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El Malpensante

Perfil

Desencuentros con Jorgenrique Adoum

Los poetas suelen presentársenos como seres de profesión melancólica y taciturna. Y a veces quienes los perfilan insisten en retratarlos bajo esas luces. En este caso, la faceta más compinchera, deportiva y disparatada del escritor ecuatoriano se sale por las márgenes de una biografía que inicialmente aspiraba aires más solemnes.

Archivo damiliar de Alejandra Adoum

1.

Era el tiempo de París, ciudad en la que Jorge Enrique Adoum vivió durante diecisiete años. Aquella tarde tan tranquila, en su oficina de la Unesco, seguía con la mirada atenta, los oídos tristes y una sensación de incredulidad lo que escuchaba de los labios de ese hombre que venía a buscarlo desde Argentina.

–Perdoná que te lo diga así, de un tirón, tan de repente, pero fue lo que sucedió. Yo fui durante todo este tiempo el compañero de María Elena, militamos juntos con los Montoneros y un día que estábamos en una reunión llegó la policía a hacer de las suyas. Yo salté por la ventana, Jorge Enrique, pero vi cómo a María Elena le metían un tiro en la pierna. Le oí un grito y la vi caerse.

No quería seguir sentado ahí, extendiendo el dolor, pero se mantuvo estático.

–Cada vez que ella estaba triste –continuó el visitante–, cada vez que se sentía sola, se ponía tu libro en el corazón, en silencio.

Y en silencio también estaba él, impedido para preguntar qué más había pasado, para saber el detalle: ¿a qué altura de la pierna entró la bala?, ¿en la izquierda o la derecha?, ¿en el muslo o la pantorrilla? Lo único que pudo hacer fue ahogar un llanto amargo.

María Elena fue una de las desaparecidas por la dictadura del 76, en Argentina, y mucho después corrió el rumor, entre conocidos, de que había sido también una de las tantas víctimas que los militares sedaban y arrojaban vivas desde helicópteros, a morir en el mar. Adoum la conoció en 1967 en una cena organizada para su amigo Nicolás Pérez González y su esposa, quienes a su vez habían llevado a dos personas más: el guitarrista Raúl Maldonado y su esposa María Elena, que tenía ocho meses de embarazo. Desde que Jorge Enrique la vio entrar a la casa –el vestido negro de crepé sin mangas, con lentejuelas; el vientre abultado, la juventud brillándole en los ojos–, se sintió atraído por ella. Y ella le correspondió. Esa noche hablaron, rieron, comenzaron algo que vendría a ser, algunos días después, la separación de ella y Raúl Maldonado, y la de Adoum y su primera esposa, Magdalena, a quien había conocido en la Casa de la Cultura de Ecuador, con quien se casó en el 48 y tuvo dos hijas: Alejandra y Rosángela. Al lado de Magdalena, Adoum había aprendido a bautizar cada uno de sus libros. En un ejemplar de su antología de poemas Notas del hijo pródigo, se lee: “El hijo pródigo empezó a repartir sus notas el 4 de diciembre de 1953. Elevaba trozos de vida que, cruelmente, echó a andar Jorge Enrique Adoum. Lo recogió Magdalena con su ternura. Apadrinaron al pródigo Antonio Morales Nadler –vagabundo y poeta– y Cecilia Amighetti –que vaga también, dentro de una flor–. Y así encontró su destino el pródigo orgulloso y bebedor. Su bautizo se hizo con una cena de whisky. Aquí y hoy, firman los culpables y los padrinos”.

Libros que quedaban bajo el padrinazgo de escritores o artistas, y que recogían momentos de reunión y éxtasis en la casa, al lado de los amigos.

De igual manera, ahora que ya no estaba, María Elena pasaría a ser parte de ese catálogo de recuerdos amorosos que permanecían en la literatura de Jorge Enrique Adoum. Viva por siempre en las páginas de Entre Marx y una mujer desnuda, novela que Adoum había escrito en 1974 y en la que María Elena ya no era María sino Bichito, un personaje lleno de ternura y erotismo.

Todo esto porque Jorge Enrique Adoum sabía que nunca hubo nada mejor que las horas de amor con una mujer, llámese Magdalena como fue su primer amor; María Elena, a quien amó “para siempre” aunque tan solo hubieran estado juntos dos años; o Nicole Rouan, suiza nacida en el poblado de Gimel, con quien vivía ahora en París y viviría hasta sus últimos días en Ecuador.

