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El Malpensante

Ensayo

A oído cerrado. Lo que mis audífonos me han metido en la cabeza

Dossier: El ruido y el silencio

La lucha de un tartamudo contra su condición, la frágil contención al interior de un salón de clases, la música de las esferas celestes y el autismo de usar audífonos tienen en común la deliciosa prolongación y pugna entre la perturbación de las ondas, su calma, y la variedad de formas en que afectan el alma humana.

Ilustración de Bea Crespo

 

No sé si es porque tengo una fascinación por los secretos, pero encuentro en los audífonos una complicidad con la que me acostumbré a vivir desde niña. Todos los que he tenido me han ido soplando al oído códigos cifrados en ondas que han ayudado a definir la forma de mis pensamientos y han marcado el ritmo en que el mundo se mueve afuera y adentro.

Recuerdo los primeros que tuve en Cali a los doce años. Los auriculares venían forrados en una espuma que se desprendía fastidiosamente al menor descuido; además no se ajustaban bien a la forma de las orejas y algunas notas se perdían antes de que pudieran entrar al oído. Eran mi conexión con un walkman Sony amarillo canario, un clásico artefacto noventero que invertía la tendencia actual de diseño en que los dispositivos para escuchar música son minúsculos y los audífonos gigantes. Entraba a la adolescencia conectada a ese aparato que me permitía acallar, con mi propio ruido, el ruido exterior: las voces de los adultos, el cabezote de la misma telenovela todas las noches, la tonada paranoica de las noticias de última hora (era 1996 y el país se estaba desplomando más de lo habitual). Por esos días en los que no me estaba permitido encerrarme a solas en mi cuarto, mis audífonos eran la única forma de privacidad con la que contaba. Me los ponía despacio, como en una ceremonia de autocoronación a través de la cual descubría lo sagrado y peligroso que es el tiempo a solas.

Ese descubrimiento abrió las puertas de un lugar seguro en el que aún ahora encuentro resguardo. Desde entonces, como muchos, cuento con los audífonos para aislarme. A veces me los pongo aunque estén apagados y estoy a salvo de los conversadores espontáneos en la calle, de la charla obligatoria con cualquier vecino en el ascensor y de ese perverso Bossa n’ __________ (inserte género o artista que quiera arruinar) sonando de fondo en todos los cafés de Bogotá. Son como un letrero implícito de “no molestar” colgado en la cabeza, una licencia para estar y no estar sin parecer loco, el tiquete de entrada a una fiesta solitaria permanente cuyo ritmo quizá algún curioso intente descifrar sin éxito desde afuera.

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Lina Tono

Ha colaborado con revistas como level Magazine, Exclama y Vice.

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