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Bolsillos de la resistencia

El origen y los persistentes efectos secundarios del estallido de la moda en la china pos-Mao

Tras la muerte de su líder, la apertura comercial china incitó a la irreverencia y el vestir se convirtió en un arma política. Los jóvenes chinos bailaban lujuriosos con pantalones bota campana al ritmo de la moda capitalista. Las opciones eran dos: complacer los caprichos desabridos de sus dictadores o enfrentar la pena de muerte. La rebeldía de optar por lo segundo impulsaría, paradójicamente, tanto el consumo desaforado como la contestación.


©tim graham • getty images

 

Un terreno fértil para la moda implica zarandeos y conmociones sociales: la necesidad de pertenecer, de liberarse, el afán por desaparecer o el deseo de ser visto. Durante los años posteriores a la muerte de Mao Zedong, cuando China había iniciado una de las transformaciones más extremas en la historia de la moda –pasando en menos de dos generaciones del producto nacional y colectivo al glamour con la etiqueta del consumismo global pop–, estas tensiones se expresaban en formas diversas. “Durante la era de la reforma china (1976-1989), las personas querían convertirse en ciudadanos del mundo”, escribe la historiadora del materialismo cultural Antonia Finnane. También querían escapar de la identidad de masas a la que habían sido confinadas y convertirse en individuos. “Había un profundo deseo en los jóvenes de hacer algo que transmitiera un poco su rebeldía individual, su expresión personal e identidad cool”, afirma el periodista y académico Orville Schell, que en 1961 llegó a estudiar a Taiwán y ha vivido entre China y Estados Unidos desde 1975.

Los primeros esbozos de la cultura de consumo y del dominio de las marcas que existe en China hoy en día (el país se ha convertido en la segunda economía de consumo más grande del mundo desde 2013, con un gasto de 3,3 billones de dólares en bienes privados) pueden encontrarse en el alboroto, la confusión, las influencias y la extraña vestimenta durante esos años de la reforma. En ese entonces, como ahora, fue el impacto emocional de la moda y la excitante posibilidad de procurarse una nueva identidad lo que electrizó el ambiente.

Iniciaremos la historia cuando empieza el alboroto, en 1966. Mao está fortaleciendo su campaña de revolución permanente y ha hecho un llamado a la purga de todo lo que sea anticuado (es decir, confusionista y feudal), extranjero o burgués. La moda china se reduce rápidamente a “tres viejos estilos” (lao san zhuang) en “tres viejos colores” (lao san se), pero los impactos emocionales, las implicaciones políticas y las repercusiones físicas del atuendo se disparan por las nubes. Contrario a la creencia occidental, el icónico corte cuadrado y los uniformes unisex de la China comunista –el “traje Mao”, la chaqueta juvenil, el abrigo militar, todos en azul, blanco y gris monótonos, con el ocasional verde militar tan codiciado– no son mandatos directos del partido; más bien, son respuestas tácitas y espontáneas a la sensibilidad antiburguesa, la propaganda militar, el fervor revolucionario, los ideales comunistas, las presiones sociales y las creencias personales. El atuendo puede demostrar lealtad o disimularla; puede ayudar al portador a ejercer su poder o a renunciar a él, a mantener la cabeza en alto o a impedir que le hundan la nariz en tierra.

La Guardia Roja, una legión de estudiantes revolucionarios que portan un brazalete de ese color, se da a la tarea de “destruir lo viejo y establecer lo nuevo”, anuncia el Peking Review (nombrado más tarde como el Beijing Review) en septiembre de 1966. Estos jóvenes, con la bendición de Mao, están, efectivamente, por encima de la ley, y durante la siguiente década su alcance destructivo conocerá muy pocas barreras. Destruyen las antiguas tablillas de los aldeanos y queman libros de la era feudal. Incendian el carro del embajador mongol durante su visita. Cierran los salones de belleza y cortan la ropa de las mujeres que utilizan los pantalones ajustados “burgueses”. Uno de sus grupos asalta a un joven porque se ha aceitado el pelo. Otro sube a un bus y humilla a todo aquel que usa zapatos de cuero “capitalistas”. Irrumpen en una oficina extranjera y literalmente agarran a los diplomáticos ingleses por las bolas y los obligan a marchar en cuclillas. En Shanghái, saquean la casa de una empresaria, destruyen su colección de discos –Mozart, Chopin, Tchaikovsky– y la agarran a palos. Si alguien es acusado de ser un “secuaz del capitalismo” (es decir, cualquier persona, especialmente un oficial del partido, que traspase en secreto la línea capitalista), por, digamos, no usar un pin de Mao, es posible que le cuelguen un aviso del cuello. Puede que le pongan el capirote de zopenco en la cabeza y consigan con ello su arrepentimiento. Tal vez lo lleven a hacer trabajo forzoso en el campo. Tal vez lo fusilen. Una chaqueta que se vea demasiado nueva o que esté hecha con un material costoso es suficiente para dar un paso en falso con consecuencias fatales. El perpetrador será reportado como un derechista o un contrarrevolucionario por sus compañeros de trabajo, sus familiares y amigos. La opción más segura es ser una sombra, vestirse para desaparecer en la masa. Eso, o conseguir su propio brazalete rojo. Los chinos están, entonces, atrapados en la paradoja de una ideología que desdeña la atención a lo superficial o las modas materialistas, pero que al mismo tiempo requiere una conciencia aguda de la apariencia propia.

