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Musas de sepulcro

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Un escritor exitoso no sólo debe buscar, como cualquier mortal, una compañera amorosa y compatible con su carácter, sino, además, discreta y resignada luego en su papel de viuda. Porque ocurre que algunas esposas suelen desplegar tanto celo en mantener viva la imagen de su esposo, que lo obligan a publicar, después de muerto, un libro nuevo cada año. Con el auge actual de la industria editorial, sobre todo, resulta cada vez más corriente que el escritor no descanse en paz. Los diarios fallidos, las cartas amorosas, las anotaciones preliminares, los manuscritos de juventud, los trabajos censurados, las obras en marcha, las novelas inconclusas, las notas escritas al margen, todo, todo sirve a una viuda ávida para llevar a su difunto marido —como un nuevo Ruy Díaz de Vivar— a competir con los escritores jóvenes y en pleno ejercicio.

Aparte de sus múltiples cualidades literarias, un escritor de renombre debe poseer un instinto infalible para elegir su viuda a primera vista. La responsabilidad aquí resulta mayor que en el hombre corriente. El contacto asiduo con una mujer ambiciosa y que, además, acredite algún talento literario, podría ocasionar que ella continuara, después de la muerte de él, escribiendo su obra, en algunos casos mejor inclusive que el modelo original. Si un escritor célebre se convierte a menudo en una firma productora de dinero, su muerte —ese dato meramente circunstancial— no tiene por qué detener la empresa. El mejor homenaje que le puede rendir su viuda consiste precisamente en continuar con su obra y en tratar de perpetuarla.

Es fama que Sofía Andreevna vigiló paso a paso la escritura del diario de su esposo, el conde León Tolstoi, y que alteró datos y enderezó conceptos que su autor creía haber consignado para siempre. Esta mujer que, según Stefan Zweig, acorraló tanto a su marido que “no lo dejó a solas ni con Dios”, encarna una lección permanente para aquellos escritores que cometen el error de no sobrevivir a su mujer, o de elegir mal a su viuda. De ahí que Rousseau, conocedor como nadie de la naturaleza humana, hubiera escrito a Teresa, su compañera de toda la vida: “Si algún incidente acabara con mi carrera, acuérdate en tal caso de qué hombre serás viuda y honra su memoria honrándote a ti misma”. Teresa de Lavasseur, no satisfecha con su incorregible lujuria, había decidido sumarle también la hipocresía. Después de la inesperada y casi inexplicable muerte de Rousseau, Teresa desti...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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