Farc y el gobierno. Y desde el año pasado, ocurrió allí algo que en Colombia parecía imposible: el Ejército Nacional y los guerrilleros de las Farc empezaron a trabajar juntos en esa misión, a pesar de que todavía no se había firmado el acuerdo de paz de La Habana.

Todo comenzó en mayo de 2015. En medio de la peor crisis del proceso de paz, los negociadores del gobierno y las Farc le dieron vía libre al plan piloto de desminado en El Orejón. Este era parte de un acuerdo de la mesa de La Habana para construir confianza entre la población, el gobierno y la guerrilla. Las tareas se iniciaron el 15 de julio de ese año, cuando expertos del Batallón de Desminado Humanitario del Ejército y guerrilleros de las Farc hicieron estallar las dos primeras minas antipersona encontradas en la zona demarcada por los guerrilleros. A ese batallón se unieron recientemente 2.500 hombres de la nueva Brigada de Ingenieros de Desminado Humanitario del Ejército, que el año próximo dispondrá de 10.000 soldados.

Los campesinos dicen que en su vereda hay tres tipos de minas: la convencional, que afecta hasta la rodilla; “la enredadera”, con una trampa que se enreda en los pies o el pecho, y explota al tocar el cuerpo; y la más temida, “la bomba”, que se activa a la distancia con solo encender cualquier celular y es capaz de despedazar completamente a las personas. A esta última los expertos en explosivos del Ejército Nacional también la llaman “mina fantasma”, y dicen que es un artefacto explosivo tan peligroso que puede hacer volar en pedazos a cinco personas en cosa de segundos. Algunas de estas minas pueden tener una vida útil hasta de cincuenta años... Y cada vez son más difíciles de detectar: durante los últimos años, en su fabricación comenzaron a reemplazar el uso de metales por el de plásticos y agroquímicos. 

A esa tarea de desminar los campos de la vereda El Orejón estaba dedicado el guerrillero Darío Vera Gil, del Frente 36 de las Farc, a las diez de la noche del 18 de febrero de 2013, cumpliendo instrucciones de sus jefes –ya desde ese año, las Farc estaban realizando tareas de desminado a pedido de la comunidad–. Los guerrilleros, en su mayoría, no tienen nombre o se niegan a usarlo. A él, los campesinos lo llamaban Perrillo. El hombre sabía dónde estaban las minas porque él mismo las había sembrado para mantener a raya a los soldados del Ejército Nacional.

Don Bernardo Peláez cuenta que a esa hora, a unos cien metros de la escuela, Darío estalló en cuerpo y alma mientras trataba de desenterrar una mina que sus compañeros habían plantado junto a un camino. Su cuerpo en pedazos quedó tendido sobre el suelo, en medio de un reguero de sangre.

Poco después, Yudis García Moreno, su compañera de 16 años de edad, se acercó al cadáver para tomarle una fotografía y enviársela a sus amigos del Frente 36. Los campesinos que estaban bregando a cavar la tumba le gritaron:

–¡Fotos, no! ¡Fotos, no! ¡Se puede activar una mina! ¡Y guarden esos celulares que el solo hecho de encenderlos es un peligro!

Pero ella insistió en que la fotografiaran junto al cadáver despedazado de su compañero. Don Bernardo cumplió su deseo. En ese momento se activó otra mina y estalló.

“Había personas hablando por celular. Creo que fue por eso que estalló la mina, no por la cámara. Si no, no podría ni hablar del remordimiento”, dice don Bernardo. “La mina la mató a ella y dejó heridas a once personas más. La muchacha estuvo agonizando toda la noche y murió desangrada a las 8:30 de la mañana del día siguiente. Dejó un niño de cuatro meses”. La voz de don Bernardo vacila, se quiebra, a pesar de que han pasado varios años.

Deicy Johana Pareja, corresponsal de El Tiempo en Medellín, fue una de las primeras periodistas en visitar la zona en junio de 2015. “Para mí, llegar a El Orejón fue toda una odisea”, dice. “Cuando llegué a Briceño, el alcalde y el presidente de la Junta de Acción Comunal del pueblo me recomendaron que me devolviera para Medellín”.

Deicy viajó acompañada por el fotógrafo Guillermo Ossa en un Toyota Land Cruiser modelo 78 que llaman “el chivero”, y que sale una vez al día, a las 12:45 de la tarde. El vehículo va desde el casco urbano de Briceño hasta Pueblo Nuevo, el caserío más cercano a El Orejón.

