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Intuiciones sobre el cuento

En un guiño a la figura del escritor argentino, un paisano de Piglia esboza su propia tesis sobre el género y contrapone el cuento a la novela en esta serie de reflexiones agudas y sugerentes.

Ilustración de Natalia Ospina Meléndez

 

Intuición

(Del lat. mediev. intuitio, -onis). 
1. f. Facultad de captar las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento. 
2. f. Resultado de intuir. 
3. f. coloq. presentimiento. 
4. f. Fil. Percepción íntima e instantánea de una idea o una verdad que aparece como evidente a quien la tiene. 
5. f. Rel. visión beatífica.

Sobre escribir cuentos

Hubo un tiempo en que escribía únicamente cuentos. Cuando escribía otra cosa era para hablar sobre el cuento, sobre por qué escribía cuentos. No había rebeldía ni una voluntad de quedarme al margen de la discusión/mercado/historia de la literatura. Ni siquiera se trataba de una estrategia de marketing. Era una pulsión de otra índole, una naturalidad de la forma. Una respiración tan personal que me quitaba el peso de lo otro, de lo que nunca iba a hacer, de lo que se supone que debería hacer. Empecé a hacerlo incluso antes de tener noción de que lo hacía.

 

El aura

Hay un aura del cuento como género que no tiene la novela, y que acaso no tendrá nunca. Un género castigado por el mercado y la circulación, por los lectores y la academia, hace que su práctica parezca más valerosa, heroica, íntima. En una zona invicta y oscura de mi mente, vale mucho más un Monterroso que un Vargas Llosa.

 

Guerras

Con la poesía al borde de la extinción, con el teatro que pareciera haber huido del texto, el cuento queda como único contendiente serio de la novela. Joyce Carol Oates, en el prólogo a su antología The Ecco Anthology of American Short Fiction, afirma que es el género ideal para explorar caminos nuevos y formas que en la novela serían fatales. Y pienso que me gusta esa asimetría David versus Goliat. Hoy, la batalla parece perdida pero sabemos que hay guerras que duran más de cien años.

 

Diferencias

Creo que hay una diferencia borrosa pero real entre los novelistas-cuentistas (Faulkner, Joyce, Bolaño, Foster Wallace), los cuentistas-novelistas (Cortázar, Cheever, Hemingway, Salinger, Fogwill, Kafka) y los cuentistas absolutos (Poe, Chéjov, Maupassant, Mansfield, Borges, Carver). Esa diferencia es tan sutil y escurridiza que se hace imposible definirla, pero quizá valga la pena releerlos en esta clave.

 

Novelistas

Novelistas que nunca pudieron ni podrán escribir un gran cuento: Proust. Pauls. Marías. Franzen. La lista sigue. Hay algo en la prosa de largo aliento que opera por ramificación y goteo, subordinadas de subordinadas que se despliegan, que me parece imposible de trasladar al cuento. Simplemente no funciona, como si perteneciera a otra forma.

 

Cuentos extendidos

Y sin embargo, tantas novelas dan la impresión de cuentos extendidos. Quince o veinte páginas iniciales de una potencia arrolladora, y después la pericia de un técnico intentando mantener a flote algo que se hunde, irremediablemente.

 

Novela corta

La novela corta o nouvelle es como un eslabón perdido y nos incomoda.

 

Un sacrificio

A veces pienso que hay cuentistas que escribieron novelas únicamente para ampliar la difusión de sus cuentos.

 

Las fuerzas

En el cuento, la fuerza es centrípeta, los elementos giran hacia adentro, buscando un corazón oculto y apretado. En la novela, la fuerza es centrífuga, los elementos se dispersan o se despliegan, como en un mapa o un mantel.

 

Una educación

De Borges aprendí la construcción de un mundo propio, el arquetipo del idioma, su profunda inteligencia para gestar el mito. De Hemingway, la economía en la imagen del iceberg. De Carver, el uso eficaz del melodrama, la posibilidad de hablar del amor sin ser cursi, o siéndolo sin ningún pudor. De Salinger, la irrupción de lo irracional, ese detalle aparentemente fuera de lugar que nos acerca con un zoom vertiginoso a la vida. De Cheever, me quedo con su visión del mundo y esta entrada de su diario que no deja de hechizarme: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, solo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”. De Cortázar, el decir argentino y su investigación de la extrañeza.

Ilustración de Natalia Ospina Meléndez

 

Mujeres cuentistas

Algunas mujeres cuentistas merecen una entrada aparte. Llega un punto, en el oficio del género, en que se hace necesario romper, implosionar, deshilachar, burlar, perder, ir más allá. En sus cuentos, el contenido pareciera entrar mucho más naturalmente en la forma, u olvidarse de ella. Pienso en Mansfield, en Munro, en Paley, en Hempel. (No sé por qué tengo la tentación de agregar sus nombres para aclarar que son mujeres.) De dos de ellas aprendí casi todo. De Munro, que un cuento puede tener la misma densidad que una novela. De Paley, quizá la lección más importante de todas: el ejercicio absoluto de la libertad. Basta leer su cuento “Deseos” para entender de lo que hablo.