A Nicole la había conocido en Ginebra un día de 1970, luego de que actuara en su obra de teatro El sol bajo las patas de los caballos.

Una vez recibió la noticia de lo que había pasado con María Elena, Nicole, que conocía bien el amor que sentía Jorge Enrique por la argentina, le dijo a Alejandra, la hija menor del Turco –como le decían de cariño los amigos cercanos y familiares–: “Yo siempre había tenido temor de que María Elena se convirtiera en una sombra. Ahora lo será para siempre”.

Y claro que lo fue. Pero Nicole entendía perfectamente el sentimiento de Adoum por María, y lo que le dolía –lo que temía– era que persistiera el tormentoso recuerdo de la desaparición, del amor a medias, de la muerte. “Y si la felicidad no es esto de vivir contigo, dentro detigo, yo te prefiero a la felicidad”.

Adoum, que nunca habló al respecto de lo sucedido (la historia se la cuenta a su hija Alejandra en una carta), escribió años después –después de la muerte, después del horror– la novela Ciudad sin ángel, en donde retornó al amor de María Elena, llamada ahora AnaCarla, y en donde le inventó “por lo menos una biografía que nos-le impongo, para que no se nos muera del todo o que no se nos muera todavía”. Y en donde se leen, a lo largo de la novela, estas frases: “[a él] no le queda más alternativa que enterarse, hacer que se vuelva irreversible. Y la aceptación de lo ineluctable es su única libertad”; “entonces, ¿morirse es esto: obligar a los demás a pensar en uno, por lo menos cuando se recibe la noticia y, después, de tiempo en tiempo?”; “asesinada con su compañero al salir de una reunión...”; “lo que terminó por fuera entre tú y ella no terminó dentro de ti”; “Nadie supo nunca dónde escondían los cadáveres... Nosotros aquí sí lo supimos, estaba en todos los diarios... los dejaban caer al mar tirados desde helicópteros...”; “El grito de AnaCarla cuando cayó herida, [él] no lo oye sino lo ve, como en el cuadro de Munch”.

–Verás –me dijo Alejandra Adoum una noche en su apartamento de Quito, donde la visité para conversar sobre su padre, junto a algunos de sus amigos–, María Elena fue el amor de papá, el amor de su vida. La quiso mucho, se iban a ir a vivir juntos y él le había comprado un afiche de Humphrey Bogart para recibirla cuando llegara de Argentina, pero nunca llegó. Papá se quedó con ese afiche. Nunca llamó a pedirle explicaciones.

En el poema “La culpa fue de aquel maldito tango”, del libro Informe personal sobre la situación, Adoum escribió:

 

…y prefirió que hiciéramos el amor por correo

y no quiso seguir siendo

la quién sabe tal vez hubiera sido

la sola la ella destinal

y aunque sé que este tango durará toda la vida

ya habrá tiempo esta noche u otro siglo

para volver al anti-edipo la lingüística los quásares

o la sociedad ondulatoria como la física de plank.

 

De sus dos novelas, fue Entre Marx y una mujer desnuda la de mayor relevancia, 

, si no en su concepto personal, sí al menos en el de la crítica. La novela, que trata sobre un escritor que quiere escribir un libro sobre un escritor, obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, en México, el mismo año de su publicación. Alguien se refirió a ella como una novela en la que los andamios no habían sido retirados; otros sentenciaron que no pasaba de ser un trabajo experimental que ni siquiera podría llamarse novela; consciente de esto, Adoum la clasificó desde antes de su publicación como un “texto con personajes”, para ahorrarles el trabajo a los críticos, ya que tenía mucho de ensayo y collage narrativo, y más de una vez afirmó que evidentemente los andamios, es decir, los secretos, estaban ahí. Durante el tiempo en que la escribió, Adoum pasó muchas noches en vela pensando en cambiar un sinónimo o eliminar algún párrafo o escena. En cierta ocasión, caminando con García Márquez por las calles de París, Adoum le dijo que mejor se iba a casa, pues “me remuerde la conciencia estar aquí en lugar de estar trabajando”, a lo que García Márquez le contestó: “No te preocupes, todos llevamos dentro un negro que hace el trabajo por nosotros”.

