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Leer a Escondidas

Un dulce contagio

 ¿Cómo se transmite la pasión por los libros?, ¿cómo descubre un niño lo que contienen esos artefactos apilados en estantes ominosos? Tres autores del volumen Mis primeras letras comparten la forma en que le madrugaron a la literatura.

Mi papá leía mucho y en la casa tenía una biblioteca con muchos libros. Yo le huía a la biblioteca porque no le veía gracia y mejor me iba a jugar fútbol o a tirar piedra o a perseguir niñas en las lomas de un barrio de Medellín que se llama Villa Hermosa. Un día mi papá me entregó un libro flaquito y me dijo que lo leyera y lo resumiera y que por eso me iba a dar plata. Yo agarré el libro de mala gana solo porque escuché de la boca de mi papá la palabra “plata”, pero no le paré bolas sino mucho tiempo después, cuando necesitaba un poquito de esa palabra para comprar cualquier cosa. Tal vez algo que había visto en televisión o a un amigo del barrio.

Leí el libro a la carrerita y en una sentada hice el resumen por hacerlo, a la guachapanda. Se lo entregué a mi papá y él me dio un billete que valía la pena. Yo me sentí útil y me puse muy feliz.

Un tiempo después mi papá me entregó otro libro. Y después otro. Y otro y otro y otro y me dejó escoger uno a mi gusto así no me gustara ninguno porque no me gustaba leer y otro y muchos y así pasaron años y años y yo seguía siendo niño y cuando pensaba que leyendo y resumiendo me iba a enriquecer me pasó eso. ¡Me envicié! No a la plata, de esa se envicia todo el mundo desde chiquito así no haya, sino a leer.

Cuando mi papá se dio cuenta de mi vicio me dejó de dar. Entonces yo me planté duro y me rebelé. “No leo más”, le dije. Y pensé decirle, además, que si me quitaba el trabajito me iba a ver todos los días haciendo bulla y daños por la casa y maldades y estragos en la calle. No le dije nada a ver si recapacitaba.

Lo que pasó después fue que no hubo más plata, y yo, para que mi papá no pensara que yo no tenía palabra y que me contradecía, me las tuve que idear para leer a escondidas. Leí libros de temas que me interesaban y de esa manera fui llegando a escritores que me gustaban mucho y me leí todo lo de ellos y esos escritores y libros me llevaron a otros y a otros y ya sí leía lo que me gustaba, lo que me daba placer, lo que me divertía y dejé de tirar piedras en el barrio y les mermé un poquito a los partidos de fútbol y ya no perseguía niñas por la cuadra sino que les leía y de un momento a otro me dieron ganas de escribir y escribí y veinte años después, hoy, no he podido...

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David Betancourt

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