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El Malpensante

Política

Tiempos de negación

Tres tristes textos sobre Trump

Traducción del inglés de Patricia Torres

El tema es inquietante e inagotable; el personaje,  preocupante para muchos sectores. Ahora que ha comenzado la cuenta regresiva para que Trump ocupe la Casa Blanca, las preguntas están a la orden del día. Estos tres autores se detienen en sus electores y asesores, círculos concéntricos que tienen como eje ese punto naranja.

 

Es domingo por la tarde en una ciudad de provincia francesa. Dos hombres se encuentran en un café. Uno de ellos, Berenger, está medio borracho y recibe un regaño de su compañero Juan. De repente oyen un gran alboroto. Cuando ellos y otros parroquianos estiran el cuello para ver qué está pasando, ven un animal enorme que galopa por una de las calles, aplastándolo todo y resoplando. ¡Un rinoceronte! Poco después aparece otro. La gente está alarmada. Esto es intolerable. Hay que hacer algo. Lo que empiezan a hacer es a discutir acaloradamente acerca de si el segundo rinoceronte era el mismo que pasó la primera vez o era otro, y luego siguen debatiendo si los rinocerontes son africanos o asiáticos.

Las cosas se vuelven más perturbadoras en el siguiente acto. (Se trata de una obra de teatro: Rinoceronte, escrita por Eugène Ionesco.) El hecho de haber visto al rinoceronte sigue siendo tema de una interminable disputa. Luego, uno por uno, varios parroquianos empiezan a transformarse en rinocerontes. Su piel se endurece, sobre su nariz crecen protuberancias que se convierten en cuernos. Juan fue uno de los que se escandalizaron al ver los primeros dos rinocerontes, pero él también se transforma en rinoceronte. En medio del proceso de su metamorfosis, Berenger le dice: “Debes admitir que tenemos una filosofía que los animales no comparten, y un conjunto de valores irremplazables construido a lo largo de siglos de civilización humana”. Juan, que ya es más rinoceronte que hombre, responde: “¡Cuando hayamos demolido todo eso, estaremos mucho mejor!”.

Es una epidemia de “rinocerontitis”. Casi todo el mundo sucumbe: aquellos que admiran la fuerza bruta de los rinocerontes, aquellos que nunca creyeron en la aparición de los rinocerontes, aquellos que se escandalizaron al comienzo. Un personaje, Dudard, declara: “Si van a criticar, lo mejor es hacerlo desde dentro”. Así que voluntariamente se somete a la metamorfosis y ya no puede dar marcha atrás. Los últimos en oponerse a esta capitulación masiva son Berenger y Daisy, su compañera de trabajo.

Eugène Ionesco era francorrumano. Escribió Rinoceronte en 1958, como respuesta a los movimientos totalitarios de Europa, pero la influencia más específica fue su experiencia del fascismo en Rumania en los años treinta. Ionesco quería saber por qué tanta gente se rindió a esas ideologías venenosas. ¿Cómo fue que tantos llegaron a una de las formas en que trató de abordar el problema.

El 19 de agosto de 2015, poco después de la medianoche, los hermanos Stephen y Scott Leader atacaron a Guillermo Rodríguez, quien estaba durmiendo cerca de una estación de tren en Boston. Los hermanos Leader lo golpearon con un tubo metálico, le rompieron la nariz, lastimaron sus costillas y le gritaron “mojado” (“wetback”, término despectivo para designar en Estados Unidos a los inmigrantes ilegales, especialmente de México y Centroamérica). Luego orinaron sobre él. “Todos estos ilegales deben ser deportados”, se dice que declararon durante el ataque. Los hermanos Leader eran seguidores del candidato que terminaría ganando la nominación del Partido Republicano para las elecciones presidenciales. Cuando en su momento le contaron sobre el incidente, el candidato dijo: “La gente que me sigue es muy apasionada. Ellos aman este país y quieren que este país vuelva a ser grande”.

Ese fue el instante en que mis alarmas mentales, que ya estaban sonando, se salieron de control. Después vendrían muchos otros eventos increíbles: relatos de violencia sexual, evidencias de racismo, promesas de tortura, defensa de los crímenes de guerra; pero el ataque a Rodríguez, así como la respuesta esencialmente tolerante que provocó, fueron una señal. Algunas personas estaban indignadas, pero la propia indignación pronto se convirtió en reflejo ineficaz de sí misma. Otros hallaron una rica veta humorística en la cascada de insultos y crueldades. Otros más sencillamente adoptaron una visión similar a la del personaje Botard en la obra de Ionesco: “No quiero ser ofensivo, pero no creo ni una palabra de toda esa historia. ¡En este país nunca se ha visto un rinoceronte!”.

En las primeras horas del 9 de noviembre de 2016 se anunció el ganador de las elecciones presidenciales. A medida que avanzaba el día, se hizo evidente la fuerza que había tomado una cierta “rinocerontitis” moral. La revista People hizo un frívolo reportaje sobre la hija del presidente electo y su familia, una secuencia de fotografías que titularon “¡Demasiado lindos!”. En The New York Times una columna de opinión sugería que los belicosos seguidores del fanático no debían sentirse avergonzados. Otro columnista se preguntaba si tal vez el presidente electo podría ser un buen presidente y afirmaba que había razones para ser optimista. Los presentadores de noticias por cable pudieron expresar su sorpresa por los resultados de las elecciones, pero no manifestar su rabia. Por todas partes se veían las inconfundibles señales de un proceso de normalización que avanzaba gradualmente. Muchos se iban alineando sin que nadie tuviera que empujarlos. Todo esto sucedía a una velocidad vertiginosa, como una epidemia. Y estaba atrapando incluso a aquellos cuyo plan era, como el de Dudard en Rinoceronte, criticar “desde dentro”.

El mal se instala en la vida diaria cuando la gente no quiere o no es capaz de reconocerlo. Establece su hogar entre nosotros cuando nos apresuramos a minimizarlo o a describirlo como algo distinto. Este proceso no comenzó hace una semana, ni hace un mes, ni hace un año. No empezó con los asesinatos mediante drones, ni con la guerra en Irak. El mal siempre ha estado aquí. Solo que ahora ha adoptado un tono totalitario.

Al final de Rinoceronte, Daisy ya no puede resistirse al llamado de la manada. Su piel se vuelve verde, desarrolla un cuerno, se marcha. Berenger, imperfecto y totalmente solo, se debate en medio de las dudas. Está decidido a conservar su humanidad, pero al mirarse en el espejo de repente ya no se reconoce. Se siente como un monstruo por estar tan lejos del consenso general. Tiene miedo de lo que le va a costar esta independencia. Pero se mantiene firme y se niega a aceptar la horrible nueva normalidad. Dará la pelea, dice. “¡No voy a rendirme!”.

 

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