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Reseñas

El negocio ineludible

Six Feet Under, la serie sobre una funeraria de Los Ángeles, nos enfrenta a la cotidianidad del duelo. ¿Existe el humor tan cerca de la muerte?

Fotografía de Álex Ayala Ugarte

 

Mi primer encuentro consciente con la muerte fue casi casi en diferido. Mariló, mi madre, falleció cuando yo estaba a un mes y medio de cumplir dieciocho años. Mi hermano y mi padre me buscaron en el colegio para darme la mala noticia un 8 de enero. Yo preferí no verla muerta ni en la habitación del hospital donde dijo adiós ni en el salón donde la velaron. No recuerdo si el funeral fue de cuerpo presente porque no quise estar cerca del ataúd en ningún momento, ni siquiera en el crematorio. Recién me acerqué a ella cuando estaba dentro de una urna y fue para lanzar sus cenizas al mar en un pueblo de pescadores del País Vasco, llamado Ondárroa. Quizá por eso nunca he sentido tristeza en un cementerio –lo que me llena de nostalgia es el océano: las costas rocosas, las olas que rompen, los barcos en el infinito–; y cuando me detengo frente a una tumba lo hago como un turista impaciente, con cierta curiosidad, porque creo que la historia de nuestras ciudades es también la historia de los que ya se han ido.

“La normalidad es la muerte”, dijo el filósofo alemán Theodor Adorno antes de morir de un infarto agudo de miocardio en una excursión a los Alpes suizos, ignorando los consejos de los médicos, que estaban preocupados por sus ataques de arritmia. Y la serie televisiva que nos demuestra que el último suspiro tiene poco de hollywoodiense y mucho de cotidianidad es Six Feet Under, una propuesta del guionista, director y productor de cine Alan Ball, enfocada, sobre todo, en las andanzas de una familia disfuncional, dueña de una casa fúnebre.

El primer episodio de Six Feet Under comienza con un golpe de efecto: la muerte freudiana del padre –el dueño de la funeraria– tras un choque brutal del coche fúnebre, que él conducía, con un autobús de transporte público, mientras estaba encendiendo un cigarillo. Horas después, sus familiares –los Fisher– se deben amoldar a esa situación inesperada. Con cada nuevo muerto que requiere de sus servicios, los herederos de este negocio que se alimenta de la tragedia ajena se hacen preguntas: ¿por qué la gente debe morir?, ¿por qué estoy aquí embalsamando un cadáver?, ¿qué hago hablando con él como si fuera un ...

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Álex Ayala Ugarte

Periodista español radicado en Bolivia. Colabora con publicaciones como "Etiqueta Negra", "Ecos" y el "Virginia Quarterly Review".

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