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El Malpensante

Ficción

El tatami

.

 

Ilustración de Manuel Gómez Burns

Llegué a Tokio disfrazado de árabe.

En la salida del aeropuerto me estaba esperando una pequeña comitiva de la universidad, pese a que era pasada la medianoche. Uno de los profesores japoneses, evidentemente el jerarca, fue el primero en saludarme en árabe –no sé si con acento japonés o sin él–, y yo solo le sonreí con tanta cortesía como ignorancia. Una chica, quizás asistente del jerarca o estudiante de posgrado, llevaba puesta una mascarilla blanca de laboratorio y unas sandalias tan delicadas que parecía estar descalza; no paraba de inclinar la cabeza hacia mí, en silencio. Otro profesor, en mal español, me dijo: Bienvenido al Japón. Un profesor más joven me estrechó la mano y luego, sin soltarme, me explicó en inglés que el chofer oficial del departamento de literatura de la universidad me llevaría enseguida al hotel, para que descansara unas horas antes del evento de la mañana siguiente. El chofer, un viejo canoso y chaparro, estaba vestido de chofer. Tras recuperar mi mano y agradecerles a todos en inglés, me despedí imitando sus gestos de reverencia y salí persiguiendo al viejo canoso y chaparro, quien ya se había adelantado en la acera y caminaba bajo una ligera llovizna con pasos nerviosos.

Llegamos en nada al hotel, que además quedaba muy cerca de la universidad. O al menos eso creí entenderle al chofer, cuyo inglés era aún peor que las cinco o seis palabras que yo sabía en árabe. También creí entenderle que ese sector de Tokio era famoso por sus prostitutas o por sus cerezos, no me quedó muy claro y me dio pena preguntar. Él se estacionó frente al hotel y, con el motor aún encendido, se bajó del carro, corrió a abrir el maletero, dejó mis cosas en la puerta de entrada (todo, se me ocurrió, con la desesperación de alguien que ya se orina) y se marchó murmurando unas palabras de despedida o quizás de advertencia.

Yo me quedé de pie en la banqueta. Un tanto confundido pero contento de finalmente estar ahí, entre el estrépito de luces de la medianoche japonesa. Había escampado. El asfalto negro brillaba como ne&o...

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Eduardo Halfon

Ganador en 2010 del Premio de Novela Corta José María de Pereda con La pirueta. En 2015 publicó el libro de relatos Signor Hoffman.

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