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El Malpensante

Iceberg

Carta abierta de Bob Dylan a El Malpensante

Fernando Martelo

El señor Dylan nos dirige esta misiva a propósito del Iceberg de la edición 180

Señores de la revista El Malpensante,

Esto que estoy haciendo es algo extraordinario, algo que nunca había hecho: escribirle a una revista y además de un país tan lejano para mí como es el suyo, un país que no he visitado todavía. Les escribo porque su revista, que debe su nombre a la influencia que yo he ejercido sobre la cultura, nunca ha publicado un ensayo sobre mí o mi obra, cosa que les agradezco. No lo tomen a mal, algunos me dirán que estoy nuevamente “confundiendo las expectativas”, como si yo me levantara todas las mañanas pensando “oh Lord, hoy voy a confundir las expectativas”.

Más bien, lo que motiva esta misiva no es otra cosa que desahogarme un poco de toda la náusea que me ha provocado la adjudicación del Premio Nobel de Literatura.

Un volcán en erupción de opiniones hizo que literalmente me metiera debajo de la cama a esperar que después de esta calamidad todavía sobreviviera con ganas de seguir de gira y enfrentar una nueva audiencia cada noche con la inspiración que merece el set de canciones elegidas.

Y existe quizá una razón oculta y más profunda: regalarme la posibilidad de discutir algunos aspectos de mi obra, en particular mi pasión por la canción como género artístico por sí misma y su encarnación en la canción popular americana que, según dice el decreto del jurado, fue la razón por la que me otorgaron este honor que no sé todavía cómo cargar.

He tratado de dejar claro en cada entrevista que he concedido en los últimos años, y es solo por esto que las concedo, que a mí lo que me importan son las canciones, que es a eso a lo que me he dedicado, a crearlas, dorarlas, darles vueltas, buscarles el sonido y el tono, el ritmo y la melodía, y la manera correcta de cantarlas, grabarlas y rehacerlas en vivo.

Es que para mí las canciones tienen vida propia, caminan en sus propias patas, y por lo tanto hay que transar con ellas, con cada una, y ese, señores, créanme de una vez por todas, es un oficio de tiempo completo. Es el que me gusta y el que haré hasta que el Señor Dios decida elevarme a otro nivel de existencia el día que ya no haya más días.

A pesar de esto parece que el mensaje no queda claro, y una y otra vez vuelven las habladurías sobre otras cosas de mi vida y obra que no tienen nada que ver con la esencia misma de las canciones, las malditas y benditas canciones. Ahora con más fuerza discuten que si soy po...

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