Saltemos al 28 de julio de 1976: un terremoto acaba con las vidas de aproximadamente 242.000 camaradas en Tangshan, 149 kilómetros al este de Beijing. El desastre es considerado por muchos como un presagio del cambio de dinastía, y a lo largo de las ocho semanas siguientes el presidente Mao sucumbe ante la enfermedad y muere a los 82 años. La esposa de Mao, Jiang Qing, y su camarilla tiránica de puristas del pensamiento maoísta (peyorativamente nombrados por el presidente mismo como “la Pandilla de los Cuatro”) inmediatamente se toman el poder, pero son derrocados y encarcelados por las autoridades y por el sucesor escogido por Mao, Hua Guofeng, quien recibe un gran apoyo popular.

Este nuevo presidente se echa el pelo hacia atrás para parecerse más a Mao y habla de los “dos cualquieras” declarando su lealtad a cualquier cosa que Mao haya decidido y cualquier instrucción que haya establecido. Mientras tanto, Deng Xiaoping, un líder del partido que fue exiliado por la Pandilla de los Cuatro en abril del 76, ha regresado y empieza a ganar influencia. Aunque Deng viste el traje Mao estándar, es más pragmático que Hua, y explica con detalles el pensamiento maoísta, al hablar de “buscar la verdad en los hechos” y al hacer un llamado a China para integrar la teoría con la práctica. “No podemos aplicar mecánicamente lo que Mao dijo de una cuestión particular a otra”, dice el 24 de mayo de 1977, en una conversación con dos miembros del Comité Central del Partido Comunista, registrada en Selected Works of Deng Xiaoping, vol. 2.

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 •Deng Xiaoping, líder de la República Popular China, recibe un sombrero vaquero durante un rodeo en Houston, Texas, en 1979

Dos meses después, a Deng Xiaoping le es restablecida su posición como vicepremier. Deng es técnicamente un subordinado de Hua, pero su prestigio en el partido y sus fuertes relaciones con el Ejército Popular de Liberación (epl, la milicia china), desarrolladas a lo largo de su extensa carrera militar y política, lo habilitan para dominar la agenda nacional y tomar el mando del gobierno eficazmente. Propone las Cuatro Medidas de Modernización (avances en la agricultura, la industria, la defensa nacional, ciencia y tecnología) en conjunto con una profunda reforma política, económica y social. El marxismo retrógrado ya no es relevante: “Engels nunca subió a un avión. Stalin jamás usó dacrón”, dice, refiriéndose al poliéster que se ha utilizado en la confección de camisas frescas de verano para los camaradas privilegiados, desde mediados de los años sesenta. De alta tecnología y durable, la tela tiene atributos que armonizan con aquello en lo que Deng cree que China debe convertirse, y después de su pronunciamiento, el dacrón es elevado a un ilustre símbolo de estatus: el emblema de progreso. Ese mismo mes, un obstinado tendero de una comuna rural a medio camino entre Hong Kong y Cantón observa que los campesinos escasamente tienen cupones para adquirir algodón barato, mucho menos para conseguir sintéticos. Una de las formas más efectivas de mejorar la vida de las personas, dice, sería incrementando la posibilidad de conseguir dacrón.

La primera gran arremetida de Deng es descentralizar y descolectivizar la economía china, empezando con la colosal tarea de romper las comunas agrícolas de Mao. Después, desmantela sistemáticamente el culto a la personalidad de Mao apropiándose de una crítica descripción de Stalin, para sugerir que, como el equívoco líder soviético, el gran presidente tenía la razón solo en un 70%. Bajo el mandato de Deng, se hace el esbozo de una nueva Constitución en marzo de 1978, que aprueba algunas actividades de mercado libre y avala los Cuatro Grandes Derechos: expresarse libremente, transmitir información sin limitaciones, sostener grandes debates y hacer pósters sobre las grandes personalidades (carteles en gran formato hechos a mano, propaganda y comunicación de masas). El público responde apasionadamente ventilando sus deseos, historias e injurias sobre lo que empieza a conocerse como el Muro de la Democracia. Se fijan miles de carteles de grandes personalidades, cerca de una estación de bus en Beijing. Estos carteles cuentan la historia de las personas que fueron torturadas por la policía, y muestran a los campesinos los balances de inanición. Exigen “libertad para viajar”, “estilos de vida modernos” y la necesidad de “aprender de otros países”. Carteles similares aparecen en diferentes muros de China, y Deng califica estas expresiones como “algo bueno”.

En diciembre de 1978, durante el III Plenum del XI Comité Central del Partido Comunista de China, el país adopta, finalmente, una política de puertas abiertas y normaliza las relaciones con Occidente. Los primeros experimentos con una economía de mercado socialista se hacen efectivos; se dispone un trabajo de campo para establecer zonas económicas especiales, en diferentes ciudades de la costa sur que ofrecerán mano de obra, uso de la tierra e impuestos para incentivar la inversión por parte de las compañías extranjeras para producir bienes de exportación. Entre estas primeras compañías que se mudan a las zonas están las fábricas textiles que se trasladan desde Hong Kong.

En enero de 1979, Deng hace una visita a Estados Unidos para renovar las relaciones y aprender de las técnicas de manufactura del gobierno norteamericano. En un rodeo en Houston, el vicepremier acepta el obsequio de una camisa a cuadros y luce un sombrero vaquero.