En la novela tendría cabida su relación con el admirado Joaquín Gallegos Lara, escritor del Grupo de Guayaquil, autor de Las cruces sobre el agua y militante de izquierda que vivió en circunstancias de extrema pobreza y con una lamentable limitación física: desde los siete años le dejaron de crecer las piernas. Adoum admiraba en Gallegos Lara su valor individual y su actividad permanente, pues nunca dejó, aun afectado por sus dolencias, de ser periodista, escritor y dirigente político. En materia literaria, Gallegos Lara siempre trató a Adoum, que era mucho menor, como a un igual, un amigo y compañero, y no como a un aprendiz o un discípulo. A semejanza de él, el Turco solía responder las cartas y leer las obras que le enviaban escritores amateurs en busca de su consejo –que prefería no dar– o aprobación.

Jorge Enrique hizo un tributo a Gallegos Lara en uno de los personajes de su novela: Galo Gálvez, que, como afirmó Adoum, comparte con su modelo la actitud humana y el impedimento físico.

 

2.

 

Tenía veinte años y era la primera vez que pisaba esa casa. Caminaba absorto por sus pasillos y jardines y, con detenimiento y asombro, observaba la colección de artesanías, libros antiguos, botellas de colores, fonógrafos y caracoles. Mientras recorría los recovecos, encontró una placa que sentenciaba: “Se prohíbe expectorar”. La casa era amplia, como una villa, y los objetos estaban dispuestos con verdadero orden sobre los muebles y en las habitaciones. Era la casa de Pablo Neruda, que empezaría a visitar recurrentemente ahora que el poeta chileno lo había contratado como secretario.

Se lo dijo el día anterior, durante una lectura que hacía Neruda en la Universidad de Chile, en un acto de campaña electoral de Gabriel González Videla, a quien acompañaba en la gira de propaganda. Durante la conferencia, el coro de la universidad empezó a cantar el himno nacional en contrapunto con lo que leía Neruda sobre los obreros del salitre: “Puro, Chile, es tu cielo azulado”, decía el coro; “allí donde el azul del cielo sin nubes es el azote que golpea sus espaldas”, leía Neruda; “puras brisas te cruzan también”, se oía luego el fuerte canto; “allí donde ni el mar ni la montaña distante tienen aliento”, completaba el escritor... Adoum, que se encontraba entre el público, lo escuchó conmovido hasta que se dirigió a él y lo abrazó. Se ignora qué pudo decirle con ese abrazo al escritor chileno. El caso es que al sentirlo, Neruda le hizo la invitación: “¿Quieres ser mi secretario? Pasa por mi casa mañana”.

Así inició una vida de estrecha relación con Neruda y la literatura, y se hizo partícipe de encuentros entre varios escritores y artistas –Nicolás Guillén, Rafael Alberti, Miguel Ángel Asturias, Violeta Parra...–, construyó amistades que permanecieron toda la vida, y conoció obras a las que difícilmente hubiera tenido acceso de no ser por la enorme biblioteca del poeta chileno.

En cierta ocasión, uno de los visitantes en casa de Neruda fue Miguel Ángel Asturias, a quien se topó en una tienda cercana a la que iba a comprar cigarrillos. Adoum vio que Asturias se llenaba los bolsillos de la gabardina con botellas de cerveza, tratando de acomodar la mayor cantidad ahí y entre sus manos. Al ver la mirada perpleja de Adoum, Asturias le dijo:

–Verás, Pablo sabe mucho de vinos, pero nada de cervezas, y no tiene en su casa.

Como secretario, Adoum tuvo una relación íntima con la poesía de Neruda. La leía detenidamente, la repetía en voz alta. “Pasaba a máquina los envidiables poemas, siempre escritos con tinta verde –y tenía una curiosa y abusiva sensación de coautor al verlos, meses después, impresos–, corregía pruebas de sus libros, me dictaba cartas a incontables poetas jóvenes que le enviaban sus originales, o discursos para el Senado”, escribió Adoum en su libro Los amores fugaces.

 

Adoum alrededor de los cinco años en su natal Ambato, Ecuador.

 Adoum había llegado a Chile dos años antes de convertirse en secretario de Neruda. Tomó la decisión de abandonar su casa en Quito luego de una discusión con Jorge Elías –su papá–, quien le prohibió hablar durante las comidas. Cansado del régimen de cuartel al que constantemente los sometía el padre, Adoum protestó, aduciendo que no aguantaba más la situación, los silencios prolongados y obligados, la falta de interés por todas las cosas entre ellos. “Si estás harto, lárgate”, fue la respuesta que escuchó. Y eso fue justamente lo que hizo.