“El techo del carro iba repleto de bultos de comida, cervezas, materiales de construcción y una pipeta de gas. Adentro había espacio para nueve personas, pero el chofer acomodó once, muy apretadas. Dos muchachos más iban sentados en el bumper delantero y otros tres colgados de la llanta de repuesto, en la parte de atrás”, recuerda Deicy.

Por el camino, el campero atravesó una quebrada caudalosa y tuvo que vencer tres cuestas largas y empinadas, por una carretera angosta, desafiando abismos. Las fachadas de las casas del camino estaban marcadas con el sello del Frente 36 de las Farc, dueño de la zona desde que se fueron los paramilitares del Bloque Mineros. En las casas también había avisos que prohibían transitar por la carretera entre las ocho de la noche y las cinco de la mañana.

El viaje entre Briceño y Pueblo Nuevo duró cuatro horas y media. A lo largo del camino sus equipajes fueron revisados por guerrilleros de las Farc en varios retenes. Desde Pueblo Nuevo hasta El Orejón, Deicy y el fotógrafo gastaron 45 minutos viajando en dos mulas. Para recorrer este último tramo, tuvieron que contratar un guía: un muchacho de quince años que desde niño tiene claro en su cabeza el mapa de lo seguro, lo peligroso y lo prohibido en cada metro del camino. Lo primero que les dijo al ver la cámara fue: “Cuidado. Aquí no se pueden tomar fotos porque de pronto explota una mina”. Cada vez que el muchacho señalaba un desvío con un aviso de campo minado, Deicy tenía que sostenerse fuerte de la mula para no caer. La trocha tenía tramos tan estrechos que solo cabía una de las bestias. Al mirar abajo, lo único que se veía era un abismo allá en el fondo de las montañas: el cañón del río Cauca.

Lo primero que hallaron en el camino fue una casa de tejas con dos salones, pupitres viejos y consignas de las Farc. Era la escuela cercana al sitio donde murieron los dos guerrilleros. Las casas estaban aisladas una de otra y cada una tenía su propio camino. Había electricidad, pero no acueducto. La gente tomaba el agua de algunos manantiales que nacen en lo alto de la cordillera.

Allí los campesinos siembran café, yuca y maíz, y desde hace algunos años coca. Las minas están plantadas a la orilla de los caminos y en casas abandonadas. La gente le contó a Deicy que son tantas y explotan con tanta frecuencia que ya se han acostumbrado a los estallidos. Cada vez que hay rayos o llueve muy fuerte, las minas se activan por sí solas. Por eso mucha gente ya no puede cultivar casi nada, ni moverse por la vereda. Tienen que comprar el mercado para seis meses porque entrar y salir de El Orejón es como jugar ruleta rusa. También dejaron de enviar a sus hijos a la escuela.

“Por actos inocentes, como ayudar a un herido o tomar una foto, los campesinos han caído en trampas mortales, incluso en sus propias fincas”, cuenta Deicy.

Algunas de las minas de última generación plantadas por los guerrilleros tienen un dispositivo llamado fotocelda, y explotan con cualquier luz. Por eso son sensibles hasta al flash de una cámara fotográfica.

De regreso, Deicy y su compañero encontraron unas piedras marcadas de rojo, puestas junto a la quebrada que divide en dos el camino. A ellos y a algunos campesinos que los acompañaban les dio mucho miedo: pensaron que las marcas eran de minas. “Ahí nos quedamos casi una hora sin caminar y sin movernos, esperando al otro chivero que venía a recogernos”, cuenta Deicy.

El 15 de julio de 2015, poco después del viaje de los dos periodistas, comenzó el desminado humanitario de El Orejón en 12.000 metros cuadrados de territorio, bajo la dirección del general retirado del Ejército, Rafael Colón. En cumplimiento del acuerdo suscrito en La Habana entre los negociadores del gobierno y las Farc, campesinos y guerrilleros del Frente 36 entregaron mapas y testimonios orales sobre los campos minados. Con su ayuda, los expertos en explosivos demarcaron las primeras cuatro áreas de alto riesgo.

En un comienzo, en el proceso de desminado participaron unos cincuenta expertos antiexplosivos del Ejército y dos miembros de la ONG Ayuda Popular Noruega. En representación de las Farc se unieron al grupo alias Olmedo Ruiz, cabecilla del Frente 36, y dos guerrilleros más conocidos por los campesinos con los alias de Pecueca y Cristina.

En las operaciones realizadas hasta hoy en El Orejón, se han identificado cinco áreas peligrosas, se han destruido 44 artefactos, se han liberado 18.755 metros cuadrados de territorio y se han demarcado otros 3.400. Ni siquiera tras el triunfo del no en el plebiscito, el desminado conjunto entre las Farc y el Ejército se detuvo.

