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La boda de la niña Oti

Como un joven árbol trasplantado, esta periodista de tierra caliente cambió el color de sus hojas al llegar al altiplano. Muchos años después, un proyecto ajeno de cine casero la reconectó con sus propias raíces.

Ilustración de George Lozano.

En febrero de 2014, llamé desde Bogotá a Marta Yances a su apartamento en Cartagena para preguntarle sobre Cine Amateur del Caribe Colombiano, un blog firmado con su nombre. La primera vez que le marqué me pidió que volviera a llamarla al cabo de dos horas, cerca de las cuatro de la tarde, pues se disponía a hacer una siesta. Yo había descubierto el blog hacía unos días, gracias a un correo electrónico que me envió mi mamá con algunos enlaces. Al abrirlo pensé que se trataba de otro aviso sobre una nueva modalidad de robo en Bogotá, o de pronto de un artículo sobre las cinco cosas que hacen las personas exitosas antes de las ocho de la mañana. Pero no. Esta vez me invitaba a ver dos videos en YouTube sobre Cereté, el pueblo donde nací. Uno se llamaba Matrimonio en Cereté y el otro Reinado. “Para que sepas cómo era Cereté”, advertía mi mamá en su mensaje.

A los tres años de edad vine a vivir a Bogotá con mis padres y entré a estudiar a un colegio en el norte de la ciudad, fundado por las monjas benedictinas canadienses. La gran mayoría de mis amigas del colegio eran bogotanas y encontraban realmente curioso el hecho de que yo hubiese nacido en un lugar que les era tan ajeno. “¿Cere... queeé?”, preguntaban asombradas, acentuando mucho el “qué”, con ese cantar agudo de los pajaritos de altas montañas. Ninguna sabía dónde quedaba mi pueblo.

Cuando niña, nada me daba más seguridad que ser igual a mis compañeras de clase, así que desde muy pequeña comencé a moldear mi identidad para ser un ave de bosques fríos, como ellas, en vez de un animalito raro con pellejo de tierra caliente. Aunque en el colegio nunca recibí un trato hostil por parte de quienes llegaban a saber mi procedencia, preocupada por encajar opté por ocultar a Cereté durante esos años. Me guardé el ímpetu costeño bajo la falda del uniforme, apagué la cándida luz tropical y me acostumbré a vivir al ritmo afanado del tic-tac bogotano.

Cuando alguna de mis compañeras insistía y no tenía más remedio que revelar mi lugar de nacimiento, soltaba el cuento completo: comenzaba con el deletreo lento del nombre de...

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