Las relaciones entre ellos nunca fueron buenas. En una Navidad, cuando tenía cinco años, Adoum le había pedido un violín de regalo y Jorge Elías le compró una guitarra de hojalata pequeñita con cuerdas de alambre. “Es un violín”, le dijo. “¿Dónde está el arco?”, el papá cogió un trozo de madera que estaba en el suelo y lo frotó contra los alambres de la guitarra. “Creo que el chirrido de una tira de madera con clavos diminutos, frotada contra unos alambres templados en una caja de lata, era la expresión sonora exacta de la burla que veía yo en el hecho de creer que él podía engañarme así, por niño que yo fuera, en lugar de ver, con amor, que tal era la única manera que encontró para, en su orgullo, que fue invencible, pedir disculpas por la pobreza”, se lee en el libro De cerca y de memoria.

Sus padres eran libaneses y nunca hablaban de su pasado. La mamá era una figura triste al lado de un esposo severo, áspero y silencioso. Desde niño en Ambato, donde nació el 29 de junio de 1926, Jorge Enrique Adoum aprendió a vivir y crecer distante de su padre, y también de esas raíces libanesas que nunca acogió como suyas. La relación más cercana con su padre se estableció por medio de la escritura, ya que era Jorge Enrique el que pasaba a máquina los libros de esoterismo que escribía su papá, quien firmaba como Jorge E. Adoum y más tarde se autodenominaría Mago jefa, por las iniciales de su nombre (Jorge Elías Francisco Adoum). Los libros de quien fue maestro rosacruz y gran maestro masón tuvieron bastante acogida dentro y fuera de Ecuador, y en muchas ocasiones, a lo largo de su vida, a Jorge Enrique Adoum le tocó soportar ser confundido con su padre. Alguna vez en Caracas, cuando llegaba al sitio en donde daría una charla, una señora que lo esperaba le dijo: “Maestro, yo leo su libro todos los días”; a él eso le pareció una linda exageración, hasta que se dio cuenta de que en lugar de tener en la mano un libro suyo tenía uno de jefa, en el que se propone una oración para cada día. Muchas veces cuando se disponía a dar una lectura o charla en algún lugar, prefería empezar diciendo: “Tengo que advertirles que no soy mi padre”. Cortázar, con quien compartía el trabajo como traductor para las Naciones Unidas y a quien había conocido a finales de los sesenta, le escribió una vez en París, tras encontrar el libro Yo soy del Dr. Jorge E. Adoum, estas palabras: “¡Oh sorpresa y maravilla! ¡Oh doctor Jekyll de mister Hyde, o viceversa! ¿Cómo no doblar la cerviz ante el Mago jefa que desde su modesto refugio de la Place de Fontenoy difunde semejante mensaje himperecedero e hinmortal? Un admirador anónimo y estupefacto”. En la Place de Fontenoy estaban las oficinas de la Unesco, en donde trabajaba Adoum. Mientras hojeaba el libro escrito por su papá, Jorge Enrique pensó en mandarle una carta a Cortázar como respuesta, explicándole de qué se trataba, pero al leer esta oración en una de las páginas: “Por nuestros gobernantes, puesto que si han llegado hasta allí es porque lo merecen”, sintió vergüenza y prefirió no escribir nada, dejando que Cortázar creyera que se trataba de un simple homónimo. Adoum decidiría comenzar a firmar como Jorgenrique, para distanciarse de su padre.

Jorge Enrique Adoum en Beijing, China, donde vivió entre 1964 y 1966

Cuando Jorgenrique se fue a vivir a Chile para terminar los estudios de derecho que había empezado en Quito, el Mago jefa también encontró la excusa perfecta para abandonar la casa. Dijo que sin Jorge Enrique no podía vivir y que iría a buscarlo. Si bien fue a Chile por un tiempo, se estableció después en Río de Janeiro, donde murió y fue enterrado.

 

***

 

 Tras dos años como secretario de Neruda, Adoum abandonó Chile. El gobierno de González Videla comenzó a perseguir a los partidarios de la izquierda que antes lo habían apoyado; con la promulgación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, también conocida como “ley maldita”, se proscribía la participación política del Partido Comunista. Neruda decidió exiliarse y cruzó a caballo la frontera con Argentina. Adoum, por su parte, se marchó expulsado por petición del embajador de Ecuador, Carlos Guevara Moreno.