Mientras tanto, una subcultura empieza a gestarse. Una tarde de otoño de 1978, Orville Schell, corresponsal en China del New Yorker en el momento, está pasando el rato en un sórdido bar de Beijing llamado el Peace Café. Wang Zaomin, un joven soldado del epl durante el día y proxeneta aficionado por las noches, entra en escena vestido como un cadáver exquisito: “Usa una gabardina de corte inglés vagamente amarrada a la cintura y un fedora de textura arrugada”, como lo describe Schell en su libro “Watch Out for the Foreign Guests!”. China Encounters the West. “En el labio superior luce una pelusilla que no es lo suficientemente gruesa para merecer un corte. De la barbilla hacia arriba parece un gánster. Del cuello a las rodillas se ve como un inglés que ha salido del pub hacia la niebla londinense. Pero por debajo de las rodillas, desde donde sus pantalones militares descienden al encuentro con sus tenis caqui, parece chino”. Comparado con sus colegas taberneros, que usan todavía la típica chaqueta azul y la gorra Mao, Wang se ve “completamente alienado”.

Wang Zaomin es lo que vendría a llamarse un liumang, una expresión difícil de traducir, pero que sin duda tiene una connotación profundamente incriminatoria. El sinólogo John Minford encuentra los equivalentes más aproximados en “rufián”, “holgazán”, “vago”, “hampón” o “buscapleitos”; el ensayista Zhou Zuoren, en cambio, se inclina más hacia picaroon, del español “pícaro”. Una traducción literal de liumang sería “vagabundo de poca monta” que ha perdido su hogar físico y espiritual, y es posible que esta interpretación le dé pie a una reflexión importante: la del liumang de finales de los setenta y principios de los ochenta es una cultura emergente de “jóvenes a la espera de trabajo”. Después de que las comunas son desmanteladas, muchos ciudadanos que habían sido enviados por la Revolución a trabajar al campo son devueltos abruptamente a la ciudad, donde el empleo es escaso. Los liumang son una nueva generación de delincuentes, usualmente los hermanos menores de los militantes de la Guardia Roja, demasiado jóvenes para haber participado en la Revolución Cultural –es decir, la Revolución–, que alcanzaban su mayoría de edad en este clima inestable. Son canallas y marginados que deambulan en bicicletas Pigeon y en minichoppers de 90 centímetros cúbicos. Están aburridos, son despectivos y “descaradamente incorrectos o en oposición al orden común y los preceptos morales de la sociedad”, como los describe el crítico cultural Yan Jingming.

Wang Shuo, el chico malo, personaje al estilo de Joseph Heller, es un novelista mordaz y un guionista cuyo trabajo personifica de la mejor manera la visión del liumang. Sus personajes son vulgares, charlatanes vagabundos que trafican en el mercado negro; su único principio es no tener principios y burlan a las autoridades en cada esquina. “Todo el ímpetu de liberarse y reformarse viene de los hooligans”, le dirá Wang al New York Times en 1993. “Su irreverencia es lo que determina la sociedad”.

Veamos, por ejemplo, a la veinteañera Hong Yin. En 1982, no usa calzones debajo de la falda. Se corta el pelo con estilos audaces, prohibidos en los salones de belleza. Deambula de fiesta en fiesta, bailando al ritmo del disco con las luces apagadas, golpeando el suelo con los tacones como si quisiera romperlo. “Era como si la clave para continuar con mi estilo de vida errante fuera bailar frenéticamente hasta el cansancio”, recuerda. Hong Yin está determinada a darle la espalda al pasado. A la pobreza durante su juventud, a las exigencias totalitarias y la indiferencia de una familia y una sociedad que no conseguía entender. Una noche Hong Yin deja la pista, baila completamente borracha y vomita en la calle. Toma del bolsillo un pedazo de papel para limpiarse la boca y descubre que es un poema mimeografiado de una revista literaria underground: “Antes de que el desastre nos golpeara, todos éramos niños, / fue más tarde que aprendimos a hablar de ello”. Siente que el poema fue escrito especialmente para ella, el poder de las palabras se materializa en un afán por usar la literatura como medio para reencontrar el mundo y darle una voz a la sociedad marginada de China. Hong vivirá para publicar diez novelas e incontables poemas, convirtiéndose en la autora china más reconocida internacionalmente.

El chico malo Wang Shuo también encontrará la fama. Entre finales de los ochenta y principios de los noventa sus libros se convierten en bestsellers, y la mayoría de sus relatos y novelas son llevados al cine y la televisión. Gracias a ello los jóvenes alienados tienen algo de que sujetarse, algo con que identificarse en medio de los vaivenes de la cultura pos Mao. La influencia de los liumang continuará ampliando sus alcances. En las décadas siguientes, muchos se convertirán en artistas y escritores que habrán de inspirar nuevos movimientos y definirán el trabajo de las generaciones subsiguientes a pesar de la censura. Otros serán emprendedores, de los primeros en encontrar ingeniosas maneras de lucrarse con la nueva economía e impulsarla. Puede que los liumang resulten extraños para muchos, pero sus ideas hallan la forma de difundirse y penetrar en la cultura. Sueñan con viajes y con esquivar a las autoridades, mientras esperan que la sociedad se ponga al día.

