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Lo que ve la poesía

Tradiucción de Natalia Becerra

Tanto las ocasiones épicas como los aspectos mundanos de la vida diaria deparan cierta belleza para el observador paciente. Un poeta familiarizado con los horrores de la guerra relee una pequeña y conmovedora pieza de Walt Whitman, que nos revela el valor de mirar detenidamente.

© Freinberg- Whitman Collection • The Library of Congress

 

Como para cualquier otra persona de mi edad, la guerra siempre ha sido parte de mi vida. Nací en 1938 y tenía tres años cuando las bombas empezaron a caer sobre Belgrado, mi ciudad natal. La ciudad fue liberada en octubre de 1944, yo tenía seis años y vivía en el centro. Mis papás siempre estaban ocupados –quién sabe con qué– y los niños pasábamos nuestro tiempo corriendo por las calles. Vimos muchas cosas, cosas que los niños pequeños no deben ver. Incluyendo muertos.

En mi familia cuentan la historia de un hecho que recuerdo vagamente. Un día llegué a casa con el casco de un soldado. Esto pasó después de que los rusos liberaron la ciudad. Cerca de mi casa había una iglesia, y cuando entré al cementerio me encontré con varios alemanes muertos. El casco se le había caído a uno de los soldados y estaba a un lado. Recuerdo que no lo miré a la cara –hacer eso me daba miedo–. Pero cogí el casco. Esta historia no la cuentan por lo que hice, quitarle el casco a un muerto. Peores cosas pasaron durante la Segunda Guerra Mundial. La cuentan porque el casco me dio piojos y tuvieron que raparme.

Cuando llegué a los Estados Unidos por primera vez tenía 16 años y todo el mundo me decía: “¡Te vas para Corea, Charlie!”. No me tocó ir, claro, era demasiado joven, pero el miedo siempre estuvo ahí. Me acuerdo de cuando empecé a trabajar en el Chicago Sun-Times, un trabajo insignificante haciendo cosas en la sala de composición, el lugar donde montaban el periódico los sábados. Ese día estaba de buen humor porque me acababan de pagar. De pronto, uno de mis compañeros me gritó: “Oye, Simic, te van a mandar al Líbano” (el gobierno estaba enviando tropas en ese momento). Lo que me dijo me asustó –arruinó mi día–, y solo pensaba: “No quiero ir al Líbano”. Y así fue por el resto de mi vida. Estuve en el Ejército antes de Vietnam, pero a mi hermano le tocó ir. Luego, durante la primera Guerra del Golfo, mi hijo creyó que tendría que luchar.

Como muchos saben, ya no vemos la matanza de nuestras guerras. Pero durante la Guerra de Vietnam, si te quedabas despierto hasta tarde –lo que yo hacía en esa época– y prendías el televisor alrededor de las once de la noche, podías ver imágenes de lo que estaba pasando. Eran imágenes bastante gráficas que son imposibles de olvidar. Vietnamitas muertos. Videos de soldados matando gente desde helicópteros, o nuestros soldados muertos o heridos. Vietnam fue la última guerra en la que uno podía ver cosas así, y el gobierno aprendió la lección. Es ese tipo de situaciones lo que hace que me interese tanto este poema.

No lo leo con mucha frecuencia, pero cada vez que abro el poema “Escena de campamento, al alba gris y sombría”, me emociono. Intenté leerlo en una clase el año pasado y terminé profundamente conmovido, a pesar de que lo conozco bastante bien y sabía lo que iba a pasar.

La Guerra Civil estadounidense fue un momento determinante en la poesía de Walt Whitman. Antes de que pasara, Whitman podía enloquecerte con su oh, que gran país somos, caminamos hacia un futuro glorioso y todo ese optimismo emersoniano. Tenía una imagen del pueblo norteamericano y realmente creía en ella. Esperaba que todas esas personas energéticas y atractivas hicieran grandes cosas. Y luego, ¡bum!, la guerra.

