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El Malpensante

Editor Korazón

Querido y estimado señor K:

Quinta entrega para el "Editor Korazón"

Una exnovia de hace años, excompañera en la carrera de comunicación y periodismo, me dejó frito con un mensaje hace un par de semanas. “Me voy para Alemania y están buscando mi reemplazo, ¿no te interesaría pasar la hoja de vida? No es lo nuestro, pero puede ser una buena experiencia”.

No estaba listo para ese penalti de cinco millones de pesos mensuales, con seguridad social y hasta celular incluidos. Llevo un año felizmente desempleado, yendo a la playa un martes, durmiendo toda la tarde de un miércoles. Dedicado a escribir, leer, hurgar en Netflix, rumbear, desbloquear los 26 distintos finales secretos del juego NieR: Automata en mi ps4.

Cuando llevas años siendo un adicto al trabajo, la rehabilitación toma tiempo. Después de una década batiéndome en salas de redacción, del crepúsculo al amanecer, bajo la bobalicona ilusión de “forjar mi prosa en el ejercicio de la escritura diaria”, me dije: “Hombre, no más. Ya estuvo bueno de hacer editoriales para que otros saquen pecho”.

No ha sido fácil y tampoco han sido los días más productivos de mi vida. La idea era escribir, por fin, esa primera novela que traía atascada en los huevos. Dedicarme y avanzar. Descubrí a las malas el profundo alcance de esa vieja frase que busca disuadir a los aspirantes a escritores: la literatura es un romance entre el culo y la silla.

En los últimos meses he pasado más tiempo frente al computador que lo que he durado sentado en el inodoro en mis 33 años de vida. Y todavía no termino. Se podría decir que el libro que estoy evacuando va a mitad de camino. Ya no tiene reversa, pero está atrancado en la parte más hedionda.

El estante que tengo de paisaje no ayuda a evitar las distracciones. Podrías armar un laberinto de varios metros de largo usando como bloques los libros que no he leído, las películas que no he visto y los juegos que no he terminado. Y ese Pornhub, Dios. El Aleph del porno.

No estaba buscando trabajo cuando recibí la propuesta de mi exnovia. Había cumplido la juiciosa tarea de ahorrar durante una década para gozar de un “colchón”. Pero las facturas siguen llegando y mi cuenta bancaria se desinfla cada vez más. Por eso seguía abierto a las posibilidades. Hoy en día las únicas que se abren apestan.

Así es como me convertí en otro “marañero” más de las letras. Esos tipos que arreglan la tubería, resanan la grieta en la pared, corrigen la baldosa. La misma mondá. Escríbeme aquí estos doce artículos para un libro institucional, corrígeme y reescribe estos cuarenta perfiles ahí, ponme en “periodístico” estos 90.000 caracteres de un informe de gestión pública.

Cualquier marañita de esas representaba más dinero que lo que ganaba con una crónica. Mantuve colaboraciones con un par de medios hasta que pude, dizque para no dejar enfriar la muñeca. Más por gusto, por una convicción rara. Lo que pagaban ni siquiera alcanzaba a cubrir los gastos de transporte para hacer las investigaciones o ir a radicar la cuenta de cobro –ni qué decir del martirio de elaborar y tramitar la bendita cuenta de cobro, o hacer la fila en el Éxito para pagar la cuota de una eps que nunca jamás me atenderá–.

Que el formato tal, que la ventanilla esta, que el adjunto aquel. Ya ni paso mis facturas. Tengo cuatro en espera, apreciado K. Lo que me van a girar, después de descuentos e impuestos, cada vez compensa menos la tortura del proceso.

Claro, es normal que la gente piense que andas desocupado. “¿Cómo hará ese muchacho para andar montando fotos de conciertos en sus redes sociales?”, se preguntarán. Entonces te ofrecen cosas que creen que necesitas. Y terminas diciéndote que tal vez sí las necesites.

Añoraba la libertad, sí. Pero la estabilidad es seductora. Hoy daría cualquier cosa por no volver a hacer filas como un freelancer y tener que aguantarme la mala actitud de un funcionario que ni siquiera levanta la cara para mirarme. Como si me estuviera haciendo un favor, el muy perro.