Mientras China le abre las puertas a Occidente y mientras Deng les sonríe a embajadoras vaqueras con un infame y simbólico sombrero entre manos, nuevas y extrañas tribus de liumang brotan del matorral municipal. Con ellas viene una colección de modas enrarecidas y controversiales que Schell ve como “el indicio de que la sociedad china se encuentra en las primeras etapas de un cambio cataclísmico”. Rudos jóvenes meciéndose sobre sus sandalias de tacón alto. Pantalones bota campana cosidos a mano con etiquetas replicadas donde se lee Levi’s en tinta de esfero. Las etiquetas desechadas de la ropa importada, rescatadas de la cañería y puestas alrededor de sus cuellos con un hilo. Colores. Patrones. Camisas de dacrón con motivos florales. Patillas. Delgados bigotes. Jeans. Cortes desgreñados. La fiebre de la permanente en hombres y mujeres. Y por todos lados las gafas oscuras con el sticker del fabricante pegado al lente para demostrar (a veces falsamente) que son productos del extranjero.

Estas tendencias se filtran a través del contacto reavivado con familiares en Hong Kong y Taiwán, gracias a los viajeros de otras tierras que atraen muchedumbres de observadores cada vez que pisan un lugar, y a la emocionante llegada de las películas y la televisión importadas. El filme japonés Kimi yo fundo no kawa wo watare, conocido en Estados Unidos como Manhunt, llegó a China en 1978 y popularizó la gabardina y el cabello largo. El programa de televisión de 1980, Man from Atlantis, una serie de aventuras de ciencia ficción (fracaso absoluto en Estados Unidos en el 77), cuenta la historia de un galán acuático con ojos sensibles a la luz, que convirtió las gafas de aviador en un éxito inmediato. Los lentes incluso son apodados “gafas de sol Mark” (Maike jing) en honor al protagonista, Mark Harris (Patrick Duffy), un pequeño juego con el término “gafas de ciego” (mang jing), que eran quienes usaban primordialmente los lentes oscuros. También en 1980 la actriz Shao Huifang aparece con pantalones bota campana en Spectre, una película nacional sobre una mujer que escapa a la Pandilla de los Cuatro. Aunque la bota campana había pasado de moda en Estados Unidos hacía cinco años, esta prenda ajustada en la entrepierna y los muslos, que marca una silueta peculiar y lleva la cremallera en el frente (las cremalleras chinas tradicionales se encuentran a un lado: a la derecha para las mujeres y a la izquierda para los hombres), genera un choque emocional que es aprovechado por los jóvenes más intrépidos.

Los almacenes del Estado se mantienen alejados de tales amenazas novedosas, muchos de los estilos son copiados de manera ingenua e idiosincrásica en máquinas de coser domésticas, o son descritos al detalle a los sastres más osados. Lo que no se puede hacer en casa es, usualmente, obtenido bajo cuerda. Las zonas económicas especiales en Shenzhen y Cantón se benefician de su proximidad con Hong Kong y se convierten en fuentes determinantes de bienes no oficiales. Un indicador del crecimiento del contrabando es el gran aumento del valor de los objetos confiscados por la aduana: desde 2,27 millones rmb en 1978 hasta 100 millones en 1981. Las iniciativas de Deng para la inversión en el extranjero también están tomando ventaja, y gracias a la apertura de fábricas que producen bienes de exportación, el municipio de Shenzhen se convierte en la “capital del bluejean” de Cantón (y eventualmente del mundo: en 2010 el río estará teñido de índigo por la producción de más de 200 millones prendas al año). El excedente de estas fábricas es vendido a compradores domésticos y después revendido junto a productos importados de segunda mano y prendas defectuosas, en mercados callejeros que aparecen de la nada en la nueva economía del mercado socialista, donde los comerciantes emergentes intercambian ansiosamente todo, cualquier cosa. 

Los peinados con estilo, la más accesible manifestación de la moda, se propagaron como una epidemia. Ya en 1977, salones con máquinas para hacer la permanente abrieron sus puertas en Shanghái. Li Xiaobin, un fotógrafo afamado por sus imágenes de la moda urbana de esos años, recuerda que antes de la caída de la Pandilla de los Cuatro “solo un artista con una carta oficial de certificación podía hacerse la permanente... la sociedad estaba sedienta de cosas hermosas”. Hasta una conservadora profesora de colegio en Nankín se hace la permanente a petición de su novio. Además, estamos hablando de una chica que usa atuendos de manga larga hasta bien entrada la primavera, por ser demasiado tímida para convertirse en la primera que se atreve a cambiar de estilo con el cambio de estación. Mientras las mujeres de Occidente empiezan a usar el poderoso traje masculino, en China empiezan a aparecer el maquillaje, las faldas cortas, los suéteres de colores, vestidos florales y tacones. “Las compuertas de la moda están completamente abiertas”, escribe James P. Sterba, corresponsal del New York Times en China durante el verano de 1981. “Y en los últimos dos meses, una de las preguntas más antiguas sobre China ha recibido una respuesta definitiva: las mujeres chinas sí tienen rodillas”, añade.