 

Una carpeta

En casa de mis padres hay una carpeta con cuentos que escribí desde muy chico hasta bien entrada la adolescencia. Si uno pudiera leerlos en orden cronológico, observaría la depuración paulatina del estilo, la urgencia de ciertos temas que se repiten, el rastro de la influencia: Borges, Cortázar. El cuento fantástico. El realismo mágico. Y después, Cheever, Salinger, Carver... separados claramente, como en capas geológicas.

 

Cantidad

William Boyd cuenta que Chéjov anotó en sus diarios una cita de Alphonse Daudet que según él debería encontrar eco en todos los que escriben cuentos. Tiene razón, al menos en mi caso, aunque suene empalagoso. “ ‘¿Por qué son tan breves tus cantos? –le preguntaron cierta vez a un pájaro–. ¿Acaso porque tu aliento es muy corto?’. El pájaro respondió: ‘Tengo muchos, muchísimos cantos, y me gustaría cantarlos todos’ ”.

 

Finales

En una clase de cuento, Villoro explica que muchos de los mejores cuentos de la literatura fueron escritos sabiendo el final por adelantado. Como si los cuentos se desplegaran hacia atrás y no hacia adelante. Quizás eso explique la condición de epifanía del final de tantos cuentos. Quizás ahí esté la diferencia radical con la novela: empezar por el final y no por el principio. El cuento se juega en el final. La novela puede terminar deshilachada.

 

Mi tesis

No hay nada peor que un cuento de tesis.

 

Lo que persiste

Piglia dice que en la literatura de hoy parece haber un interés desmedido por el presente. Una urgencia por develar lo que es contemporáneo. A él le parece más valioso e interesante analizar aquello que persiste. ¿Y qué es aquello que persiste si no lo que amamos? Para mí, algunos cuentos y sus autores, que vuelven a mí cuando menos me lo espero.

 

El cuento y el cine

El cuento se emparenta con el cine por su unidad de efecto. Grandes novelas parecen contraerse en cuentos para después trasladarse al cine. El problema del cuento es que no puede competir con el cine en su despliegue de los sentidos. El problema del cine es que exige una estructura clásica de tres actos que el cuento, a veces, puede obviar o romper.

 

Los títulos

Nada mejor que un título desapegado para mejorar un cuento, para alejarlo de la situación, de sus personajes, de nosotros mismos. Borges y Foster Wallace son maestros en eso.

Chéjov

Me resulta tan raro que los norteamericanos provengan de un ruso.

Ilustración de Natalia Ospina Meléndez

Las revistas

Las revistas en Estados Unidos no solo ayudaron a que el cuento fuera un género saludable, que vende y tiene influencia, sino que creo ver cierta relación con el hecho de que la línea chejoviana haya calado tan hondo en ese país. Al aparecer en grandes tiradas nacionales, junto a noticias y columnas de opinión, supongo que hay como una búsqueda inconsciente de la viñeta, de explorar la vida cotidiana, los vínculos, los problemas reales de la gente.

 

La decálogos

En internet pululan unos cuantos decálogos para escribir cuentos. Los de Quiroga y Ribeyro son con seguridad los dos más célebres. Hasta las respuestas que vinieron después, irónicas o no, como la de Bolaño o la de Bullrich, están escritas a modo de manual de instrucciones. No sucede lo mismo con la novela ni con la poesía: aquí los consejos suelen ser más flotantes, menos apodícticos. Y una pista: no están numerados.

Da la impresión de que el cuento sería más fácil de circunscribir, en un paso a paso, a riesgo de infantilizar el género.

Flannery O’Connor dijo una vez que había tanta gente escribiendo cuentos idóneos que el género corría el riesgo de morir de idoneidad.

Quizá las instrucciones más bellas sean las de Boris Pilniak: “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos”. ¡El cuento es de 1926! Sería perfecto si, y solo si, no estuviera numerado también en capítulos.

 

La voz

Fogwill, en el prólogo a sus cuentos completos, asegura que estos fueron escritos como “al dictado de una voz”. Cuando esa voz lo fue abandonando, dejó de escribir cuentos, porque simularla hubiera sido un error fatal.

Junot Díaz compara esa voz con una dictadura. En una dictadura una sola persona tiene permitido hablar. Ese debe ser el efecto del cuento en los lectores.

 

Ser argentino

A veces pienso que la única bendición de ser argentino consiste en que nuestra tradición es, por sobre todas las cosas, cuentística. Pienso en los nombres fundamentales. Los absolutamente obvios: Borges, Cortázar, Bioy Casares, Ocampo. Los menos obvios que empiezan a serlo: Di Benedetto, Conti, Fogwill, Piglia. Entonces me angustio, dejo de escribir y paso a pensar que quizás, en el fondo, sea una condena.

 

Las dos líneas

Harold Bloom habla de dos grandes genealogías en la corta historia del cuento. Por un lado, la chejoviana, continuada sobre todo en el mundo anglosajón, y por otro, la kafkiano-borgiana, que tuvo sus adeptos más brillantes en Latinoamérica. La gran tradición argentina es básicamente kafkiano-borgiana. Optaron por la literatura y lo fantástico antes que por la vida real. Si todavía tiene sentido mirarnos en función de países, de literaturas nacionales, me pregunto si hay un espacio intermedio a explorar entre esas dos líneas, para acercarlas o fundirlas, o si se trata solo de una contradicción.

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Su comentario

Tomás Sánchez Bellocchio

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