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Música

El filósofo del jazz

Entrevista a Vincent Colapietro

La metafísica y las canciones de Charlie Parker tienen mucho en común. Esas reflexiones del jazz y sus espontáneos coqueteos con la filosofía se resumen en un extraño verbo, “musicalizar”, toda una sagaz forma de vida. Así lo plantea un ilustre melómano en esta entrevista exclusiva para El Malpensante.

© Ilustración de Débora Gonzales

En 1963, cuando Vincent Colapietro tenía apenas trece años, fue estremecido por el estallido de una bomba del Ku Klux Klan junto a la iglesia bautista de Birmingham, en Alabama. El atentado, que cobró la vida de cuatro adolescentes, no solo agitó aún más el movimiento de los derechos civiles liderado por Martin Luther King, sino que sacudió los cimientos del jazz: Nina Simone compuso “Mississippi Goddam” y John Coltrane hizo lo propio con “Alabama”. Cada 15 de septiembre, Colapietro recuerda esas imágenes esculpidas en su alma adolescente y escucha “Alabama” cuatro veces, una por cada víctima. Al repetir la canción, se percata de cómo Coltrane interrumpe y frena a su cuarteto, casi reconociendo la imposibilidad de continuar después de la tragedia. La pena y el dolor son tan grandes que los músicos parecen colapsar. Y sin embargo, continúan.

Al indagar cómo se estrechan los lazos entre la sensibilidad humana y la forma en que esta se alimenta de los obstáculos y el sufrimiento, Colapietro encontró en el jazz y en la filosofía dos senderos que constantemente se entrecruzan. Son territorios en los que podemos escrutar con amplitud el alma humana, enriquecer nuestra visión del mundo, ser conscientes del lugar que ocupamos en él, y lo que es mejor, desarrollar capacidades que nos ayuden a enfrentar situaciones complejas o traumáticas. El jazz es como un diálogo inacabado y como el largo e intrincado camino de crecimiento personal en el que vamos aprendiendo a lidiar con nuestras flaquezas. Es un refractor que, en vez de distorsionar, amplía nuestra perspectiva.

Por su historia de resistencia cultural y su indeclinable espíritu de libertad, diversidad y tolerancia, el jazz estimula en los seres humanos una consciencia vital, dialógica y pragmática que nos enseña a callar y a levantar la voz cuando hay que hacerlo. Para el género vale tanto el solo que se toca en la más profunda instrospección como la polifonía de la orquesta que grita lo que en otros contextos sería censurado: la relación entre el individuo y la comunidad. Y es ahí, en esa cualidad reguladora que comparten el jazz y la filosofía ante a los vaivenes de la existencia donde está la médula del trabajo de Colapietro, cuya extensa bibliografía ha explorado, entre otros, los aspectos teológicos del blues y la nueva concepción de ciudad a partir del surgimiento del bebop durante los años cuarenta.

Como profesor de la Universidad Estatal de Pensilvania y como una de las voces más representativas de la filosofía pragmatista norteamericana, Vincent Colapietro (Hartford, Connecticut, 1950) siguió los pasos de filósofos como Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey, y al igual que ellos, entendió que era im posible hacer filosofía en el cuarto del pensamiento. En cambio, abogó por salir de las habitaciones del intelecto hacia las calles de la experiencia, pensando el mundo en todas sus vicisitudes y matices. Este enfoque pragmatista le ha permitido emprender estudios interdisciplinarios en música, filosofía, semiótica y psicoanálisis, entre otros temas.

El diálogo entre música y ciencias humanas promovido por Colapietro encuentra sus raíces en pensadores seminales como Ralph Ellison y Amiri Baraka (más conocido como LeRoi Jones). Todos ellos parten de una premisa fundamental: la mayoría de los críticos e historiadores del jazz se han concentrado –erróneamente– en la minucia técnica de este género musical desdeñando su potencial social, cultural y filosófico. Según Colapietro, la mejor manera de corregir semejante omisión es “salvar a la filosofía de los filósofos y al jazz de los jazzistas”, y a ello ha apostado todos sus esfuerzos. De allí que muchos lo conozcan simplemente como “el filósofo del jazz”.

El jazz es concebido habitualmente como una metáfora de vida, libertad y creatividad y como un lenguaje que nos ayuda a relacionarnos armónicamente con el mundo, con nosotros mismos y con los demás. ¿Qué tipo de metáfora ilustraría lo que es el jazz para usted?

