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Reseñas

No basta con ver al monstruo de cerca

"Caniba" de Verena Paravel y Lucien Castaing-Taylor

Hace algunos años, en esta revista titubeamos a la hora de publicar un perfil de cierto personaje infame: el caníbal Issei Sagawa. Finalmente decidimos hacerlo, con todo y la culpabilidad que sentimos ante el baño pop que se le daba en el artículo al asesino de Renée Hartevelt. Ahora, el FICCI 2018 proyecta Caniba, un documental en el que Verena Paravel y Lucien Castaing-Taylor registran las reflexiones del antropófago sexagenario y el hermano con quien vive, en un agobiante close-up de hora y media.

 

© Caniba (2018)

 

Si usted quiere enterarse de quién es Issei Sagawa nada más tiene que googlear su nombre, o mejor aún, entrar aquí. A diferencia del hombre que años atrás se vanagloriaba de su impune crimen con jovialidad y entusiasmo, Sagawa es hoy un anciano de salud endeble, que vive al cuidado de su hermano, Jun. El comienzo de la película augura las alusiones indirectas y provocadoras de los directores: el rostro desenfocado de Issei aparece en el cuadro y se escucha cómo mastica algún alimento que no vemos (perfecta sincronía de los talentos de Castaing-Taylor, quien dirige el Laboratorio de Etnografía Sensorial en la Universidad de Harvard, en el que se hacen experimentos audiovisuales que pretenden vincular otros sentidos del espectador). Aunque lo que Sagawa come no sea carne humana, la intención alusiva de los directores es evidente. El estilo observacional del documental no escatima en baches de silencio entre las breves frases que Issei irá soltando a continuación, a modo de reflexión sobre sus deseos sexuales, y que hacen de la entrevista una especie de diálogo pausado y extenuante entre el caníbal y su hermano. Entre esas ideas destaca un símil de sus urgencias, sobre las que ha estado rumiando toda la vida –parafraseo–: “Hay algo en el erotismo que despiertan los labios del amante… acaso el canibalismo es una extensión de ese deseo”. 

Los documentalistas usan un lúgubre tono azul y literalmente ponen al espectador de narices contra el rostro de Issei. Puede que eso aumente la repugnancia que despiertan el caníbal y su relato, o que, en cambio, en el proceso se obtenga un acercamiento tan íntimo, desbordante, que se pierda la noción de lo que sucede y uno pase a fijarse en los accidentes geográficos del rostro de Sagawa. En sus ojos y boca que, en medio de la bruma del desenfoque, parecen abismos negros, y que junto a su piel delgada, tensa y pálida, causan la impresión de una calavera; o en la verruga en su pómulo izquierdo que, como un enorme promontorio, hipnotiza o desespera a los obsesivos compulsivos.

El filme, poco iluminado, de un tema igual de oscuro, difícil de ver, despliega también un humor negrísimo, encarnado por completo en Jun, quien constantemente se ríe, condescendiente, al describir el asesinato y los deseos depredadores de su hermano ante la cámara –como quien le reprocha una travesura a un niño frente a los padres de otro–. Solo para que luego conozcamos sus propias perversiones, que él y el caníbal juzgan modestas (pero que fueron repudiadas incluso por la muy abierta-de-mente industria del porno japonesa). Es graciosísimo cuando Jun le pregunta a su hermano, con expectativa: “¿No te asombraste cuando te revelé mis perversiones? ¿Ni un poco? Bueno, supongo que no son nada comparadas con las tuyas?”. Este tipo de humildad lastimera busca ser hiriente, al tiempo que revela la vanidad magullada de quien buscaba ponerse a la altura de su hermano y sobresalir como él (así sea por una razón ruin). Es como el loco que le dice a otro: Yo no soy tan loco como tú, pero ni siquiera en eso destaco por encima de ti.

No parece que los documentalistas busquen ser moralizadores, sino dejar que los personajes se expliquen y vayan desenredando la madeja de su personalidad y su relación filial. Es lo que antes los críticos llamaban un tour de force, frase gastada que aquí aplica a la perfección: un auténtico pulseo con el espectador. Las pocas intromisiones de secuencias ajenas al desesperante acercamiento desenfocado –difícil de soportar si no fuera en el marco de un festival de cine en que el criterio curatorial ejerce su aval y exige paciencia del espectador– son grabaciones caseras  de otro tipo. Primero están esas en que Jun pone en práctica sus propios fetiches sexuales (que no voy a revelar aquí); luego, asistimos a una peculiar escena porno con Issei como protagonista, exhibiendo otro tipo de fetiches. Por último, están las grabaciones familiares de los dos hermanos cuando niños, y que demuestran una bella relación entre ambos desde la infancia. Una escena de ese archivo filial muestra a su padre en un juego de roles, disfrazado de gigante de cuento de hadas, cocinando a sus hijos en un caldero. La súbita intromisión de peluches, del maravilloso mundo de Disney, que Jun menciona continuamente, y de una infancia tierna y juguetona que los dos hombres adultos conservan de distintas maneras, provocan un choque que solo hace más evidente la complejidad humana.

En cierto momento, Jun revisa el libro de cómic amateur en que Issei ilustró, por millonésima vez, el procedimiento de su crimen. Jun se ríe entre dientes mientras pasa las páginas y alega que debe detenerse porque está a punto de vomitar. Sin embargo, continúa y su risa incómoda parece delatar un placer culpable. Jun le dice a su hermano –parafraseo–: “Esto no debería haber sido publicado”. E Issei contesta con su voz escuálida y apagada: “Concuerdo”. Entonces Jun vuelve a la carga y le pregunta: “¿En verdad pensabas que estos dibujos eran buenos? ¿Qué valía la pena hacer este cómic?”. A lo que Issei responde, por quinta vez en la película, aunque refiriéndose ahora a algo nuevo: “No, pero sentí el impulso de hacerlo”.

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Karim Ganem Maloof

Abogado y literato, becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el editor de la revista El Malpensante.

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