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El Malpensante

Breviario

El fin del ocio en Black Mirror

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Ilustración de Mierdinsky

 

El primer capítulo de Black Mirror nos confronta con un dilema poderoso. La princesa de Gran Bretaña ha sido secuestrada y su captor le lanza al primer ministro inglés una disyuntiva: o bien él acepta follarse un cerdo en televisión abierta nacional, o le devuelve a la princesa en partes. Todo el país, como si de un reality se tratara, sigue de cerca el desenlace.

Esa es la clase de conflictos de la serie que el exgamer británico Charlie Brooker creó en 2011, y que Netflix compró en 2015 para reproducirla en su plataforma, triplicando su audiencia y expandiendo su ponzoña. Pese a todas las adicciones que retrata, Black Mirror no obliga a permanecer en el círculo compulsivo de ver un episodio tras otro; la secuencia tampoco es importante para ver alguno de sus 13 capítulos repartidos en tres temporadas, ya que el suyo no es el modelo de novela por entregas que sigue la mayoría de las series, sino que cada episodio es una narración independiente. Sin embargo, el tema de fondo siempre es el mismo: la desgarradora presencia de la tecnología en nuestra vida privada, la forma como determina nuestros afectos y la desmesura con la que manejamos nuestras redes sociales. Una producción que nace de todo lo que siempre tenemos a la mano, prendido y caliente: un celular, un computador, una tableta o el control remoto.

La serie hace una crítica paradójica: aterra y entretiene mientras nos habla precisamente de lo aterrador que puede ser el entretenimiento; de la trampa en la que cae nuestro narcisismo en las redes, y por causa suya, la mísera ofrenda de nuestro escaso tiempo libre a un montón de desconocidos. Desde bloquear a alguien en una red social, pasando por la entronización de cualquier ídolo de turno a punta de likes y retuits, hasta la ciberadicción, la reflexión apunta al espacio más sagrado de la anarquía individual: el ocio. Y suele llevar al espectador, a través de historias que parecen excesivas, hacia el precipicio por el que tal vez ya hemos caído: hasta el espacio más íntimo y el más mínimo instante de nuestro día son explotados económicamente por alguna industria. Ha sido anulado el sentido primigenio de la palabra “negocio”, del latín nec y otium (&ldquo...

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Lina Alonso

Hace parte del equipo editorial de El Malpensante. Ha colaborado con Vice, Razón Pública y El Espectador. En Twitter e Instagram @linalonsoc

Diciembre de 2017
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