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Un negocio de humo y ceniza

La vida del fundador de una de las fábricas de tabacos más prósperas de Cuba se consumió de forma inesperada. Un thriller con detectives de pacotilla y conspiraciones a medio alumbrar transcurre a la sombra de una concisa historia del habano que pasa por Cataluña, Victor Hugo y José Martí.

© Ilustración de Magdalena Santa Cruz

Sentado en su escritorio y pensando en qué cenar, el sargento Félix Grau fue interrumpido por un guardia que entró en su despacho gritando.

–Han atentado contra Jaime Partagás, y no se sabe si sobreviva.

A Grau le costó unos minutos reorganizarse, pero al conseguirlo se arregló el traje y escuchó lo que había pasado.

La noche anterior, 17 de junio de 1868, acompañado por su empleado Pedro Arias, el productor y comerciante de tabaco Jaime Partagás iba sobre uno de sus caballos por uno de los tramos de Hato de la Cruz, en Vuelta Abajo –área de la provincia de Pinar del Río donde se cosechan las hojas del mejor tabaco del mundo, de exquisito aroma y facilidad para arder–. Habían visitado a Rosario González, viuda del comerciante José Cabrizo, propietario de tierras que Partagás codiciaba y con quien había mantenido estrechas relaciones comerciales. Muerto ahora, Rosario le había entregado algunos de esos terrenos para compensar viejas deudas. A Partagás le gustaba visitar a Rosario tres o cuatro veces por semana, no solo por la cercana amistad que mantenía con la viuda sino para ver a su hija Dolores, de 19 años, a quien llevaba buen tiempo cortejando. Partagás también era viudo; su esposa había muerto hacía un año y sus hijos se encontraban lejos, demasiado ocupados en la administración de los negocios de su padre en La Habana. Corría el rumor de que al comerciante español le interesaba la mulata Dolores más que todas las propiedades de los Cabrizo. Otros, menos pudorosos, aseguraban que en realidad lo que intentaba era quedarse con todo lo que había pertenecido a José.

El guardia le dijo al sargento Grau que, al salir de ahí, Partagás y su empleado agarraron por el Encinal de Pairó, un tramo de Hato de la Cruz, cuando se escucharon dos disparos: uno de ellos hirió al comerciante en el pómulo derecho, el otro perforó su sien y ocasionó un derrame en las meninges. Arias lanzó un grito y se abalanzó sobre su jefe para socorrerlo; levantó a Partagás como pudo, lo acomodó en sus brazos y no sin esfuerzo lo condujo hasta la casa más cercana.

 ***

En 1844, Jaime Partagás fundó su fábrica de tabacos en la calle Industria, cerca del puerto de La Habana. Había llegado trece años atrás cuando tenía solo catorce, procedente de Arenys de Mar, Barcelona, y en contra de la voluntad de sus familiares. Desde pequeño había mostrado interés por el mar y las historias navieras: le gustaba pasar tiempo hablando con marineros sobre el Caribe y el continente americano. Un día tomó la decisión y se embarcó hacia Cuba. La tripulación de aquel barco, al igual que los amigos que había hecho en el puerto, conocían los negocios que muchos españoles emprendían al asentarse en la isla, y era sabido que un hombre llamado Juan Conill, catalán como Partagás, había hecho muchas riquezas y brindaba apoyo a quienes llegaban de su tierra. El osado y voluntarioso adolescente lo buscó, con la convicción de que a su lado aprendería el arte necesario para prosperar. Por aquel entonces, Conill era una figura respetada en el comercio habanero; no solo contaba con negocios de azúcar, grava y café, sino que también era propietario de varios talleres de tabaquería en los que Partagás aprendería a recoger la hoja, a torcer puros y a venderlos, pero sobre todo a ver en el apetecible negocio del humo y la ceniza una inagotable fuente de dinero.