Llegué incluso a considerar la opción de salir a pasear esas mascotas en el norte para tener un flujo de ingreso constante. Una actividad con cero compromiso creativo e intelectual. Con la posibilidad de estimular las ideas mientras camino. Al estilo de los peripatéticos, pero sencillamente patético. ¿Ha visto los perros esos que sacan a pasear en manada, señor K? Me gustaba pensar que era uno de aquellos que se desmarcan del grupo. Esos que cogen su propia correa entre los dientes y se arrastran a sí mismos adonde quieren.

Aún no firmo el contrato, pero estoy a punto de dejar que me pongan la correa.

Esta oferta inesperada es mejor que trabajar en cualquier medio de comunicación. Cumples un horario, con fines de semana libres. Es agridulce. Siento que estoy cruzando una línea que me había prometido respetar. Estoy cayendo en el otro bando.

El atractivo no es solo el sueldo. Trabajaría en una agencia internacional, una de esas archiultramegacorporaciones que todo el mundo conoce. Sería su asesor. Dirigiría sus estrategias para posicionar contenidos en la prensa. Vería cómo manipulan a esos jóvenes recién egresados que aún creen en la imparcialidad.

Coño, ¡además es un tiquete de entrada a la fábrica de la posverdad! Un pase para ver las cosas desde el otro lado de la barrera. Quizá valga la pena dejar de ser el toro.

No estoy para andar rechazando salarios. Menos si es por un gusto raro e indefinible, una convicción que flota sobre la nada y que los mismos medios para los que trabajo pisotean a diario. Leo lo que le he escrito, K, y es como si me estuviera justificando.

No es que tenga deudas universitarias o algo así que me obligue a salir en busca de grandes inyecciones de dinero. Ni casa, ni carro, ni hijos ni perros. Solo pago el arriendo, la lavandería y ya.

Aunque, bueno, ahora que lo pienso sí hay algo. La puta tarjeta de crédito. Todavía debo plata por tres prostitutas con las que me acosté en Rusia. Fue una noche de vodka martinis hace once meses, cuando el mundo se veía muy diferente. Eran mis últimas vacaciones justo antes de renunciar al último cargo que ocupé en un periódico. Las meseras venían cada 26 minutos a decirme, con una seña, que se me había acabado el tiempo. Se llevaban la tarjeta, la hacían girar como un disco y regresaban con una chica más. Cada una más hermosa que la anterior. Era como mi propio video de reguetón soviético.

Creí que sería una bonita experiencia que valdría la pena vivir para contar. Y bueno, ahí lo acabo de hacer. En cuanto a lo que me dejó, debo decir que el saldo es inmortal, mi deuda no baja, a pesar del millón de pesos que debitan mes a mes de mi cuenta. Nunca he sabido exactamente cuánto costó todo, pero lo difirieron a 24 cuotas las vergajas. Y yo pensé que era yo quien las estaba jodiendo a ellas.

Saludos,

—V 

 

 

 

CONSEJOS EN EFECTIVO

Querido experiodista, asumo que para el momento en que leas esta respuesta ya te habrás decidido por la opción más lucrativa. Pero ya que me pides consejo, te lo doy:

1) No pagues prostitutas a cuotas, mucho menos con tarjeta de crédito. Los problemas del sexo pago se multiplican con el sexo fiado.

2) ¿Por qué habrías de empeñarte en un capricho caduco? Si tus deseos cambian, ve con la corriente, que los sueños son deseos viejos con los que nos hemos obstinado. Claro, si más allá del anhelo de ver tu nombre en una portada con el sello de una gran editorial, lo que sientes es un irritante impulso de escribir, vas a tener un enorme y persistente dolor inguinal en tu nuevo oficio de relaciones públicas, que te va encontrar incluso en la hermosa oficina de esa compañía diabólica, y al que no va a poder encontrar cura ni la eps que recursos humanos se encargará de pagar.

Escriba y envíe sus dolencias a karimganem@elmalpensante.com con el asunto “Editor Korazón”.

 

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