Durante estos años, “el cambio de atuendos, al igual que en la política, se daba al ritmo de dos pasos adelante y uno atrás”, escribe Antonia Finnane. Para cuando Deng regresa de su viaje de nueve días por Estados Unidos, ya no considera que los carteles en el Muro de la Democracia sean inofensivos para su mandato. Si en un principio había impulsado al pueblo a expresarse libremente, era solo para permitir la crítica a la Pandilla de los Cuatro, lo que fortalecía su poder. Sin embargo, rápidamente los carteles empiezan a denunciar también a su gobierno. Uno de ellos reclama la Quinta Medida de Modernización: la democracia. Y critica directamente a Deng Xiaoping. Además, justo antes de la partida de Deng, Fu Yuehua, una mujer que declara haber sido violada por un secretario del partido durante la Revolución Cultural, organiza una manifestación en Tiananmén en contra del hambre y la opresión. La primera marcha de protesta organizada en la historia de la China comunista. Poco después, un grupo de jóvenes desempleados arremeten contra las puertas del Comité Central, y a Deng no le queda otra opción que someterlos con una ronda de arrestos. Fu Yuehua es llevada a juicio, y aunque en principio su caso es considerado para una investigación a fondo debido a su crudo y gráfico testimonio, posteriormente el juez desestima el cargo por violación y ordena encarcelarla por difamación y por alterar el orden público. Wei Jingsheng, el ex miembro de la Guardia Roja que escribió (y firmó) el cartel sobre la Quinta Medida de Modernización y que publicaba el periódico clandestino Exploración, también fue enviado a la cárcel, junto a otros treinta activistas del Muro de la Democracia.

El 10 de septiembre de 1980, Deng y la Asamblea Popular Nacional dan otro golpe: eliminan oficialmente los Cuatro Grandes Derechos de la Constitución.

Pero en las costas meridionales del Río Amarillo, en la ciudad de Sanmenxia, el adolescente Liu Yang se roba el uniforme militar de su padre y convierte los pantalones en unos bota campana, poniéndolos al revés y cosiéndoles una nueva entrepierna. En su colegio prohíben el cabello largo en los hombres y es obligatorio el uso de pantalones de corte recto. Sin embargo, este sastre infractor ostenta sus “pantalones de trompeta” y se deja crecer el pelo desordenado. La madre liberal de Yang alaba sus habilidades de sastrería y consiente su instinto creativo, ignorando a los ciudadanos de la provincia que consideran su apariencia sardónica como un rasgo delator de un huaidan, una manzana podrida.

Es el verano del 81. Casi trescientos kilómetros al sudeste, la operaria adolescente Lijia Zhang siente como si el gobierno controlara hasta el calor. (Los operarios en la fábrica de cohetes de Nankín tienen el día libre si la temperatura alcanza los cuarenta grados, pero el ascenso del calor se detiene milagrosamente en los 39.) Una tarde, Zhang se sienta bajo el ventilador a escuchar un discurso del instructor político de su unidad de trabajo, sobre lo que ella llama “la colorida basura del capitalismo que se arrastra hacia el reino gris de China”. Para Zhang, el discurso es como el vendaje en los pies de una anciana: largo y rancio. La gente asiente. “Desde la reforma y la apertura”, les advierte el instructor político, “un montón de jóvenes se han dejado engañar por la prosperidad de Occidente y han empezado a adorar el capitalismo. Incapaces de distinguir entre flores fragantes y hierbas venenosas, estos jóvenes recogen la basura capitalista como esos ‘pantalones trompeta’ y esa música putrefacta. ¡Debemos defender de manera definitiva los cuatro principios cardinales del socialismo y oponernos firmemente al liberalismo burgués!”.

El instructor anuncia entonces el nuevo código de vestimenta de la fábrica. No usar tacones. No usar lápiz labial de colores brillantes. Los hombres no pueden llevar el cabello más abajo de las orejas. Y el ancho de la bota del pantalón debe medir entre 15 y 22 centímetros (ni muy apretada, ni muy ancha). Mientras habla, un póster gigante detrás de su cabeza retrata, absurdamente, a Karl Marx con el cabello salvaje y espeso, cayéndole con libertad sobre los hombros.

Dentro del epl, muchos líderes siguen siendo fervientes maoístas que no están dispuestos a ceder en sus convicciones. Esta lealtad hacia Mao y crecientes rencores contra Deng llegan a un punto crítico en 1981, con el lanzamiento de una nueva campaña de propaganda en contra del “liberalismo burgués” y “la adoración del capitalismo”. Sentencias que atacan la literatura, las películas, la ropa y otros aspectos de la cultura son diseminadas por los medios controlados por el epl, ofreciendo un pensamiento antiburgués a los ideólogos de las fábricas estatales, como al instructor político que sermoneó a Lijia Zhang. En un principio, algunos diarios independientes se oponen a publicar sobre el escándalo, pero pronto ellos también están a bordo.

“¿Será posible que un joven de pelo largo y pantalones bota campana pueda salvar a un niño que se ahoga?”, se preguntan los reporteros y chismosos. El debate sobre un escenario como este se pone en boca de todos. Vigilantes veteranos en ciudades como Shanghái y Beijing se toman las calles tijera en mano para rasgar los pantalones aberrantes, haciendo eco del comportamiento de la Guardia Roja quince años atrás. El pequeño Zhi, el enamorado de Lijia Zhang, un muy cool compañero de trabajo en la fábrica de cohetes en Nankín, es atacado por oficiales de seguridad en atuendos simples, y es suspendido de la fábrica hasta que se corte los rizos que lleva a la altura del hombro. En 1981, se prohíben los jeans bota campana en los campus universitarios a lo largo de todo el país, y los diarios utilizan tácticas de terror para disuadir a los jóvenes de “fotocopiar” las tendencias occidentales. Algunos artículos declaran que los pantalones ajustados de Occidente causan irritación, infección e infertilidad.