Ese aprendizaje al lado de Juan Conill fue suficiente para que, a los 28 años, Partagás fundara su propia fábrica, la cual creció y prosperó rápidamente cuando el catalán comenzó a aplicar con los cosecheros de Vuelta Abajo un recurso que se conoció como crédito agrícola. Adelantaba una suma de dinero a los trabajadores de las vegas como capital inicial y les hacía más fácil el cultivo suministrándoles los implementos necesarios y mano de obra esclava; luego adquiría sus cosechas de acuerdo con los precios establecidos en el mercado descontando lo que él mismo había invertido además de los intereses crediticios. Generaba así un círculo vicioso, y los obligaba a endeudarse, pues los cosecheros necesitaban el capital que Partagás les prestaba para la producción de sus cosechas. De esa manera el catalán se convertía en arrendador, propietario y acreedor, y para mantenerlo en sus líneas afectivas y económicas todos los trabajadores le separaban la mejor hoja, la mayoría de veces a precios irrisorios.

Esto le bastó para reunir un buen capital con el que empezaría a modernizar la industria tabacalera, implementando nuevos tiempos de fermentación de la hoja, aumentando la producción, pero sobre todo ofreciendo un producto de alta calidad y atractiva presencia, con nuevas formas de presentación y diferentes anillos para cada vitola. Así, Partagás aumentó el número de operarios necesarios para el negocio, tomándose el tiempo suficiente para capacitarlos y asesorarlos según sus requerimientos productivos.

Poco más de diez años después de fundar su fábrica, el catalán ya contaba con más de quince formatos diferentes de habanos, que exportaba a Europa presentados en lujosas cajas de cedro y caoba diseñadas por él mismo, de 15, 25 y 50 puros. Para esa época, junto a él, los más connotados comerciantes y dueños de tabaquerías eran Francisco Cabañas, Ignacio Larrañaga, los hermanos Upmann y el catalán José Gener, dueño de Hoyo de Monterrey y reconocido en la industria por su parquedad y el maltrato a sus trabajadores, quienes no gozaban de nada mejor que sus esclavos. Gener, al registrar su taller de torcedura de tabaco como La Escepción, fue corregido por su mala ortografía, a lo que respondió: “Yo escribo el nombre de mi negocio como se me da la gana”. Al igual que Gener y Conill, un tercer catalán, Bernat Rencurrell, fue uno de los magnates de tabaco más reputados y afamados, pero a diferencia de los otros, Rencurrel no fabricaba puros sino cigarrillos finos y gruesos –desde inicios del siglo XIX– con papel español muy delgado, y fue quien implementó por primera vez el uso de las cajetillas en lugar de atados.

 ***

Al sargento Félix Grau le gustaba tomarse un largo tiempo para pensar y elaborar conjeturas. Agotaba posibilidades desde su escritorio antes de interrogar a algún sospechoso o de entrevistarse con los testigos para esclarecer la intriga. Más que por hacer justicia, su trabajo le gustaba por la posibilidad de desafiar su intelecto.

Grau se encontró con Pedro Arias y entre los dos recorrieron los senderos estrechos rodeados de encinos y pinos que daban su nombre al Encinal de Pairó. Se tomó su tiempo observando y luego escribió un informe en el que aseguraba que, por el tipo de lugar –apartado, silencioso, desolado–, era claro que se trataba de un atentado premeditado y que lo más probable era que el homicida supiera de los constantes viajes que Partagás hacía, en horas de la noche, de su finca a la casa de Rosario y de vuelta a su mansión.

De los testimonios que fue recogiendo Grau, el que llamó particularmente su atención fue el de Rosario cuando le preguntó si Partagás tenía algún enemigo. La viuda le contestó que en cierta ocasión el hombre le habló de un tabacalero de La Habana con el que mantenía un pleito constante y se habían confesado odios, pero desconocía el nombre.

No pasó mucho tiempo para que Grau supiera de quién se trataba: Manuel González Carvajal, administrador y heredero de la fábrica de tabacos H. de Cabañas, fundada años atrás por su suegro Francisco Cabañas. Al morir el fundador fue su yerno quien se puso al mando de la empresa, añadiendo su apellido al nombre para reafirmarse como propietario. Desde 1818 era el taller de tabaquería con mejor reputación de La Habana y a su dueño se le conocía como el más prestigioso comerciante del negocio del humo en la isla. Fue así como, valiéndose de la fama de la firma de Carvajal, el 28 de marzo de 1848,  Jaime Partagás inscribió su marca como Flor de Cabañas. Con ese astuto nombre Partagás logró dos cosas. Primero, muchos de los consumidores extranjeros que conocían la buena reputación y calidad del tabaco H. de Cabañas y Carvajal los asociaron con la marca de Partagás. Y segundo, esos compradores nunca volvieron a adquirir el tabaco de la verdadera H. de Cabañas y Carvajal, pues el término “flor” era usado por los comerciantes para diferenciar su mejor producto, y González Carvajal no lo usaba entre los artículos que ofertaba. Aquello hubiera bastado para justificar su inquina, pero la aversión de González Carvajal llegó a su punto máximo cuando, en 1851, Partagás ganó un reconocimiento en la Feria Internacional de Londres por su Flor, de forma harto deshonesta. En lugar de presentar su marca a la comisión, Partagás había enviado su tabaco directamente al inglés William Benson, para que fuera su representante durante la feria, y de esa manera evitaba que González Carvajal se enterara de la similitud de ambas marcas en la competencia.

