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Eustace Tilley y "nosotros": 75 años del New Yorker

La famosa publicación fundada por Harold Ross cumplió hace poco las bodas de diamante. En ese lapso, transformó la manera de hacer revistas, así de simple. Luego, ha tenido los altibajos que son inevitables en una larga vida, pero ningún practicante del arte viejo de hacer revistas puede darse el lujo de ignorar su legado.

 

Uno probablemente no haya oído siquiera hablar de Eustace Tilley. Y sin embargo su figura de engolado y altanero aristócrata decimonónico ataviado de levita, chistera y un monóculo con el que examina una mariposa rosa nos resulta tremendamente familiar. No en vano esa figura, un dibujo de Rea Irvin, tuvo tanto éxito como primera portada de The New Yorker, el 21 de febrero de 1925, que se convirtió en rostro y símbolo ad nauseam de la revista y sigue apareciendo al menos dos veces en cada número, al frente del índice y en el logotipo que encabeza la sección The Talk of the Town, y siendo portada de innumerables recopilaciones de sus cartoons, sus cuentos y sus artículos. Durante casi setenta años esa primera portada se repitió al frente de cada número de aniversario, hasta que en 1994 la tradición sufrió una reinterpretación postmoderna que ha hecho adquirir al bueno de Eustace nuevos avatares como mujer, gángster, joven barriobajero o, este año, perro weimaraner... en una suerte de chiste privado para lectores avisados, como lo eran las apariciones de Hitchcock en sus películas o las menciones al imperio austrohúngaro en las de Berlanga.

Escribir sobre el New Yorker es un inevitable ejercicio de namedropping. De la sucesión de nombres que hilvanan su historia, tres sobre todo son fundamentales. Uno es el conspicuo Eustace. Los otros dos son Harold Ross y William Shawn, ellos sí personajes reales y los responsables de haberla convertido en el monumento de la cultura y el periodismo norteamericanos que ha sido durante 75 años —los que ha cumplido el pasado febrero— y muy posiblemente en la mejor revista norteamericana de este siglo.

Ross la fundó y ocupó hasta su muerte en 1951, cuando lo reemplazó Shawn, ese puesto que en inglés se llama Editor, sin duda un oficio diferente y de mayor calado que el de director de una revista tal como lo conocemos en nuestro ámbito hispánico. El Editor no sólo decide qué se publica sino que supervisa los textos, pule, limpia y da esplendor y es responsable, en definitiva, de que lo que aparece en sus páginas no sólo responda a la línea editorial sino también al estilo de su revista. El característico y meticuloso proceso de edición del New Yorker ha convertido a Ross y a Shawn en maestros de generacio...

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José Antonio de Ory

Ha colaborado con El Malpensante y otros medios de Colombia y España.

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