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Ficción

El Ahogado

.

–Debe ser Pablo, abra querida –dijo mamá.

Nadie había visto luces afuera ni oído la bocina, pero esa era la manera de ejercer el poder en su reino. Creerle o reventar.

Olga salió defendiendo la puerta con las rodillas para que no se escapara el perro. Los faroles se encendieron a su paso y pude ver las generaciones de mosquitos muertos en los rombos de vidrio. Terminaba la tarde y una mitad del cielo oscurecía por bloques, la otra viraba despacio del rojo al violeta. Al mismo tiempo, pero en diferentes planos, vi torcazas desorientadas, un sapo cruzar el jardín hacia un desagüe secreto y al perro salir corriendo igual –¿por dónde se había escapado?– detrás de Olga. Como el portón no funcionaba desde la tormenta, tuvo que abrir manualmente. Hizo bailar el llavero entre los dedos buscando la llave correcta. De la calle vacía surgió entonces un Peugeot 307 silencioso y gris con las luces altas.

Era Pablo.

–¿Por qué será que siempre soy el último en llegar? –dijo.

Le hablaba a Olga pero también a los que esperábamos dentro de la casa. Desde donde estaba parado y por el reflejo del vidrio, no podía vernos pero sé que nos intuía del otro lado. El ventanal tenía algo de lente esa noche, de distancia objetiva. Estábamos juntos por primera vez en muchos meses. Cinco de seis hermanos, en una noche sin fiesta. Miguel, Luis, Inés, Pablo y yo. Faltaba Rosario, pero a ella no hacía falta contarla: vivía lejos y cuando su marido viajaba al exterior, manipulaba el tiempo muerto con pastillas.

Nos abrazamos a pesar de la humedad.

–Porque en el fondo no tenés ningunas ganas de vernos –dije.

–¿Qué?

–Lo que preguntabas ahí afuera.

Dudó un segundo, descolocado. Después se rió.

–¿Y a vos qué te pasó? –me puso una mano sobre la panza, pero su gesto fue como si me tomara el pulso–. Estás más gordo que nunca.

La casa, después de la tormenta, parecía el esqueleto de un hombre viejo y enfermo. O quizá sea mejor decir de una mujer. La recorrimos en dos grupos y en las escaleras intercambiamos gestos de sorpresa y preocupación. Ese deterioro no tenía nada que ver con la tormenta de la noche anterior. Era un proceso que llevaba evidentemente varios meses.

En el piso de arriba, no había palanganas ni ollas suficientes para las goteras. Las grietas en los techos iban de pared a pared...

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