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Portafolio gráfico

La Frida de Leo Matiz

Fotos cortesía de la Fundación Leo Matiz

La imagen de una de las figuras icónicas del arte y la cultura mexicanas parece inseparable del dolor físico que la acompañó desde su adolescencia. A pesar de ello estos retratos tomados por un perspicaz fotógrafo colombiano revelan a la mujer serena y la modelo casual, tendida en los jardines de Coyocán, que también fue Frida Kahlo.

Frida Kahlo se describió a sí misma como “la gran ocultadora”. Sin embargo, sus ojos vivaces y penetrantes bajo unas cejas espesas, sus acentuados rasgos mestizos y la visible fuerza de su carácter alimentaban una presencia seductora ante la cámara.

Leo Matiz y Frida Kahlo se conocieron en 1941, en la muy visitada Casa Azul que la artista compartía con Diego Rivera en Coyoacán. Matiz había llegado a México un par de años atrás después de una larga y extenuante travesía a pie por Centroamérica, período durante el cual vivió de hacer caricaturas. Frida ya era una reconocida figura artística y había seducido a cientos de fotógrafos europeos y norteamericanos que aportaron a un amplio y repetitivo registro de su imagen.

Con la certeza de que ningún rostro es infranqueable, Matiz intuyó desde su primer encuentro que detrás de los quebrantos físicos de la artista se ocultaban un histrionismo, una chispa y una fortaleza de ánimo que le otorgaban a su rostro un halo de luz sobre su cuerpo frágil y vulnerable.

Su intuición no era equivocada. Matiz tuvo la oportunidad de acercarse a la faceta desenfadada y al procaz sentido del humor de Frida. Pudo compartir con ella y captar con su Rolleiflex momentos sencillos de la cotidianidad de la artista: el transcurrir espontáneo en la cocina de Talavera; Frida comprando telas durante un desprevenido paseo por los alrededores de su casa, ejerciendo como profesora en las escuelas populares de arte, junto a sus discípulos –conocidos jocosamente como los “fridos”– , o celebrando la vida junto a sus amigos, bohemios, intelectuales, figuras del muralismo y de la modernidad cultural de México en los primeros cincuenta años del siglo XX.

Estos personajes no eran ajenos al lente del fotógrafo de Aracataca y su decisión de acercarse a Frida y a Diego obedecía a una admiración por los pintores muralistas: “Ingresé a los estudios de los grandes pintores muralistas y de ese encuentro obtuve una experiencia artística importante. Me propuse presentar sus vidas en la actividad con sus propios caballetes. Mi amistad con Frida Kahlo, Siqueiros, Orozco y Diego Rivera se basó en la sinceridad. No hice el papel del fotógrafo que capta una escena y se va. Trataba de entender sus obras y sus motivos. Me aproximé a ellos con la veneración juvenil que se ...

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