En 1949 publicó Ecuador amargo, su primer libro de poemas, y al leerlo, Neruda le escribió con elogios y esta advertencia: “Debes liberarte de cierto nerudismo que no te hace falta”. Jorge Enrique acogió las palabras del escritor chileno y para sacudirse el mal sus antídotos fueron, según escribió: Prévert, Pessoa, Eliot, Whitman y Maiakovski.

 

En mitad de la noche despierto

y me levanto como para vestirme,

como para llorar o para ver si duermes

lateral y desnuda.

Pero es cierto:

ya no tengo tu voz saliendo

debajo de mi boca, ya no tropiezo

con tus tristes zapatos las mañanas,

ya solo yo, yo solamente y solitario

en los almuerzos y en el hambre,

visitante extranjero de costumbres

que se me habían ido como una

edad, yo nuevamente familiar y ajeno.

 

Eso dice el poema “El desvelo y las noticias”, de Ecuador amargo. Desde la publicación del libro hasta los últimos días de su vida, Adoum produjo una extensa obra que incluye, además de las dos novelas mencionadas, varios libros de poesía y de ensayo; obra que lo llevaría a ser reconocido como uno de los mayores escritores de Ecuador. Ganador del Premio Nacional de Poesía en 1952, por su libro Los cuadernos de la Tierra, en 1960 fue el primero en llevarse el Premio Casa de las Américas con Dios trajo la sombra, y además fue galardonado por toda su obra con el Premio Nacional Eugenio Espejo, en 1989.

“En Ecuador tienen al poeta más grande de América, y ni siquiera lo sospechan”, dijo alguna vez Saúl Yurkievich en Lima, refiriéndose a Adoum, al también poeta Xavier Oquendo.

 

3.

 

La luz encendida era la del séptimo piso de un edificio de la avenida Colón en Quito. Una vez más, como casi todas las noches, se reunían varios de los amigos en su apartamento para hablar de lo que les gustaba: el jazz, por supuesto, Sartre y los existencialistas. Y el fútbol, que tanto disfrutaba Jorge Enrique Adoum, hincha de la Liga Deportiva Universitaria, de la Universidad Central del Ecuador. Con sus amigos acostumbraba ir a los partidos, y tardaban más de dos días en llegar a sus casas.

–Si iba al fútbol lo acompañaba Alejandra, porque era la única manera de que regresara –me dijo una noche Pocho Álvarez, director del documental Jorgenrique, grabado en 2007–. Se aferraban a beber y a cantar durante dos días, todos los amigos. Las esposas eran mártires y heroínas al mismo tiempo.

La lluvia se oía desde la ventana de la sala que da al cerro. Nos acomodamos en la cocina para comer. Alejandra me ofreció vino tinto. Pocho y ella bebieron whisky.

–El vino es tinto o no es, decía mi padre –recordó Alejandra al poner la botella sobre la mesa.

–Mira –continuó–, del Turco, que siempre amó la literatura, el psicoanálisis y el marxismo, yo heredé el fútbol, la tauromaquia y el jazz.

Aquella noche transcurrió lenta. En la cocina nos pusimos a ver el documental y los tres, en silencio –Alejandra con lágrimas en el rostro–, nos detuvimos ante las imágenes que llegaban desde la pantalla del computador de Pocho. Ellos evocaron momentos vividos con Adoum, sonrieron y también se lamentaron por su ausencia. Los tres remedábamos algo: quizás el tiempo que Jorge Enrique pasaba en su apartamento tomándose un trago en compañía de los amigos.

Adoum escribe esto en el poema “La visita”, del libro Informe personal sobre la situación.

 

Llamo a la puerta.

–Quién es, pregunto.

Yo, contesto.

–Adelante, digo.

Yo entro.

Me veo al que fui hace tiempo.

Me espera el que soy ahora.

No sé cuál de los dos está más viejo.

 

El apartamento de Adoum era amplio y cómodo, y en él siempre había música, clásica en su mayoría, pero también sonaban boleros y pasillos, jazz, bossa nova y tangos, especialmente de Piazzolla.

“Me hubiera gustado ser pianista de bar”, me contó Xavier Oquendo que le dijo Adoum en uno de los encuentros en su séptimo piso. “Me hubiera gustado, porque es la única profesión en la que el ovacionado está de espaldas al público cuando lo aplauden”.

