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Reseñas

El presente continuo del escritor

A propósito de la película Basada en hechos reales, de Roman Polanski, una escritora reflexiona sobre el verdadero oficio de escribir.

 

 

 

 

Yo sólo sé decir como es “amando” 

ni supe ni sabré como es “amaba”...

Soneto, León de Greiff

 

 Cuando entro a la sala, las luces están apagadas y la película ya ha comenzado. Busco una silla vacía en la penumbra y me siento rápidamente para no incomodar a la señora que está en esa misma fila, al lado del pasillo. Cojo el hilo del filme en tres segundos, pues las imágenes de personas haciendo fila para que la autora les firme su libro me son bastante comunes; no porque haya firmado libros como una estrella de rock regala autógrafos, sino porque he estado sentada esperando a que alguien venga a comprar mi libro y a pedirme que se lo firme. Esto, además de haber sido invitada a cuanto evento literario hay en mi ciudad y en muchas otras, gracias a mi oficio, el de escritora, y a mi profesión, la de periodista. De famosa no tengo un pelo. Me conocen en mi casa, si acaso, por el olor de la manada de nacimiento; los amigos, por mis repetidos numeritos histriónicos, por querendona; y en Twitter, por andar siempre trinando alguna ocurrencia que se me viene a los dedos y que para nada viene al caso (fin de la ocurrencia, que casi siempre consiste en hablar demasiado de mí).

 De vuelta a la peli: escritora reconocida y exitosa conoce a escritora joven y en ciernes, que acaba por seducirla y metérsele al rancho al mejor estilo de Mujer soltera busca. La premisa parece sacada de un libro de Stephen King, y sin duda lo es. Delphine de Vigan, autora de Basada en hechos reales, el libro que Polanski adaptó al cine, hace evidente el recurso utilizando epígrafes de Misery en su novela. Y yo me pregunto qué más podría escribir esta mujer, si no algo artificioso, casi un ejercicio para dominar el género del thriller sicológico y no dejar enfriar la mano (por no mencionar cumplirle a la editorial como la minita de oro anual), luego de haberse sacado la mierda con un libro tan poderoso, doloroso y entrañable como Nada se opone a la noche, un testimonio sobre el suicidio y la enfermedad mental de su madre que, más que una novela, es una redención en clave literaria.

 

Porque una cosa es escribir y otra muy distinta escribir. Y quienes, como Delphine, hemos estado enfrentados al síndrome de la página en blanco sabemos muy bien a qué me refiero, sin necesidad de que ponga en itálicas –o comillas– en el verdadero escribir. En mi caso, esos dos actos han estado marcados por mi oficio y mi profesión, respectivamente, y, aunque sin duda el uno se nutre del otro, solo me atrevo a llamarme a mí misma escritora cuando estoy comprometiendo la entraña, sin importar si el texto es literario o periodístico, o los dos. Lo que realmente me hace escritora es algo que conecta la pulsión de mis dedos a un teclado, que enlaza mi ombligo, lo que siento en las tripas, con la cadencia de la tinta formando palabras en un cuaderno; con eso a lo que no le puedo poner nombre y que me cuesta entender y masticar. Y por más de que sea ficción o realidad, está ligado a algo que yo he probado, que sé a qué sabe.

 Muchos de los textos que hago por encargo no llegan siquiera a tocar tangencialmente este umbral de lo privado, y es entonces cuando me toca botar lo escrito a la caneca y volver a empezar, hasta que algo me toque, hasta que sienta algún tipo de empatía con la voz que intento crear o con el mundo que intento describir y que no me pertenece. Algunos han criticado el periodismo de inmersión que utilizamos tanto en aquella revista de la que fui editora, y donde tantas veces me sumergí en suplantaciones de oficios lejanos a mí para poder empaparme de la realidad de otros.

 Quizás eso es lo que hace el escritor fantasma o el negro literario, como lo llaman los españoles: suplantar al mismo escritor a punta de teclear, hasta encontrar la voz de quien intenta suplantar. Bien lo dice Pessoa: El poeta es un fingidor/ Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que de veras siente”. El personaje arrollador (y hasta inverosímil a ratos) que Eva Green interpreta en la película, nuestra negra literaria en cuestión, finge e invade tan completamente la intimidad de Delphine, que se convierte en una suerte de alter ego joven, del pasado, quizás, en eso que Delphine extraña de ser una escritora en ciernes.

 Creo que ese “finge hasta que lo consigas” es sin duda lo que poco a poco acabó por convertir a Delphine (la de la película y la de la vida real) en una escritora mayor, y lo que me llevó a  mí a terminar (o a abandonar, mejor) un libro que, por azar y por estar en el lugar y en el momento precisos, llegó a manos de un editor y fue publicado. Y entonces vienen un segundo libro y un tercero, y las consabidas invitaciones a ferias y eventos literarios llenos de escritores que se sienten incómodos pero a la vez dichosos de que pongan un reflector sobre sus personas; porque, en el fondo, no hay nadie más necesitado de atención que un escritor, por más de que ame su soledad y la necesite para poder interactuar con el mundo.

 Puede que a muchos este figurar los aliente a escribir como un mago que se saca conejos del sombrero una y otra vez; pero a otros, a los que no tenemos sombrero para llevar a cabo la magia sino que tenemos que concebir el conejo desde el cigoto y luego parirlo con el dolor de una madre, a esos, la atención ajena nos deja completamente desiertos, el esfuerzo nos seca la mano, y solo volvemos a nuestro indumento cuando entendemos que ser escritor no es estar publicado, ni firmar libros, ni asistir a cada feria de la vanidad (perdón, del libro) que organicen en nuestro terruño y aledaños, sino estar tecleando, como en este momento lo hago, hasta que llegue la epifanía, hasta que salga a la superficie la voz de la entraña. Escribir no es escribí, ni escribiré, sino estar escribiendo, sin pasado, sin futuro, aquí y ahora, en un presente continuo al que de nada le valen títulos, premios o cátedras. Y es curioso, porque solo cuando nos lee alguien es que podemos compartir de nuevo ese acto íntimo y solitario con otro ser humano, que perpetúa nuestro eterno estar escribiendo.

 Cuando el brillo de la pantalla ilumina la cara de mi vecina en el cine, me percato de que es una de mis escritoras favoritas, Piedad Bonnett. También ella escribió una novela sobre una mujer más joven que consume la vida de otra más adulta y canchera. También ella debe andar huyendo de manera inútil a todos esos compromisos que surgen del acto íntimo de sacar las vísceras a la luz. Creo que su valentía es mil veces más grande que la mía, porque ha padecido mucho y más largo esa vida pública del escritor y, sin embargo, sigue llenando las páginas, no con ejercicios para mantener caliente la mano, sino calentando la mano hasta que suceda el milagro.

 

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Margarita Posada

Periodista y escritora. Autora de las novelas De esta agua no beberé (Ediciones B, 2005) y Sin título, 1977 (Alfaguara, 2008). Actualmente trabaja en un libro sobre la depresión, que será publicado este año por la editorial Planeta.

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