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Reseñas

El fetiche de la memoria: The Smiling Lombana y Matar a Jesús

Nuestra reportera en el #Ficci escribe

Hace dos noches, el miércoles 28 de febrero, pude ver por fin The Smiling Lombana, el documental de Daniela Abad que inauguró el FICCI –y clausuró el soporífero discurso del presidente Santos–. Más allá de las virtudes y defectos propios de este largometraje (y que podrán encontrar expuestas en una futura reseña de mi colega reportero), lo que me pareció particularmente interesante fueron las múltiples similitudes que encontré con otra película de la selección nacional y que pude ver hasta ayer (afortunadamente, esta vez sin publicidad política pagada): Matar a Jesús, de Laura Mora. Claro, ambas pertenecen a géneros muy distintos (la primera es un documental y la segunda una película de ficción), y también se distancian en su argumento y formas de narrar. Pero en ambos largos veo algunas coincidencias que trascienden el simple hecho de que sus directoras sean jóvenes prometedoras –incluso son amigas–, y que dicen mucho acerca del momento que está viviendo el cine colombiano y, más aún, el país.

 

A Laura, Jesús se le apareció en un sueño y le dijo que había sido él quien mató a su papá. Jesús hizo ese inception, plantó la semilla, y el sueño se hizo realidad en forma de película: el padre de Paola, la protagonista de Matar a Jesús, es asesinado frente a ella por un sicario con el nombre del mesías. Un par de meses después, se encuentran por casualidad, ella lo reconoce, y en una especie de síndrome de Estocolmo, se vuelven muy cercanos emocionalmente. Mientras tanto, ella, una estudiante universitaria, busca la forma de matar al asesino. De la biografía se parte a esta especie de fantasía de venganza, y aunque claramente no se trata de una autobiografía, sí se rinde tributo al padre desaparecido.

 

A Daniela Abad un día la llevaron a conocer a su abuelo materno, quien vivía alejado de su madre y su abuela; el hombre, postrado y enfermo (moriría poco después), le dio un sobre lleno de dólares. Años más tarde, Daniela recordaría ese día mientras pensaba en ideas para un trabajo de ficción. Pero entendería que la vía para comprender la complejidad de ese abuelo desconocido no era la ficción sino el documental. Eso implicaba hurgar la herida que Tito Lombana dejó en su familia, insistir en eso de lo que nadie quería hablar. Daniela pasó noches enteras discutiendo con su abuela insomne, que se negaba rotundamente a que la historia saliera a la luz; al final cedió y su voz terminó convirtiéndose en la protagonista del relato. A ella se sumaron otros testimonios y un gran trabajo de edición del archivo de la familia (inmenso y de una calidad sin precedentes). Así, The Smiling Lombana reconstruye la historia de ascenso social y descenso emocional de este enigmático y siempre sonriente personaje.

 

Las películas de Daniela y Laura son biográficas, al menos en principio. Pero no son historias de “personajes ilustres”, como se espera de este tipo de producciones, sino de seres anónimos; así, no hay en su vida y obra un valor intrínseco que justifique compartirla. La motivación de hacerlo recae, entonces, en lo que cada personaje representa para alguien que cuenta con los medios para hacer una película.

 

Pero eso no significa que los largometrajes se pierdan en la individualidad o en el solipsismo; después de todo, no fueron hechos para mostrarse en reuniones familiares –o eso quiero creer–. Se les presentan a un público que carece de la conexión emocional que las dos jóvenes sienten por sus personajes, ahí está el reto. Por eso, ambas películas están siempre remitiendo al contexto que trasciende la vida privada, y es la realidad del país: violencia, narcotráfico, muerte, machismo, etc.; pero siempre con el matiz íntimo de la memoria propia. Por eso, la manera en como “en realidad” ocurrieron los hechos pasa a segundo plano, lo que importa es cómo los vivieron ciertos individuos.

 

A mi modo de ver, esta fetichización de la memoria es consecuencia directa del posconflicto. Muchos nos hemos ido dando cuenta de que también tenemos algo que contar, de que la guerra también nos afectó a nivel personal en alguna manera, seamos víctimas, victimarios o no. Pero en el caso de la industria del entretenimiento, ¿es realmente necesario volver sobre eso que ya los colombianos tenemos tallado en los huesos? En el caso de Narcos, creo que no (duela a quien le duela), pero propuestas como las de Laura y Daniela son interesantes porque abren paso a nuevas maneras de comprender la violencia y de asimilar el dolor, más allá de la lógica guerrerista y vengativa impuesta por las narconovelas (y aunque los argumentos de las dos películas que menciono se apoyan en dos de los principales tópicos del cine y la televisión nacional: el género sicarial y el tema del narcotráfico). En las dos películas la unidad de una familia resulta afectada, en mayor o menor medida, por alguno de los tantos males que aquejan el país, representado en una persona que desaparece (una figura paterna), y aunque la venganza y el rencor no tardan en tomar su lugar (de manera especialmente fuerte en Matar a Jesús), en el desenlace, actitudes como la resiliencia y el perdón son más potentes. Y eso representa el sentir de muchos de nuestra generación.


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Viviana María del Mar Castiblanco

Es parte del equipo editorial de El Malpensante. Actualmente cursa la maestría en filosofía de la Universidad Nacional.

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