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Ilustración de Natalia Ospina

En noviembre de 2016 una mujer interpuso una tutela contra Famisanar eps, pidiendo que a su hija –hasta ese momento en estado vegetativo durante ocho años a causa de una cirugía malograda– se le practicara la eutanasia. Las pretensiones de la tutela fueron aceptadas en primera instancia, pero en segunda se emitió un fallo revocatorio. Entre las razones estaban que “no existe certeza del grado de complejidad de la enfermedad padecida por la representada” y en todo caso “no está clasificada como ‘terminal’ ”, y que “no existe, siquiera de forma sumaria, la voluntad anticipada de la paciente de querer morir y tampoco capacidad para tomar decisiones”. En mayo del año pasado, el expediente fue trasladado a la Sala Cuarta de Revisión de Tutelas de la Corte Constitucional y el magistrado sustanciador procedió a solicitar el concepto de expertos en la materia. La carta que publicamos contiene el de Moisés Wasserman.

e. m.

U

Bogotá, 10 de agosto de 2017

 

Doctora

Lucía Estela García Delgado

Corte Constitucional

Ciudad

 

Referencia: concepto para el proceso que adelanta el doctor Antonio José Lizarazo Ocampo, que involucra a una madre que reclama la eutanasia para su hija de 23 años, quien ha estado por un tiempo prolongado en estado vegetativo, sin esperanzas de mejoría.

 

Apreciada doctora:

Debo hacer un par de advertencias previas a mi concepto. La primera es que este es de carácter personal, resultante de lecturas y estudio del tema pero también de una visión del mundo. No hay un “criterio científico” objetivo válido en este tema y se encontrará argumentación en los dos sentidos.

La segunda es que abordaré el asunto desde una ética completamente laica, diría arreligiosa. Es decir, sin considerar ninguna de las posiciones que tienen su fundamento en la fe. Tampoco para ellas habría un criterio objetivo válido.

La tercera es que apenas escogeré unos pocos argumentos. La literatura al respecto es muy amplia, y hay antecedentes legales (muchas veces contradictorios) en otros países, especialmente en Holanda, donde la “eutanasia no voluntaria” –como se conocen los casos como este– ha sido adoptada hace bastante tiempo.

 

Sobre la muerte natural

Muchas de las personas que se oponen a la eutanasia abogan por un fin “natural” de la vida, o sea, sin intervención externa. Creo que es necesario ver que en el caso de una persona que ha estado en un prolongado período de vida vegetativa, sin ninguna posibilidad de regresión, la muerte habría ocurrido tempranamente si no se hubiera dado una intervención externa. Es decir que en este caso lo que no es natural es la supervivencia, debida a desarrollos tecnológicos que permiten mantener una vida “biológica” que hubiera terminado hace mucho tiempo sin dicha intervención externa. Por ello, quienes argumentan a favor de una muerte natural, en este caso, están defendiendo una vida artificial.

 

Sobre la dignidad

de la vida humana

No se argumenta contra la terminación de la vida en general. Lo hacemos día a día simplemente para alimentarnos. Se argumenta sobre la terminación de una vida humana y en ese caso es importante definir qué es lo que la caracteriza. Pienso que encaja en esa definición el individuo que tiene conciencia de sí mismo como un ser con existencia continua, con un yo mental continuo. También entran, a mi parecer, quienes tienen el potencial de conciencia (como los niños muy pequeños), o incluso quien tiene una conciencia que nos puede parecer engañosa o limitada (como al|gunos enfermos); así mismo quien tiene, al menos, conciencia de lo que le genera placer y lo que le genera dolor. En Ética práctica, el eticista Peter Singer dice (acertadamente, en mi opinión): “Una vez que es claro que un paciente está en un estado vegetativo persistente, sin conciencia, y que nunca más va a tener conciencia, su vida no tiene un valor humano intrínseco. Es un paciente que esta vivo biológicamente, no biográficamente”.

Un antecedente parecido

Existen muchos antecedentes contradictorios y se pueden presentar casos específicos en una u otra dirección. Pero hay países donde abierta o disimuladamente se lleva a cabo un tipo de eutanasia suspendiendo la alimentación y la hidratación artificial. Un caso que frecuentemente es citado y se parece mucho al tratado acá es el de Anthony Bland en Inglaterra.

En un accidente, los pulmones de Bland fueron aplastados y perforados, lo que causó una prolongada falta de oxigenación del cerebro. Bland fue reanimado, pero quedó en un estado vegetativo severo y persistente, sin ninguna esperanza de recuperación. Podía respirar sin ayuda, pero debía ser alimentado e hidratado artificialmente. Después de tres años en esta situación, el hospital, apoyado por la familia, solicitó ser facultado para suspender la alimentación y la hidratación y así acelerar la muerte del paciente. El caso llegó finalmente a la Corte Suprema inglesa (en la House of Lords). La Corte decidió aprobar la solicitud del hospital por mayoría, aduciendo que la prolongación de la vida “no servía a los mejores intereses de Anthony Bland”. El fallo no fue unánime, y la Corte fue criticada posteriormente. Sin embargo, me parece que esa sentencia, que define el derecho a morir como uno de “los mejores intereses” del paciente, tiene grandes fortalezas y es de avanzada.

 

Los argumentos

consecuencialistas

Muchos de los argumentos a favor de la eutanasia en casos como el que nos ocupa provienen de reflexiones éticas consecuencialistas. Es decir, provienen de evaluar las consecuencias que genera cada una de las opciones posibles: terminar la vida o continuarla indefinidamente –casi un estudio de costo-beneficio–. Estos filósofos miden el dolor que se causa a los familiares, la degradación progresiva del paciente, la indignidad asociada a una dependencia sin esperanza, y con todo eso concluyen que la mejor opción es la terminación de la vida, que además no genera ningún estrés ni dolor al paciente. Otros filósofos rechazan este tipo de argumentos, pues consideran que es un asunto de principios, de una moral trascendente, independientemente del resultado que se produzca con su aplicación.

Si bien estos últimos argumentos son sólidos filosóficamente, creo que hay que reconocer que la transformación y progreso históricos (porque creo que hay progreso) de los sistemas morales de la humanidad, en gran medida, se deben a una evaluación de las consecuencias que producen las normas. En este caso, a pesar de que filosóficamente pueda parecer menos riguroso, la escogencia entre dos opciones no puede evitar un análisis de las consecuencias de cada una de ellas y una evaluación del dolor que pueden ocasionar en la gente cercana al paciente.

Sin duda hay muchísimo que discutir en el tema. Seguramente no soy la persona más indicada y las circunstancias de premura no permiten un estudio más profundo. Pero espero de todas formas que estas reflexiones puedan servir, al menos como contrapeso a otras que seguramente recibirá el magistrado.

 

Cordial saludo,

 

—Moisés Wasserman

 

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Moisés Wasserman

Ha sido profesor de yiddish en la universidad de Ohio y de Columbia (EEUU). Actualmente vive en Colombia y trabaja como traductor.

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