Por una parte, el jazz es una celebración comunal de la voz singular, pero al mismo tiempo es un reconocimiento personal de nuestras ataduras comunales. Está arraigado en el blues, caracterizado por Ralph Ellison como “el arte de la ambigüedad”. Como lo han argumentado de manera tan persuasiva Ellison, Cornel West, Eddies Glaude Jr. y otros, el jazz provee unas metáforas profundas y sugestivas para la democracia. Nadie ha escrito de manera más perspicaz sobre el performance en el jazz como modelo de práctica democrática que Eddie Glaude en In a Shade of Blue. Lo comunal y lo personal, lo cooperativo y lo competitivo, lo tradicional y lo innovador, los ancestros venerados y los cautivantes advenedizos, las fieras y los tiernos, los trágicos y los cómicos, los armónicos y los discordantes, la perfección formal y el caos histórico, entran juntos a relacionarse dialécticamente. No es insignificante que “Body and Soul”, que literalmente traduce “Cuerpo y alma”, sea uno de los grandes estándares de jazz. ¿Cómo es posible deconstruir esa dualidad de cualquiera de los pares identificados arriba cuando sabemos que esa lista puede extenderse indefinidamente? Si una criatura puede volar, entonces el hecho de volar es indiscutiblemente posible. Si el jazz puede mostrar en su práctica cómo lo comunal y lo personal, lo cooperativo y lo competitivo, no son exclusivos sino que pueden estar dinámica y generativamente ligados, entonces sirve como una fuente de metáforas vitales. Es en sí mismo una gran metáfora sobre lo que podríamos llamar generatividad, entendida como la capacidad de dar a luz, forjar y sostener la vida. Como dijeron George Santayana y John Dewey, le debemos gratitud a ese mundo porque si fuera completamente hostil o simplemente indiferente a nuestro ser, nosotros no seríamos, no hubiéramos podido comenzar a existir en un mundo así. De manera que sí, podemos acudir al jazz en busca de metáforas sobre lo que son los seres humanos y sobre cómo enfrentamos los desafíos que nos impone el mundo que nos rodea. No puedo resistir citar lo siguiente de la novela Beloved, de Toni Morrison: “Liberarte a ti mismo era una cosa, asumir la propiedad de ese ser libre otra muy distinta”. La música es crucial para los dos procesos –aquel de la emancipación y aquel del reclamo de la propiedad de nuestro propio yo emancipado–.

 Usted ha escrito varios textos sobre la filosofía del jazz y dicta cursos sobre este tema, pero ¿qué es exactamente la filosofía del jazz?

Descaradamente, robé esa idea del título de un ensayo de Arthur Danto (“Filosofía como/y/de la literatura”). Tengo que explicar tres “momentos” sobre la apropiación de la frase de Danto, pero alterando la secuencia al formularla y/como/de. Primero, muchos filósofos se sienten atraídos por el jazz y, a su turno, muchos jazzistas son profundamente reflexivos no solo sobre su práctica musical, sino sobre numerosos temas. La simple conjunción “y” intenta señalar una intersección real pero insospechada de dos amplios y complejos campos de la expresión. Segundo, la actividad de la filosofía es en su forma más vital una actividad no escrita y por tanto extemporánea. De hecho, la filosofía es antes que nada una actividad, un encuentro e involucramiento con el otro en un ir y venir ineludiblemente reflexivo y potencialmente transformador. ¿Tenemos modelos que nos puedan ayudar a entender la filosofía en este sentido? La respuesta nos lleva a la filosofía como jazz, esto es, la filosofía como una actividad profundamente similar a las formas construidas en común y en algún sentido competitivas o rivales de musicalizar (musicking)1, tan evidentes en las prácticas de Coleman Hawkins, Lester Young, Ben Webster, Parker, Gillespie, Monk, Mingus, Davis y otros más. La filosofía como el jazz es ineludible e intensamente reflexiva aunque esta sea una virtud fácilmente corruptible. En consecuencia, la filosofía no puede evitar convertirse en algún momento en metafilosofía, es decir, en una reflexión sobre lo que es la filosofía. Lo mismo ocurre con el jazz. Pocos músicos son tan autoconscientes y autocríticos como los intérpretes de jazz. Los músicos de jazz están involucrados en un constante interrogatorio sobre el significado de su actividad y al hacer música cuestionan y desafían el sentido de esa actividad. La filosofía del jazz es una muestra de esta forma de musicalidad (musicking) en la cual el parentesco entre los contrarios binarios se encuentra en el plano principal y es, también, una teoría reflexiva en la cual la reflexividad se vuelve focal. William James se lamentaba por el hecho de que la filosofía hubiera degenerado en un “juego profesionalista” en el que académicos solitarios piensan y escriben sobre ellos mismos y para ellos mismos. Los filósofos han perdido contacto vital con el aire libre de la condición humana y solo piensan en términos “profesionales”. Y la filosofía necesita una audiencia distinta a la de los filósofos entrenados profesionalmente si quiere escapar de un círculo cada vez más estrecho en el que la ingenuidad meramente formal eclipsa la sabiduría de fondo. Del mismo modo, el jazz también necesita una audiencia que no solo esté compuesta por músicos de jazz. Y sin embargo, tanto en el mejor jazz como en la mejor filosofía, uno escucha el sonido de las calles, siente la fuerza de Eros, escucha la ira de la humanidad denigrada y mucho más. En ambos casos, los practicantes demuestran qué tanto se puede ganar si se rompe con los limitados círculos profesionalizantes. La filosofía del jazz tiene como objetivo esa necesidad de liberarse incluso actuando y trabajando a través de lo que permanece de un modo recalcitrante y resistente a nuestra comprensión. Ninguna actividad debería sustraerse del amplio mundo en el que mujeres y hombres ordinarios hacen sus cosas. En el mejor de los casos, ellos son la afirmación y el fundamento de la vida humana en conexión con el mundo que les rodea.