En 1862, el hermano de Whitman es herido y este decide viajar para buscarlo. En el tiempo que pasa allá, se convierte en un voluntario en varios de los hospitales alrededor de Washington D.C., y ayuda a atender a los enfermos y heridos. Es en este punto que se empieza a sentir un tono trágico en su poesía. Ya no es el mismo Whitman. En “La última vez que florecieron las lilas en el huerto”, su gran poema sobre Lincoln, por ejemplo, no hay ningún tipo de patriotismo, solo tragedia.

“Escena de campamento” comienza cuando el narrador se despierta, sale de su carpa y se encuentra con una hilera de cadáveres:

 

Una escena de campamento, al alba gris y sombría.
Al salir de mi tienda, temprano y desvelado,
paseando lentamente, en el aire frío, por el sendero junto
a la tienda-hospital,
veo tres figuras acostadas en una camilla, tres figuras
yaciendo abandonadas allí,
cubiertas con una manta, con una amplia manta de lana oscura,
una manta gris y pesada que lo envuelve y cubre todo.

 

Es completamente directo, no hay ninguna palabra de más. Todo está reducido a lo esencial. La experiencia es comprensible, vívida, conmovedora y desconcertante. “En el aire frío”: en ese instante uno se siente transportado. Uno sabe cómo se siente estar ahí con el narrador “desvelado”, que ha visto este tipo de cosas antes. Y las mantas del Ejército –ese detalle es tan interesante–. No hay nada por fuera, ninguna extremidad, nada. Todo está completamente cubierto. Uno no quiere levantar las mantas.

Pero igual Whitman lo hace. Hay un tipo de coreografía en el poema. Él levanta las mantas una por una para ver lo que está debajo.

 

Curioso, me detengo en silencio.
Luego, con mis dedos levanto ligeramente a la altura del rostro la manta del primero, el más próximo.
¿Quién eres, anciano flaco y horrendo de pelo gris y ojos hundidos en las cuencas?
¿Quién eres, amado camarada?
Después avanzo hacia el segundo... ¿Quién eres tú, pequeño hijo mío?
¿Quién eres tú, dulce niño de mejillas aún en flor?



Whitman era compasivo. Entendía que estas vidas únicas habían sido destruidas, tres ejemplos entre miles de muertos. La empatía es uno de los elementos más fuertes de sus poemas. Y mientras leo “Escena de campamento...”, siento pesar por el anciano. Y claro, por el niño –el hombre joven que va a la guerra para convertirse en un héroe y termina asesinado–. Todo el poema es como un cable vivo, vibra con las emociones. De alguna forma logra ser tanto moderado como emotivo mientras el narrador descubre los cuerpos y mira con horror sus caras.

Y entonces llegamos a la impactante estrofa final:

 

Y después, el tercero... No es un rostro de niño ni de anciano: es un rostro muy sereno, como de marfil blanco amarillento.
Creo que te conozco, joven. Creo que este rostro es el rostro de Cristo,
muerto y divino, hermano de todos, que yace aquí de nuevo.

 

Seguimos matando a Cristo, o a alguien muy similar a él, una y otra vez. Es una visión de nuestra locura colectiva. Desde luego, en la época de Whitman hubo muchas personas que leyeron el poema y pensaron que era blasfema la idea de poner a Cristo en ese lugar. Pero ese es el poder del poema. No soy el tipo de persona que llora cuando lee poesía –la de otras personas o la mía–. Pero, mientras leía el poema en clase, mis ojos se aguaron y mis estudiantes me miraron con alguna incomodidad cuando intenté explicarles lo que estaba sintiendo.

En un sentido más amplio, hay otras mantas que no nos gusta levantar y ver lo que hay debajo. Hay un tipo de verdad –una palabra complicada– que no nos gusta ver. Puede ser una cara en la calle, una persona que parece estar adolorida, alguien que está sufriendo. Normalmente miramos hacia otro lado, no podemos aceptarlo todo. Pero me gustan los poemas que ocasionalmente obligan al lector a hacer eso: a ver.