–Mi enemistad con Partagás la conocen hasta los perros, y yo nunca me la he callado –dijo González Carvajal cuando Grau lo interrogó–. Pero yo no soy su único enemigo. Y debe saber que yo también los tengo. Tal vez alguien que intenta ajustarle cuentas se haya valido de nuestra enemistad para desorientar a la justicia.

Esto podía tener algo de cierto, pensó el sargento, pues para él un odio público como el de los dos tabacaleros no podía terminar de esa manera tan vulgar y sí en cambio sostenerse en una constante guerra comercial. Pensó que lo mejor sería ir a visitar La Quinta de Partagás en Vuelta Abajo y de paso ver el estado en el que se encontraba el herido, ya que un médico lo cuidaba ahí mismo desde que había sufrido el atentado. Era lógico que un comerciante de la talla del catalán tuviera enemigos; sin embargo, en esa obviedad encontró algo. Porque así como nadie quiere de la misma manera, nadie odia con el mismo veneno.

***

Una de las cosas que más diferenciaba a Partagás de los demás tabacaleros era su elegancia. En su atuendo nunca faltaba un sombrero a la última moda europea que combinaba a la perfección con camisas blancas, pantalones de paño inglés, chalecos con broches de rubíes y chaquetas de seda italiana. Tenía la frente destapada, con dos entradas que le barajaban una calvicie futura, a medio cubrir por su cabello corto y negro, del mismo tono de su bigote. Usaba, además, unos botines de cuero con tacón alto y hebilla de plata.

Vivía en una mansión de cuatrocientos metros cuadrados, en Vuelta Abajo, rodeada de palmeras y flores; tenía 266 caballerías y era dueño de la mitad de Hato de la Cruz; tenía también varios talleres y casas de tabaco además de innumerables cabezas de ganado bovino y una tienda de treinta metros de frente llamada Vista Alegre, de 2.000 metros cuadrados, en donde, más allá del mostrador habitual, había salones de baile y de billar, y se vendían toda clase de artículos, desde ropa, ferretería y tabaco hasta medicamentos. Un sitio donde la gente iba a escaparse de la rutina.

Partagás fue además el primer comerciante que implementó de manera habitual en su fábrica de La Habana el concepto de “lector de tabaquería”, que copió de los presidios de la isla y de la fábrica El Fígaro de José Castillo y Suárez, con la intención de aumentar el nivel cultural de sus trabajadores. Un hombre leía en voz alta libros de filosofía, teoría política e historia, novelas de ciencia ficción y erotismo para que todos escucharan mientras cumplían sus labores. Entre los autores que más se escuchaban estaban Alejandro Dumas, Émile Zola –ambos fumadores de puros–, Miguel de Cervantes, Julio Verne, H. G. Wells y Victor Hugo, quien en una ocasión le escribió a Partagás en señal de agradecimiento por la lectura de sus libros entre los trabajadores.

El trabajo como lector se extendería tanto que no solo otras fábricas en Cuba empezarían a implementarlo, sino que incluso escritores como José Martí habrían de encontrar en él, años después, una forma de alfabetización y difusión ideológica y literaria. Es por eso que el autor de Nuestra América siempre se refirió a ese trabajo como la “tribuna avanzada de la libertad”.

***

Al sargento Grau no le pareció un desacierto pensar que en medio de la prosperidad de La Quinta se escondieran el asco, la envidia y el engaño. Lo mismo pasa con las vegas que resplandecen imponentes en su verde perfecto, sin sospechar de la oruga cachazuda, ese pequeño enemigo que permanece imperceptible ante la opulencia de la hoja, y que ataca a las plantas empezando por sus semillas.

