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El Malpensante

Reseñas

El amargo sabor del cemento

Taste of Cement de Ziad Kalthoum

Nuestra reportera en el #purovoltajeFICCI58 terminó metida por error en una sala en la que se proyectaba un documental sobre un grupo de obreros exiliados que habitan el mismo edificio que construyen. Gracias a su despiste, descubrimos una joya que no está entre lo más sonado del festival, pero sí entre nuestros más recomendados. #FICCIMalpensante

©Taste of Cement (2017)

En un vuelo de dron, la cámara se desplaza de una cantera en la periferia a la zona costera de una opulenta ciudad repleta de rascacielos, muchos todavía en construcción. Un grupo de obreros aparece en cuadro: varios hombres con casco se aglutinan en un elevador desnudo; mientras tanto, una voz masculina cuenta en árabe que su padre, sirio, fue constructor en Beirut. Al fondo, ondea una bandera libanesa que se ve pequeña a la distancia. Hasta ese momento, estaba convencida de que se trataba de una película de ficción, y asumí que el primer hombre que enfoca la cámara, como destacándolo del cardumen, era el protagonista. No lo es. Tampoco el siguiente que entra en escena, ni el otro. Ninguno de los obreros es protagonista. Así, tomando distancia de lo individual, arranca Taste of Cement [El sabor del cemento], el documental en que el director Ziad Kalthoum retrata la vida de sus compatriotas que trabajan en exilio.

“Me desperté. No podía moverme o gritar. Mi casa me cubría. Estaba en mi boca, en mi nariz. En mis ojos. Estuvieron taladrando todo el día hasta que me encontraron. El sabor del cemento se estaba comiendo mi mente. El olor a muerte. Escapé al vacío. De repente, me encontré enterrado en otro hoyo”, dice la voz en off. Ellos mismos han ayudado a levantar las paredes de ese otro hoyo: el edificio que construyen de día y en el que duermen de noche; que nunca pueden dejar por el toque de queda impuesto a los inmigrantes sirios. El cemento atrapa de muchas maneras, la libertad es un estado mental.

La película sigue la cotidianidad de este encierro en un país anfitrión. En la mañana, los hombres empiezan a trabajar en los pisos superiores con el mar, constante símbolo de libertad, como telón de fondo; en la noche, vuelven a su cueva en el subsuelo y a través de las pantallas de celulares y televisores (su único contacto con el mundo exterior), observan cómo su país sigue cayéndose a pedazos mientras ellos ayudan a edificar uno que acaba de librarse de la guerra: el Líbano.

No hay argumento, ni personajes ni una historia; nadie cuenta su tragedia entre lá...

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Viviana María del Mar Castiblanco

Es parte del equipo editorial de El Malpensante. Actualmente cursa la maestría en filosofía de la Universidad Nacional.

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