 

El estudio de la filosofía en sí mismo genera resistencia y escepticismo entre quienes creen que no aporta mucho a un mundo convulsionado. ¿Puede la filosofía del jazz ofrecernos un poco de optimismo frente al futuro de la humanidad?

Para mí, el jazz es un medio vital para saber en qué ando yo, qué estoy haciendo conmigo mismo. Es una forma de musicalidad en la cual detenerse o contenerse a uno mismo, por un lado, y dejarse ir, por el otro; son igual de importantes. Pausarte a ti mismo en el momento preciso sin sufrir por no llenar espacios de silencio es un requisito de elocuencia, sea musical o de otro tipo. Pensar sobre el jazz me ayuda a pensar sobre lo que significa pensar (una aventura profesional para un filósofo académico), pero aún más importante, me ayuda a pensar sobre la vida, en particular sobre tomarse el tiempo y hacer algo memorable y salir del flujo temporal de mi existencia individual. La auto-justificación es en el fondo una instancia de la autoafirmación que no solo permite decir sí a la vida, sino también decir sí a una vida con esta forma y con estas cualidades. Un vida atenta y reflexiva en sí misma es la vida que merece ser vivida por el animal humano.

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¿Qué valores proyecta el jazz al hombre y a la sociedad? ¿Hay alguna conexión entre esos valores y la posibilidad de convertirnos en mejores seres humanos?

Sería imposible para mí en una entrevista alcanzar algo remotamente parecido a lo que Garry Hagberg logró en su maravilloso artículo “Jazz Improvisation and Ethical Interaction: A Sketch of the Connections”. Antes que nada, invito a cualquier interesado en el tema a consultar este artículo. Ahora bien, aunque esté implícito, especialmente cuando se habla de “conciencia de las circunstancias de la acción”, yo lo diría de un modo más simple: sincronización, momento, timing. Kairos es la palabra griega del momento correcto, el momento oportuno, la ocasión apropiada. Enseñar, educar, la amistad, la comedia, el juego erótico, la actividad atlética y desde luego todas las formas de musicalidad –musicking– requieren de precisar el momento adecuado, el timing. Así ocurre con la acción ética. Siendo bastante selectivo, quiero llamar la atención sobre este punto de encontrar el momento adecuado. La habilidad de tocar está definida, primordialmente, por la cualidad de escuchar. Así como pintar es en primera instancia el arte de ver, la musicalidad es el arte de oír. El ruido en nuestras almas frecuentemente nos desafía a escuchar música afuera o incluso dentro de nosotros mismos. Pero lo opuesto también puede pasar: el ruido externo puede producir algo inaudible o silencioso en nuestro nterior. Aprender a callar, a no actuar, a ser atento de una manera sostenida e intensa se vuelve crítico. El grado en el que nuestras palabras y acciones conllevan consecuencias relativamente fáciles de determinar, pero sistemáticamente evadidas, da cuenta de más males y daños de los que estamos dispuestos a reconocer o apreciar.

 El jazz se parece al dios romano Jano: con una cara mira al pasado o a la tradición (o para ponerlo en el tono de James Carter, sostiene “una conversación con los mayores”) y con la otra cara mira al futuro (o para ponerlo en el tono de Miles Davis, intenta “una conversación con una audiencia por venir”) ¿Cómo concibe usted esa doble naturaleza del jazz que en un mismo instante rehace y deshace el pasado?

