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El Malpensante

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Desencuentros con Jorgenrique Adoum

Los poetas suelen presentársenos como seres de profesión melancólica y taciturna. Y a veces quienes los perfilan insisten en retratarlos bajo esas luces. En este caso, la faceta más compinchera, deportiva y disparatada del escritor ecuatoriano se sale por las márgenes de una biografía que inicialmente aspiraba aires más solemnes.

Archivo damiliar de Alejandra Adoum

1.

Era el tiempo de París, ciudad en la que Jorge Enrique Adoum vivió durante diecisiete años. Aquella tarde tan tranquila, en su oficina de la Unesco, seguía con la mirada atenta, los oídos tristes y una sensación de incredulidad lo que escuchaba de los labios de ese hombre que venía a buscarlo desde Argentina.

–Perdoná que te lo diga así, de un tirón, tan de repente, pero fue lo que sucedió. Yo fui durante todo este tiempo el compañero de María Elena, militamos juntos con los Montoneros y un día que estábamos en una reunión llegó la policía a hacer de las suyas. Yo salté por la ventana, Jorge Enrique, pero vi cómo a María Elena le metían un tiro en la pierna. Le oí un grito y la vi caerse.

No quería seguir sentado ahí, extendiendo el dolor, pero se mantuvo estático.

–Cada vez que ella estaba triste –continuó el visitante–, cada vez que se sentía sola, se ponía tu libro en el corazón, en silencio.

Y en silencio también estaba él, impedido para preguntar qué más había pasado, para saber el detalle: ¿a qué altura de la pierna entró la bala?, ¿en la izquierda o la derecha?, ¿en el muslo o la pantorrilla? Lo único que pudo hacer fue ahogar un llanto amargo.

María Elena fue una de las desaparecidas por la dictadura del 76, en Argentina, y mucho después corrió el rumor, entre conocidos, de que había sido también una de las tantas víctimas que los militares sedaban y arrojaban vivas desde helicópteros, a morir en el mar. Adoum la conoció en 1967 en una cena organizada para su amigo Nicolás Pérez González y su esposa, quienes a su vez habían llevado a dos personas más: el guitarrista Raúl Maldonado y su esposa María Elena, que tenía ocho meses de embarazo. Desde que Jorge Enrique la vio entrar a la casa –el vestido negro de crepé sin mangas, con lentejuelas; el vientre abultado, la juventud brillándole en los ojos–, se sintió atraído por ella. Y ella le correspondió. Esa noche hablaron, rieron, comenzaron algo que vendría a ser, algunos días después...

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Rubén Darío Higuera

Estudió periodismo, música y literatura. Fue editor de la revista Cartel Urbano. Ha escrito para las revistas Esquire, Bocas y Don Juan

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