Una reestructuración del Partido Comunista de China (PCCH) promueve la propaganda del epl y obliga a los periódicos a unirse a la crítica. Esta sucede durante el vi Plenum del xi Comité Central del PCCH, celebrado en junio de 1981, cuando Hua, el inepto imitador de Mao, es reemplazado por Hu Yaobang, protegido de Deng. Mientras tanto, Deng es nombrado presidente de la Comisión de Asuntos Militares del PCCH, lo que deja bajo su mandato al epl. Aunque adquiere un poder significativo gracias a los cambios recientes, estos requieren un compromiso serio. Para ganar a las críticas según las cuales sus políticas carecen de ideología, Deng debe adoptar una posición más conservadora. En apariciones junto al epl durante los debates públicos, comienza a dar discursos sobre cómo deben oponerse al liberalismo y las tendencias de izquierda. Denuncia a escritores y artistas que expresan su opinión contra el gobierno, o que son aparentemente pro burgueses, alegando que ellos deben mostrar arrepentimiento público o acabar en prisión, como todos los que escribieron en el Muro de la Democracia. El China Youth Daily empieza a replegarse refutando sus antiguas percepciones sobre la experimentación en la moda y el individualismo, así como exhortando a los jóvenes a evitar la distracción de los frívolos y mostrones atuendos, pues deberían dedicarse a estudiar y a dirigir al país hacia la modernización.

En 1982, 23 obreros de la Sixth Construction Company en Shanghái se cortan el cabello y son presentados como ciudadanos modelo bajo los titulares del Xinmin Evening News. “Nunca recibimos una queja sobre nuestro cabello largo... si uno tiene una mala apariencia externa, está fuera de toda duda que pueda tener un buen corazón”, dicen a los reporteros. Ese mismo año, Fashion, una revista que cubre los estilos extranjeros, crítica fuertemente a los obsesos con lo importado. “Hay algunas mujeres tan preocupadas por estar a la moda que imitan a las de Hong Kong de pies a cabeza. Este tipo de adornos escapan a la realidad; las nuevas tendencias que estas mujeres buscan no representan la clase de moda –bella– que pertenece a nuestra sociedad, y tampoco son naturales ni armoniosas”.

Realidad y practicidad, acordes con el legado de Deng según el cual hay que “buscar la verdad en los hechos”, son las máximas del momento. En estas se mezclan el cinismo y la alienación, los remanentes del repudio hacia la Pandilla de los Cuatro y la disolución de la categoría de semidiós de Mao. Una encuesta de opinión pública realizada en una fábrica de Tianjin pregunta: “¿Cuál es su ideal?”, lo que provoca una respuesta emblemática publicada por el Tianjin Daily: “Encuentro vacíos los ideales de la Revolución. Solo los beneficios del material visible y tangible son útiles”. La ambición y la educación necesarias para alcanzar el éxito material son cualidades valiosas en el nuevo mercado libre de la economía socialista china. El epítome paradigmático de un civil ejemplar es un estudioso joven muy bien afeitado, de pelo corto, camisa blanca y pantalones holgados. Es exactamente el mismo atuendo nefasto que siete años más tarde, el 4 de junio de 1989, llevará “el hombre del tanque” en la Plaza de Tiananmén.

Beijing, 1983: un importante salón de belleza anuncia que ya no ofrecerá permanentes para hombre. Del otro lado del pueblo, le impiden la entrada a una mujer a la oficina municipal porque lleva el pelo suelto. En un edifico municipal más importante, a puerta cerrada, el oficial de alto rango del PCCH, Zhao Ziyang, se quita discretamente su blazer occidental y vuelve a su chaqueta Mao.

Ese año, los jóvenes de jeans con enormes grabadoras al hombro pululan por todos lados. Pero, por otra parte, en Chengdú, la capital de Sichuan, el empleado de un hotel es sentenciado a siete años de prisión por “reproducir de manera ilegal casets con música ‘obscena’ ”, las baladas románticas de la estrella pop taiwanesa Deng Lijun, que siempre lleva el pelo rizado, labios pintados y tacones altos. En Nankín, la actriz de cine Chi Zhiqiang es arrestada y sentenciada a cuatro años de prisión por bailar “cara a cara” con la gente, ver películas prohibidas y participar en varias noches de sexo casual. En Xi’an, capital de la provincia de Shaanxi, una organizadora de fiestas clandestinas llamada Ma Yanqin es acusada de dormir con varios de sus compañeros de baile y es sentenciada a muerte. Los cargos oficiales son promiscuidad y liumang zui, “hooliganismo”.

En el verano de 1983, el Ministerio de Seguridad Pública lanza una brutal yanda, o campaña de mano dura, para recuperar el “balance de temor” de un país con una creciente tasa criminal y un pueblo que se le sale de las manos (el reportaje “Crime and Control in China”, de He Bingsong, registra la tasa de crímenes de 1981 como la más alta de los últimos treinta años, y en 1983 los crímenes juveniles constituyen el 60% de los casos). “No podemos permitir que estos criminales sigan caminando indiferentes”, dice Deng a su ministro de seguridad pública, Liu Fizhi. “La campaña de mano dura fortalecerá la dictadura, es lo que hace una dictadura. Protegeremos la seguridad de la mayoría, es lo que hace el humanismo”.