La casa parecía vacía, pero no lo estaba. Solo daba esa impresión por toda la quietud que se observaba desde la fachada. Un hombre pardo le abrió la puerta, y cuando Grau entró, además de los dependientes y trabajadores que parecían ocultos, encontró al médico José de Trinchería, quien diariamente le hacía una visita a Partagás y supervisaba su estado de salud. Todo en la habitación del convaleciente estaba limpio y parecía nuevo. Resplandecía. Incluso Partagás daba tal sensación de pulcritud y limpieza que Grau también se sintió terso, olvidándose del sudor que le caía desde la frente y la espalda. No tardó demasiado en la visita, no creía justo mortificar al moribundo. La pálida cara estaba distendida, casi exenta de vida. El hombre abrió los ojos lentamente y miró al techo sin expresión. No dijo demasiado; hablar lo cansaba y el médico rápidamente lo silenció y obligó al reposo. Luego tomó a Grau y lo llevó a un lado.

–Si sigue así o empeora será mejor trasladarlo a mi casa, para poder brindarle atención permanente. Su estado sigue siendo muy delicado.

–¿Y si se traslada a La Habana?

–No es cerca. En la condición en que está es mejor no arriesgarse.

Grau salió de la habitación y un hombre de color pardo –el mismo que lo había recibido– lo acompañó a la salida de la casa.

–¿Sabe usted dónde está la tienda de su patrón? –preguntó solo para romper el hielo.

–¿Vista Alegre? Aquí no más, solo debe cruzar por aquella vega y atravesar las palmeras.

Grau lo sabía, como todos. Pero lo hastiaba el silencio.

–Sargento, debería hablar con la señora de Antonio Díaz, al parecer era muy cercana al patrón –le dijo el hombre y Grau notó un rasgo de ironía en su voz.

–Lo tendré en cuenta. Por ahora voy a refrescarme un poco en Vista Alegre.

Caminó sin prisas hasta el lugar. Hombres iban y venían de la tienda, heridos de humo y de ron. En la entrada lo recibió José Navas, yerno de Partagás, encargado de atender a los clientes y administrar el negocio. Intercambiaron saludos y Navas le sirvió un trago.

–Café –corrigió Grau–. Nada de licor antes de la noche. No quiero precipitarme a la fiesta cuando todavía hay cosas por resolver.

Hablaron unos minutos mientras el sargento degustaba el café con lentitud. Aprovechó y habló con varios trabajadores y unos coincidieron en que el culpable de todo era el negro Homobono, contratado meses antes por otro comerciante de Vuelta Abajo para quemar una de las casas de tabaco de Partagás. Grau no se sorprendió. Conocía la historia lo suficiente como para creer que no daría demasiadas luces. Ya había interrogado a Homobono y lo tenía como uno de los sospechosos del atentado sin estar completamente convencido de su culpabilidad, pues no le parecía del todo lógico que después de haber protagonizado el incendio y estar bajo la mirada de todos, cometiera un hecho en contra del comerciante. Recordó entonces que Homobono también había mencionado a Antonio Díaz, el trabajador de Partagás que recién había aparecido en los comentarios del sirviente pardo. Cuando empezó a hacer preguntas acerca del trabajador y su esposa nadie dijo nada revelador y las miradas se tornaron evasivas.

Abandonó Vista Alegre y fue hasta la tienda aledaña, algo más pequeña y sola. Sentado frente al mostrador y abarcándolo todo con su mirada, Grau cambió del café al licor y bebió una copa y otra más. La tienda se llamaba El Jagüey y pertenecía al comerciante Pedro Mató, el mismo que había contratado a Homobono para quemar una de las propiedades de Partagás. Benévolo o engreído, el catalán renunció a denunciar a Mató, y solo le advirtió que si de nuevo se atrevía a hacer algo contra alguna de sus propiedades, se atuviera a las consecuencias, pues no pensaba volverlo a pasar por alto. Antes de abandonar El Jagüey, Grau dio gustoso un último sorbo a su trago y saboreó algo más que la persistencia del alcohol en su boca.