Se prevé que en dos meses, si hay buenas condiciones atmosféricas, se pueda declarar a la vereda libre de minas. El retraso se ha dado porque se amplió el polígono de intervención, que inicialmente era de unos 12.000 metros cuadrados y ahora sobrepasa los 22.000.

Pero llegar a este resultado no ha sido fácil. En un comienzo, la desconfianza reinaba entre soldados y guerrilleros. Cualquier sobrevuelo de un avión o un helicóptero del Ejército alertaba a estos últimos, quienes, desarmados, pensaban que sus enemigos les tenderían una trampa. Los militares, por su parte, también desconfiaban de los guerrilleros y miraban con recelo los mapas que Olmedo y sus hombres les entregaban, casi siempre hechos a mano y sin coordenadas.

Según el general Rafael Colón, excomandante de las operaciones de desminado del Ejército, la confianza se fue construyendo día a día. El diálogo se volvió fluido poco a poco. A esto contribuyó la visita del comandante de las Farc Pastor Alape a la zona. La presencia de un grupo paramilitar a 40 kilómetros de El Orejón también fue motivo de fricción permanente no solo con los guerrilleros sino con los campesinos, quienes temen que esos grupos regresen a la vereda cuando acabe el desminado. Muchos dicen que ellos desaparecieron, que se amnistiaron en el gobierno de Álvaro Uribe, pero los campesinos sostienen que siguen ahí. Ahora tienen otro nombre. Pero han regresado.

La muerte de cierto soldado –ocurrida en julio de este año– también sirvió para reafirmar los lazos de amistad tejidos poco a poco entre los guerrilleros y los soldados. Se llamaba Wilson de Jesús Martínez Jaraba, tenía 37 años y murió cuando intentaba desactivar una mina fabricada con dos kilos de pólvora. Esa misma semana él y otros soldados de su batallón habían desactivado cinco minas más con ayuda de los guerrilleros. En el momento de la explosión, Martínez perdió su pierna derecha a la altura de la cintura. Dos compañeros suyos resultaron heridos. El soldado tenía doce años en el Ejército y había dedicado nueve de ellos al trabajo de desminado.

La muerte de Martínez golpeó duramente a los guerrilleros. Hasta ese día, algunos de ellos habían compartido con él los camarotes, los aguaceros, los mosquitos y hasta la soledad y el frío despiadado de esas montañas. Ese día, según el comandante del Batallón de Desminado, todos comprendieron que tenían que compartir más información si querían sacar adelante el proyecto de desminado de El Orejón. Los guerrilleros entendieron que debían confiar a sus “enemigos” todos sus secretos militares en materia de fabricación de minas. Días más tarde decidieron que a diario se reunirían no una sino dos veces con ellos.

Hace más de un año, cuando llegaron los primeros soldados, a duras penas se saludaban. Pero después de desafiar juntos la muerte durante tantos meses, por las tardes, cuando volvían del tajo, se ponían a jugar fútbol, o a contar historias junto al fogón mientras calentaban el chocolate.

%_sigueinte_%

Hoy, los campesinos de El Orejón tienen la esperanza de que el desminado partirá la historia de la vereda en dos. Como dice Bernardo Pelaez, entre “la violencia que han vivido y la paz que van a vivir”.

 Después de cada guerra, alguien tiene que limpiar. No se van a ordenar solas las cosas. Alguien debe echar los escombros a la cuneta para que puedan pasar los carros llenos de cadáveres. Alguien debe meterse entre el barro, las cenizas, los muelles de los sofás, las astillas de cristal y los trapos sangrientos. Alguien con la escoba en las manos recordará todavía cómo fue. Todavía habrá quien a veces encuentre entre hierbajos argumentos mordidos por la herrumbre y los lleve al montón de la basura. En la hierba que cubra causas y consecuencias, seguro que habrá alguien tumbado, con una espiga entre los dientes, mirando las nubes.

Leo estos versos de la poeta polaca Wislawa Szymborska, escritos después de la Segunda Guerra Mundial, y pienso en los soldados y en los guerrilleros colombianos que hoy trabajan unidos en el desminado de los campos de El Orejón. Yo los llamaría los nuevos héroes de estos tiempos de miseria, nacidos y criados en cunas de acero, como dice Hölderlin. Porque no solo la guerra tiene sus héroes. Hoy repito estos versos en silencio, en homenaje a ellos.

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Juan José Hoyos

(Medellín, 1953) Es escritor y profesor universitario. En 2004 la Universidad de Antioquia publicó su libro Escribiendo historias. El arte y el oficio de narrar en el periodismo.

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