La idea de Deng es “atrapar una buena tanda de criminales de un solo golpe” cada tres años en las grandes ciudades. El Comité Central del Partido lanza un comunicado el 25 de agosto de 1983, que define los siete tipos de personas que serán el objetivo principal de la campaña. Encabezando la lista están los “hooligans, miembros de una pandilla”, seguidos por los “pandilleros que huyen de un lugar a otro”. En prácticamente una sola noche, cientos de miles de presuntos criminales son encarcelados y pasados por el embudo de un sistema judicial descentralizado; el estimado de 6.000 ejecuciones al final del año resulta conservador. Algunos reportes cuentan más de un millón de arrestos y 24.000 sentencias de muerte en un período de seis meses, y otros hacen referencia a un documento secreto del Comité Permanente que registra 960.000 ejecuciones durante las campañas. En medio de un contexto así, una orden de captura por hooliganismo resulta terriblemente imprecisa.

En octubre de ese año, se lanza la campaña afín Antipolución Espiritual, que define la “polución espiritual” como “la difusión de distintas ideologías decadentes de los burgueses y otras clases explotadoras; también como la difusión de sentimientos de desconfianza acerca de la causa del socialismo, el comunismo y los mandatarios del Partido Comunista”. El gobierno siente la necesidad de recobrar el control no solo sobre los criminales sino también sobre los intelectuales. La campaña inicia con un ataque a la “pornografía”. En Fuzhou, se reporta que 27 criminales son ejecutados después de ver cintas de video pornográficas; en Shanghái, una obra de teatro de Jean-Paul Sartre es censurada; en el China Youth, un empleado se queja de que su jefe le ha confiscado un libro que contiene una reproducción de El nacimiento de Venus de Botticelli. Esto viene acompañado de un silenciamiento de toda literatura con indeseadas teorías de humanismo, alienación, modernización o realismo. Los poetas y otros disidentes están bajo ataque, y tanto el director como el subdirector del People’s Daily son forzados a renunciar por publicar un artículo que sugiere que el concepto de alienación de Karl Marx podría no aplicar tanto al capitalismo decadente como al socialismo chino. Rápidamente la campaña se vuelve una excusa para que los extremistas “condenen cualquier cosa que no les agrada”, escribe Christopher S. Wren, el corresponsal del New York Times, en diciembre de 1983. El gobierno central prohíbe las películas y la música pop, y los escritores son castigados por lo que Wren llama un “individualismo inapropiado”. A nivel local, circulan anuncios con códigos de vestimenta en los edificios municipales, las mujeres se meten en problemas por usar cosméticos y rizarse el pelo, los jóvenes son atacados por bailar y llevar ropa con estilo. El Foreign Broadcast Information Service reporta que la jefatura de la provincia en la ciudad de Lanzhou obliga a los policías a leer buenos libros y cantar canciones revolucionarias como un antídoto para “el uso de bigotes, para evitar la música enfermiza, para alejarse de la indisciplina y la desconcentración en el trabajo”.

Por este tiempo, Lijia Zhang es nominada como trabajadora modelo en la fábrica de cohetes de Nankín. Pero su nombre es retirado misteriosamente porque (como luego vendrá a enterarse) el jefe de su unidad cree que su cabello rizado natural es una permanente y porque no le gusta su vistoso abrigo.

Pero las compuertas de la moda no se cerrarán.

Yu Qiuyu, profesor en la Academia de Teatro de Shanghái a principios de los ochenta, escucha una advertencia conservadora: “El imperialismo ha venido a llamarnos coolies (una forma despectiva de referirse a los asiáticos en Estados Unidos), y ahora quieren que usemos jeans. ¡De ahora en adelante nos llamarán ‘chicos de las cabras’ y ‘vaqueritos’!”. Yu se niega a recibir el comentario con calma. “Yo era un joven insolente, y conocía muy bien los sortilegios engañosos de este grupo de izquierdistas radicales”, escribe en su blog más de veinte años después. “Así que llamé al grupo de los profesores más jóvenes de Shanghái para que se pusieran sus jeans como forma de resistencia”. La protesta consigue enmudecer algunas críticas, y el grupo alcanza reconocimiento como “los profesores vaqueros”.

Liu Yang –ese precoz sastre que le robó los pantalones a su padre– se hace una permanente en 1983, se tiñe el pelo de rubio y se inscribe a la Academia de Bellas Artes de Cantón. En cinco años gana el primer, el segundo y el tercer puesto en los primeros concursos del China Youth Fashion Design. Diez años después se ha convertido en una gran estrella del diseño de modas que necesita ser escoltado por los policías para atravesar las multitudes de fans. Sus diseños van desde los excéntricos minivestidos tejidos a mano, que parecen canastas de mimbre, hasta trajes de noche en seda negra que podrían confundirse con piezas de Yves Saint Laurent. Yang crea ombligueras con capucha y jeans rasgados, y estrena una falda azul de polietileno, pieza de alta costura que funciona como un acuario, literalmente: un pez dorado nada en la falda alrededor de la modelo mientras ella camina.