 ***

Habían pasado casi veinte días desde el ataque y la salud de Partagás iba deteriorándose. Sus declaraciones no habían aportado nuevas luces a la investigación, pues no se diferenciaban en nada de las de su trabajador Pedro Arias. Empezaba a perder la conciencia y una fiebre que no retrocedía ante ningún medicamento se había adueñado de él. El médico ordenó que lo trasladaran a Pinar del Río, capital de la región del mismo nombre, donde lo tendrían unos días en observación antes de optar por el trabajoso traslado a La Habana. El viaje era riesgoso por la distancia, y desde que el médico José de Trinchería cuidaba a Partagás había demorado, por precaución, la idea de llevarlo hasta la capital del país.

Su hijo José, en compañía de Rosario y Dolores, acompañaron hasta el pueblo al comerciante. A sus cincuenta años y en el estado en que se encontraba, eran casi las únicas personas que permanecían a su lado.

Mientras tanto, Grau decidió ir a una de las vegas del catalán para hablar con Antonio Díaz y su mujer.

Era moreno, tenía 25 años y trabajaba desde hacía un buen tiempo para Partagás. Vivía con su esposa, no hacía mucho acababan de tener un hijo, y con Tomasa, su hijastra. En la mirada de Díaz no había un ápice de duda y hablaba con convicción. Su expresión era seria, pero no solemne. De lo que hablaron únicamente los elogios hacia su jefe le dejaron a Grau un regusto que se extendió durante su recorrido al despacho para redactar un informe. No había sacado nada en claro. Anotó unas posibilidades y tachó otras. Sonrió ante un espejo y no le gustó del todo lo que vio: largas horas de fatiga y falta de sueño.

Alguien tocó la puerta de su despacho. Grau casi maldijo por la interrupción en un momento crucial como ese. La puerta se abrió en silencio y frente a él un muchacho campesino de ojos negros y cabello del mismo color, este distribuido en tres capas distintas que a Grau le hicieron pensar en olas durante fuertes marejadas y peligrosos escenarios marítimos. Se presentó como Eugenio Murguía, labrador en una vega de tabaco y novio de Tomasa, la hijastra de Díaz.

–Tomasa me lo dijo, ayer me lo confesó. Él no quiere que ella y yo seamos novios.

A su manera todo es una revancha, pensó Grau mientras lo escuchaba. El mundo está configurado para suceder desde la venganza.

–Disparó contra don Jaime en el Encinal de Pairó, Tomasa lo sabe, ella me lo contó. Yo ya no puedo callarlo más porque, como ella, estoy lleno de miedo.

El muchacho estaba alterado, el sargento creyó necesario invitarlo a un refresco o a tomar el sol para que se calmara. Caminaron un rato y luego fueron en busca de Tomasa, que al verlos confesó todo tal cual lo había contado Eugenio. Dijo que su padrastro salió a las siete la noche del atentado y no regresó sino hasta la madrugada. Dijo que en la mañana lo escuchó hablar con su madre, que la escuchó llorar y que Antonio Díaz le había confesado que le disparó a Partagás contratado por Pedro Mató.

Poco tiempo después, en la casa de José de Trinchería en Pinar del Río, Partagás expiró. Se cumplía exactamente un mes desde el atentado. El cuerpo fue acomodado en un coche que lo llevaría hasta La Habana, pero antes del viaje, cruzó sus propiedades de Hato de la Cruz.

Antonio Díaz y el comerciante Pedro Mató fueron arrestados. El primero murió en su celda por envenenamiento, antes de su traslado a La Habana para ser juzgado. El segundo –secretos infames de la justicia– cumplió unos pocos días de prisión y fue liberado sin muchas razones, antes de retornar a la calma de su hogar a contemplar la ausencia de su mayor competencia y enemistad comercial, ausencia que se prolongaba ahora en el verdor de las vegas y el terreno interminable del suelo de Vuelta Abajo.

Por su parte, el sargento Grau se felicitaba y celebraba –ahora sí con un trago de ron– por la feliz conclusión de todo. Su interés era ese: resolver casos y encontrar culpables. Lo que la justicia decidiera hacer después con los criminales era cosa que no le preocupaba demasiado.

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Rubén Darío Higuera

Estudió periodismo, música y literatura. Fue editor de la revista Cartel Urbano. Ha escrito para las revistas Esquire, Bocas y Don Juan

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