A esas reuniones habituales en la casa de Adoum no solo llegaban los amigos, escritores de su generación y otros más jóvenes; también iban estudiantes y periodistas. Era habitual ver, además de Xavier Oquendo, a los poetas Raúl Pérez Torres y Margarita Laso. Adoum siempre los recibía en la sala, acompañado de su mujer Nicole Rouan y su gata Colette.

Era natural que durante esos encuentros Adoum recordara, por inquietud de uno de los invitados, anécdotas y vivencias de la época de París, cuando fue lector de Gallimard y trabajaba en la Unesco, hasta 1987, año en que volvió a vivir a Ecuador. Aquí se quedó hasta su muerte, el 3 de julio de 2009, cuando una neumonía desembocó en un paro cardiorrespiratorio. Pero antes pasaron muchas noches de solazarse contando anécdotas, como las que me tocan cada vez que hablo con sus conocidos. Por ejemplo, ellos recuerdan que en una ocasión Adoum le había insinuado a Buñuel filmar El señor presidente, de Asturias. Buñuel le respondió con enfado y un no rotundo, y le explicó que lo único que quería filmar era Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, libro que Adoum desconocía. “Si no has leído Bajo el volcán, déjame decirte que tu estancia en París no te ha servido de nada”, le dijo el cineasta fastidiado.

Al poco tiempo, Adoum leyó la novela de Lowry en francés, y aun la traducción le pareció de una escritura perfecta.

–¿Qué libro le hubiera gustado escribir? –le preguntó en una entrevista la gestora cultural y editora Paola de la Vega.

Bajo el volcán, sin ninguna duda –respondió el escritor.

El escritor a comienzos de los setenta durante la zafra azucarera de Cuba.

Uno de los que acostumbraban visitarlo era Eduardo Villacís, médico y escritor de poesía –o como escribió Jorge Enrique Adoum en un libro que le dedicó: “Cardiólogo y poeta, o sea dos veces médico del corazón”–. Cuando iba al apartamento llegaba con una botella de ron y una caja de habanos. El ron era para él mismo, pues Jorge Enrique era asiduo al vodka, la mayoría de las veces Finlandia o Absolut; los habanos en cambio eran un regalo. Los compraba en la tienda de puros del Centro Comercial Quicentro, donde siempre le preguntaban:

–¿Pero usted fuma doctor?

–No, no –respondía el médico–. Son para un paciente.

Al llegar donde su amigo, Villacís saludaba y se acomodaba en el sofá mientras sacaba de su maleta la caja de puros que le entregaba a Jorge Enrique, quien se entusiasmaba al recibirlos. Nicole Rouan también acostumbraba regalarle cajas de habanos, comprarle el vodka, servirle el trago que le gustaba con gotas de limón y acompañado de agua mineral. Esos caprichos y otros más. Una noche fueron a visitarlo Xavier Oquendo con la editora María Luisa Martínez, quien había publicado una antología de Adoum en México y quería llevarle unos ejemplares. Nicole, al ver a María Luisa, le dijo a Xavier: “Usted venga conmigo a la cocina para que el Turco pueda estar solo con María Luisa”. Fueron, Nicole le ofreció un trago. “¿No se da cuenta? Se nota que, apenas la vio, Jorge Enrique quedó enamorado”.

El amor, uno de los temas que más disfrutaban Eduardo Villacís y Adoum, y las dificultades de ese extraño género que es la poesía amatoria. A eso se entregaban luego de que el médico retirara de su maleta los instrumentos necesarios para examinarle el corazón (era su cardiólogo personal además de su amigo), tarea en la que no duraban más de treinta minutos.

–Luego se sentaba conmigo a corregir mis estropeados versos con diccionario en mano, él con su vodka y yo con mi ron, y teníamos un round de hora y media en el que siempre me ganaba –me dijo en su consultorio Eduardo Villacís, poco tiempo antes de morir, en 2013–. Nos gustaba ver desde el séptimo piso las luces encendidas en la montaña. Yo le iba a ver el corazón pero era él quien acababa quitándome las dolencias.

Adoum con el escritor uruguayo Eduardo Galeano en casa de los Guayasamín, en Quito (1976).

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Rubén Darío Higuera

Estudió periodismo, música y literatura. Fue editor de la revista Cartel Urbano. Ha escrito para las revistas Esquire, Bocas y Don Juan

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