En 1984, Deng, con el impulso del presidente Hu, finalmente aborta la campaña Antipolución Espiritual debido a las crecientes preocupaciones sobre la pérdida de inversionistas extranjeros. Un número significativo de negociantes (aduaneros) chinos han evadido negocios internacionales por temor a ser “contaminados” por los contactos occidentales. Mientras tanto, dos jóvenes liumang, ahora nuevos ricos, se embuchan de cerveza felizmente y prenden cigarrillos en un fino restaurante de Beijing. Llevan bigotes, sandalias de plástico, camisillas sin mangas y unos pantalones crema de piel de tiburón. Más tarde, ese mismo año, el presidente Hu abre las compuertas oficialmente: usa un traje occidental en la televisión nacional. Para 1985 no resulta extraño cruzarse en el camino con campesinos que van vestidos con traje y corbata, montados en una bicicleta cargada con pollos y patos vivos. Pocos años después, un anciano barbudo de 82 años caminará por un parque de Shanghái para hacer que su canto de pájaro sea escuchado. En el invierno rutilante, vestirá una colorida chaqueta de esquí y jeans desteñidos.

 El año 1984 marca el final del primer ciclo, entre tantos, de la moda pos-Mao. Los zarandeos y las conmociones sociales seguirán por diez, veinte, treinta años más. Los llamados por la libertad se encenderán, serán reprimidos y volverán a emerger. Mire las fotos. Preste atención a los cuellos de las camisas, el color de los labios, la presencia o la ausencia de jeans, los eslóganes cambiantes en las camisas y en las paredes, y puede que logre entender si la ola está entrando o saliendo en ese preciso momento.

Qingdao, 2012: los facekinis son el furor en las playas. El siguiente verano, las medias peludas, creadas para desalentar a los pervertidos, son la última tendencia de la moda. El mundo se ha acostumbrado a esperar innovación e ingenuidad de China. Pero mire por un segundo la mujer de allá cargando no solo uno, sino dos bolsos Louis Vuitton. “Son los logobots versus los individuos del continente”, bromea Timothy Parent, un asesor de moda en Shanghái. Algunos analistas predicen que en los próximos años los chinos representarán la mitad del consumo de lujo en el mundo, y se espera que las ventas de alto nivel se tripliquen en los próximos diez años. “Así como los chinos llegaron al exceso en la política y la lucha de clases durante la Revolución Cultural, yo creo que puede decirse que han llegado a un exceso parecido al adherirse a la cultura de consumo”, dice Orville Schell. “Es complicado, pero lo que se perdió en el proceso de la Revolución Cultural fue la habilidad de confiar completamente en los juicios propios y, en particular, la valoración estética... Cuando los chinos empezaron a emerger de la uniformidad hacia un mundo globalizado, universal y continuo, no estaban muy seguros de lo que debían desear o a lo que debían aspirar”. Entren a la dictadura de la marca.

Y aun así...

Los facekinis de Qingdao inspiran una importante sesión de fotos en Francia. Y Vogue China ha pasado de escarbar entre uno o dos diseñadores locales a tener problemas reduciendo la lista a unos pocos. Hay jóvenes como Dooling Jiang, de la marca conceptual Digest, que están dando un paso a un lado para tomar distancia de la maquinaria del mercado del lujo. “Al principio los clientes se pueden engañar con las marcas de lujo”, le dice al defensor de la moda china y diseñador Erik Bernhardsson. “Pero después de que compran más de diez piezas, puede que descubran que no tienen sustancia, solo imagen. Así que buscarán algo más. Creo que una nueva generación está creciendo y tengo la suficiente confianza para esperar la llegada de un nuevo sistema. Todos nosotros (la generación de los ochenta) odiamos el viejo sistema”. Puede que la espera no sea larga: un estudio reciente reportó la primera tendencia negativa de los gastos en marcas de lujo en China en 2014 y predijo que las dinámicas cambiantes del consumidor favorecerán a las marcas emergentes.

Dooling no sigue las temporadas de moda. Le interesa más crear un nuevo lenguaje del diseño que imitar o impulsar la idea del lujo que viene de Occidente. Como los liumang de finales de los setenta, ella se ubica en el margen para ser un individuo independiente. Pero a diferencia del resto, su experiencia de Occidente no es una fantasía de televisión. Ha estado allá y ha vuelto.

Los atributos a los que aspira la moda –la moda como una forma de activismo, como la oposición al orden, como la afirmación “mira en lo que me puedo convertir”– galvanizaron los años de la reforma, incluso mientras abrían su camino hacia la superabundancia de Gucci y Louis Vuitton. Al observar evoluciones similares de la moda en regímenes socialistas –como los jeans que abundan en los mercados negros soviéticos, tras involucrar un complejo tráfico postal, hipotéticas economías alternativas, contrabando por parte de diplomáticos y cadenas de aduaneros complacidos–, uno se pregunta si la moda no es, como el académico Djurdja Bartlett ha escrito parafraseando a Marx, “el fantasma que acecha al socialismo”.

Ese fantasma es, tal vez, lo que la joven Juanjuan Wu vio una tarde junto al lago cerca de la casa de sus padres. La imagen la sorprendió tanto que tuvo que quitarle los ojos. “Recuerdo lo impresionante que fue ver por primera vez en mi vida a una mujer usando jeans. Me asombraron las líneas de su cuerpo que se revelaban. ¿Quién se atrevería a usar algo así? Todas llevábamos pantalones holgados en ese tiempo. La primera vez que la miré, me acuerdo muy claramente de haberme sonrojado, como si si inesperadamente estuviera viendo a alguien desnudo en público”. Incapaz de mirar a la mujer directamente, ella observó su reflejo meciéndose en el lago

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Catherine Foulkrod

Investigadora graduada en la Universidad de Brown, radicada en Bilbao. Ha escrito para The Iowa Review, New York Tyrant Books y The Believer, entre otras revistas literarias

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