Jano era el dios de las puertas, el dios que vio el ir y venir, el entrar y salir. El nombre del mes de enero en inglés, “January”, rinde homenaje a este dios y marca la transición entre el año que termina y el que comienza. Pero un año nunca termina de manera absoluta, como tampoco comienza a ser de manera abrupta. El pasado se vuelca hacia el futuro a través del presente, como dice uno de los personajes en la novela de William Faulker, Requiem for a Nun: “El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”. Así que pienso que el jazz nos invita a ver las dos facetas como de hecho lo son –facetas– y a no quedarnos con la suposición de que tenemos dos cosas separadas a las que debemos buscarles algo que las una.

El jazz es en sí mismo una tradición: es una tradición de innovación y, hasta cierto punto, de antitradicionalismo. Una cosa que siempre olvidamos es que el antitradicionalismo es en sí mismo una tradición de larga historia, que incluso va más allá del siglo xviii. La innovación es una apropiación creativa y por tanto transformadora de un pasado complejo, un pasado frecuentemente sofocado en su aparente perfección o en su irrelevancia aparente por innumerables imperfecciones. Al oír “Conversin’ with the Elders”, de James Carter, uno escucha por ejemplo a Parker reinterpretado de manera singular por la propia voz de James Carter en “Parker’s Mood”, y lo mismo puede decirse de Lester Young en “Lester Leaps In” y de John Coltrane en “Naima”. Eso significa que uno escucha a Parker, Young y Coltrane resonando en las apropiaciones de Carter: uno no escucha la reverencia de Carter por los mayores en ninguna parte más que en estas desviaciones y renuencias a ser meramente imitativo. El gran arte llama a una audiencia a existir. Esa es en parte la importancia de la maravillosa expresión de Miles Davis que ustedes citaron en su pregunta. El gran arte llama a una audiencia por venir a realizarse y lo hace al aproximarse a los que están aún por ser, aún por venir. Nuestra herencia puede ser cualquier cosa menos una carga que nos pesa tanto que nos deja inmóviles, pues también representa un par de alas con las cuales podemos volar una y otra vez. Todo depende de cómo la tradición –que viene de la palabra latina traditio, “pasar con la mano”– sea efectivamente pasada con la mano. Muchos de esos mayores “conservadores” tienden a decir “¡quita las manos de eso!” o “¡solo puedes utilizar esa herencia en la forma tradicional!”. En cambio, los mayores “progresistas” dirán “¿cómo se siente esto en tus manos?”, y “¿qué puedes hacer con eso que fuimos capaces de crear a partir de una herencia que se estira hacia atrás, más, mucho más de lo que cualquiera podría recordar o imaginar?”.

 A propósito del título del libro de Wynton Marsalis, Moving to Higher Ground: How Jazz Can Change Your Life, ¿cuáles serían esas canciones de jazz que cambiaron la suya?

Nietszche estaba en lo cierto: “La vida sin la música sería un error”. En general, la música ha hecho mi vida más intensa, vibrante, atenta, gratificante y, no menos importante, muy divertida. “Now’s the Time”, de Parker; las elegías de Coltrane, “Alabama” y “Naima”; la canción de Ellington “The Single Petal of a Rose”, interpretada por Ben Webster; “Images”, de Nina Simone; la banda sonora de Ascenseur pour l’échafaud, en la que Miles Davis improvisa para Louis Malle cuando ambos eran apenas unos veinteañeros. Creo que la metáfora de movernos hacia tierras más elevadas es apropiada, pero también creo que en una tradición que frecuentemente idealiza esa trascendencia es sabio movernos en la dirección opuesta. Aunque muchas veces fue etiquetado de transcendentalista, H. D. Thoreau ofreció una metáfora que me gusta mucho: “Mi instinto me dice que mi cabeza es un órgano para excavar, así como otras criaturas utilizan su hocico y sus patas”. Excavar más hondo es frecuentemente tan esencial como ascender a tierras más elevadas. Alterando esta metáfora podemos preguntarnos a nosotros: ¿cómo vamos a situarnos aquí y ahora para enfrentar las corrientes y a la vez dejarnos llevar por ellas? Echar raíces más profundas complementa la metáfora de Marsalis de movernos hacia tierras más elevadas. Cómo y por qué me han elevado a tierras más elevadas no solo puede resistirse a ser puesto en palabras, sino también apunta a donde el lenguaje no alcanza, a lo inefable. Un silencio respetuoso y reverencial es lo mejor que un animal logocéntrico puede ofrecer a una pieza de música que lo mueve y lo transforma.

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