Whitman era bueno para eso. Al ser una persona citadina, y un periodista, se daba cuenta de las cosas. Siempre estaba alerta, observando esos pequeños dramas que otras personas no ven. Whitman tiene un poema precioso sobre unos niños que miran a un afilador de cuchillos en la calle –sus ojos se van haciendo cada vez más grandes mientras ven las chispas que vuelan–.

En los últimos 42 años, he vivido en un pequeño pueblo de New Hampshire, rodeado de bosques y montañas, lo que aquí llaman montañas, porque realmente son colinas. Cada vez que voy a la ciudad me doy cuenta de todo. En cambio, cuando estoy en el pueblo, no me doy cuenta de nada. En el campo tengo mucho tiempo y veo, pero podría estar ciego. Cuando era joven nunca aprendí sobre los diferentes tipos de árboles, las diferentes especies de pájaros y todas esas cosas. Entonces mi habilidad para observar en el campo está limitada. Normalmente doy largos paseos por senderos y caminos pequeños, pero no me doy cuenta de muchas de las cosas que pasan a mi alrededor.

Creo que eso tiene que ver con el hecho de que crecí en ciudades. Mi imaginación está completamente conectada con la ciudad. Si veo a una persona caminando en la calle –cómo es su aspecto–, empiezo a imaginar qué hace o qué tipo de persona es, todo sobre ella. En la ciudad soy un observador, feliz de pasar horas sin hacer nada diferente.

En 1964, cuando escribí los poemas “Cuchillo”, “Tenedor” y “Cuchara, vivía en Manhattan en la calle 13 con University Place, en una pocilga. Era verano, acababa de comer algo y estaba mirando la mesa, el tenedor, el cuchillo y la cuchara. De pronto, me di cuenta de lo interesantes que eran esos objetos. Me había robado uno de un restaurante barato y otro de no sé donde. Recuerdo que pensé: “Bueno, señor Simic, veamos si puedes escribir un poema al respecto”. Porque nadie había escrito un poema sobre un tenedor o un cuchillo, aunque los usamos todos los días.

Así que escribí los poemas y los mandé a The Quarterly Review of Literature. El editor me escribió rechazando los poemas y me dijo: “Apreciado señor Simic… es claro que usted es un hombre inteligente”. Lo que me pareció extraño, pensé: “¿Qué carajos sabe él?”.

La carta seguía diciendo: “¿Por qué escribe poemas sobre esas cosas? ¿Por qué escribe sobre algo tan poco importante como los cubiertos?”.

Fui a la biblioteca con la carta, sintiéndome fastidiado, pensando –“¡Idiota! ¿De qué quiere qué escriba? ¿Atardeceres en junio?”–, y al tiempo sintiéndome triunfal. Pensé: “Bueno, esto es lo que voy a hacer de ahora en adelante. Esto es lo mío”. Sentía que estaba en el camino correcto. Hay un gran placer en sentirse así.

Para mí, el poema ideal es aquel que una persona puede leer y entender en un primer nivel justo después de la lectura. Creo que es importante que sea accesible. Hay que darle al lector algo con lo cual comenzar, una cosa que parece simple y sencilla pero que tiene algo extraño, algo que no sea ordinario y que los obligue a releer el poema o a pensar en él. El propósito es que cada vez que la persona lo lea, descubra un nuevo nivel. Así, ese pequeño y aterrador poema de diez a quince líneas se convierte en algo similar al poema de Whitman, que el lector quiere leer una y otra vez.

Mi fantasía es esta: un lector en una librería está paseando por la sección de poesía. Encuentra un libro y lee unos cuantos poemas. Pone el libro en su lugar. Dos días después, se despierta a las cuatro de la mañana pensando: “Quiero leer ese poema de nuevo. ¿Dónde está? Tengo que comprar ese libro”.

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