Literatura
Este mes, cuatro años después de que su novela Tríptico de la infamia lo catapultara al reconocimiento internacional, Pablo Montoya lanzará en la FilBo su nueva novela: La escuela de música. Compartimos con ustedes uno de sus capítulos.

Ilustración de Natalia Ospina
Mientras Tunja y sus alrededores se descubrían, Cadavid iba conociendo nuevos territorios de la música. La ocasión la ofrecían las clases de literatura musical. El maestro Zabala era quien las dictaba. Sin ningún apunte, con su vestido azul oscuro de parches en los codos, la camisa blanca y la corbata roja, llegaba retrasado y jadeante porque ascendía a grandes pasos los tres pisos de la escuela. En tanto los alumnos se acomodaban en las sillas, el director subía a una especie de buhardilla donde Leguizamón, oculto guardián de un rico patrimonio, se ocupaba de la discoteca y ponía los ejemplos seleccionados. El director tampoco los llevaba escritos. Solo subía y se los dictaba a Leguizamón, quien era uno de sus subalternos más preciados. De los cuarenta niños cantores que Zabala había llevado a Tunja, Leguizamón fue el único que decidió quedarse para acompañarlo. Su oído era tan estupendo que se dedicó a afinar no solo los pianos de la escuela sino los de toda la ciudad. Era más adolescente que niño cuando enfrentó al funcionario español para decirle que en Tunja se sentía feliz y que por nada del mundo cambiaría esa ciudad por cualquiera otra de la península madre.
El tema de esas clases fue el Romanticismo. Aquel período en que se habían abrazado la libertad y la anarquía y las ideas más belicosas de los nacionalismos. Por un lado, vuelta al ayer para encontrar en mitos y leyendas razas purísimas y grandiosidades patrióticas. Y, por el otro, el anhelo de abrazar el futuro en unos acordes de séptima, en unas cadencias rotas, en unos cromatismos que habrían de preparar lo que más tarde sería la destrucción de la tonalidad. Los románticos oscilaron entre la noche y el alba, entre el bosque solitario y el salón de las relaciones públicas. Le cantaban al altar prístino de la Iglesia y también querían sublevar las coordenadas de la cama y de la calle. Eran duales como la criatura humana. Pero, más que duales, intuían que el hombre era un dios escindido en el sueño. Nada más onírico que la música romántica, decía Zabala. En ella se estaba ante la fragmentación y el estallido. Por acá, la expre...
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(barrancabermeja, 1963). Escritor y filósofo con estudios de música. Ganador del Premio Rómulo Gallegos en 2015 y del Premio José María Arguedas de Casa de las Américas en 2017 por su novela Tríptico de la infamia. En 2016 recibió, además, el Premio José Donoso como reconocimiento al conjunto de su obra.
Abril 2018
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