Google+ El Malpensante

Artículo

Con el sol y la noche en el cuerpo

Una mirada en claroscuro al gran pintor de la épica. El dolor, el negro sobre el negro y la afrenta de una pincelada ante la historia son algunos de los ingredientes de la obra de este artista, protagonista del documental que se estrenará pronto en las salas de Cine Colombia. 

 

Cabeza de Medusa. Caravaggio. 1597


Michelangelo Merisi nace el 29 de septiembre de 1571 en el pueblo italiano de Caravaggio. Se forma como pintor en la ciudad de Milán –por aquella época provincia de España–, y viaja a Roma, “capital del mundo” en aquel entonces. Pronto irrumpirán en el arte su fuerza, su encendido temperamento y su denso drama, dando origen a un “nuevo arte” que se “expandirá por Europa”, y que él hará descender al fondo del corazón humano. A los 26 años pinta el episodio del Antiguo Testamento El sacrificio de Isaac, que hoy se expone en la Galería de los Oficios en Florencia, uno de los grandes museos del mundo. Esta imagen le devuelve su sentido y el vigor con el que la Biblia fija al momento –mítico e histórico– en el que el pueblo judío hace un alto en el sacrificio humano, y ofrenda a cambio la vida inocente de un animal doméstico. En la pintura de Caravaggio, el ángel que detiene la mano de Abraham –armada con un precario y brillante cuchillo de cortar carne con el que el padre sacrificará a su hijo–, es casi un niño que suspenderá para siempre el sacrificio, o eso quisiéramos creer, con su sola y alada presencia infantil. Un vigoroso expresionismo, fiel a nuestra turbulenta realidad, se instala en el arte e impone un nuevo y poderoso rumbo que se abre paso entre sombras, abriéndole también de par en par las puertas a la tragedia humana, atravesada por la afirmación del carácter de Caravaggio. Es a todo esto a lo que la tradición ha llamado como su “realismo”: la llegada en forma abierta –que en Caravaggio será a veces brutal– de las emociones y de la personalidad del artista, quien se abisma en nuestra psicología, ese fondo negro sobre el cual pinta y del cual hace emerger la vida interior a golpes de luz. ¡La dura luz de todos, como la que alumbra de pena a la mujer que está en su cuadro de la Virgen muerta!

 

     Muchas de sus pinturas plasman decisivos momentos de la vida humana en los que se afirma, rompe o cambia –o todo a la vez– un destino. Tal y como él hará con el del arte. En Magdalena penitente, la dolorosa conversión de María Magdalena –de prostituta a amorosa creyente en la causa del Cristo– late su leyenda como uno de los apóstoles del Evangelio, que sostendrá con ahínco el escritor comunista José Saramago. Llora Magdalena la lujuria ajena y se aparta bañada en sus propias lágrimas. El llanto y la orfandad con los que la pinta Caravaggio podrían verse con el expresivo aforismo del filósofo escéptico E. M. Ciorán: “En el Juicio Final solo se pesarán las lágrimas”.

Caravaggio parece decirnos que los problemas que se plantean en la religión no suceden en el cielo, ni siquiera en el limbo, sino en el infierno de las relaciones humanas y en nuestra más honda intimidad; los mismos que hoy tienen que oír los psicoanalistas en su diván, el abogado en su despacho o la vida de confesionario de las prostitutas. Es el velo de nuestra psiquis el que descorre la pintura de Caravaggio, y es nuestro propio drama el que se asoma a esta pintura desde hace 400 años.

     Su intensidad y maestría alteran cuanto tocan. Al pintar una canasta de frutas Caravaggio inicia –dicen los críticos– un género artístico que se ha usado como ejercicio pictórico, decoración o destreza, pero que el oscuro virtuosismo de Caravaggio convierte en sensible y deslumbrante alegoría de la vida; la carne jugosa y fresca de la fruta de un hermoso verano anticipa ya su destino de muerte, instalando así Caravaggio unas cuantas frutas solas en la gran pintura: hermosa naturaleza extremadamente viva contenida toda en una cesta tejida a mano... e iluminada al mismo tiempo por el placer, la juventud de la vida y por la gravedad de la muerte. La naturaleza no solo se marchita y muere, dicen sus hojas secas, sino que se pudre, dice Caravaggio.

 

Hemos sobrepuesto a la obra de Caravaggio sus conflictos de irascibilidad con sus contemporáneos, su vida de taberna (aunque el vino y el laúd también son bebidas –músicas– “espiritosas”), su temperamento inestable y colérico, los “jóvenes de placer” que escogió como primeros modelos –si es que no son él mismo–, su dios ebrio y enfermo... y los peores episodios de su impaciente biografía –que a veces confunde la libertad con la ambición y la soberbia–, su carácter pendenciero e impulsivo –dominado por la sangre–, su supuesta “malditicidad”, su violencia lamentable y su agresividad de camorrero, su apasionada intolerancia... como si fueran en verdad importantes (“donde uno no ve bondad, es mejor callar”, decía R. L. Stevenson), y que serían inmencionables si no existiera su dolorosa y portentosa obra, y si lo bronco de su carácter no hubiera estado al servicio de la pintura, la única capaz de encausar sus contradicciones, y en la que se plantea a sí mismo, a su siglo –y al nuestro–, la hondura de inquietantes conflictos humanos.

     Impopular en su época, y popular en la nuestra, dice un quisquilloso crítico de arte de la revista Time de Nueva York. Pero, dice Rosa Giorgi, “ya es tiempo de abandonar la idea de Caravaggio como pintor descreído”, abrazado a un puñal en su lecho de muerte, sin Dios ni esperanza –como le gusta creer a nuestra época–, y que veamos en él una inquebrantable vocación y una poderosa pasión por el arte. Su lúcida tragedia y atormentada genialidad arden en cada uno de sus últimos cuadros, con la estremecedora irrupción –maestra– de la experiencia y la verdad entre los hombres y su dramática realidad.

En el deslumbrante relato de Judit incluido en el Antiguo Testamento, el comandante Holofernes, con su irrefrenable ceguera y violenta soberbia de guerrero, es degollado por su propia y depredadora libido a manos de una hermosa mujer, la inteligente y temeraria judía que actúa en nombre de un pueblo, en ese entonces, altivo ante toda injusticia y la brutalidad del poder que lo asedia. “Nunca llegaréis a conocer el fondo del corazón humano”, les dice Judit a quienes gobiernan su ciudad, y evita la masacre de un pueblo asumiendo ella sola su defensa. En Judit decapitando a Holofernes, Caravaggio pinta la terrible escena, como lo harían muchos otros pintores: Piero de la Francesca, Lucas Cranach, Artemisa, Rembrandt... El autor del relato –desbordada exaltación del pueblo judío– crea el vigoroso personaje de la obra de Caravaggio: una mujer que no está dispuesta a ser botín de guerra, ni a dejar tampoco que lo sean sus hermanas ni sus hijas. Es la primera vez que brota la sangre humana en su pintura. ¡Y no es precisamente sangre azul!

     En su cuadro David con la cabeza de Goliat es, esta vez, la propia cabeza cortada de Caravaggio la que sostiene el niño pastor, a quien el pintor no muestra como al héroe orgulloso de su triunfo, tan solo entristecido y hasta horrorizado. Así como ese otro niño que huye de la escena de espanto donde asesinan a san Mateo en la honda penumbra de un templo, escena, en el límite entre la vida y la crueldad, que el pintor contempla con dolorosa piedad desde un rincón de la iglesia. Tal vez no sea la historia del futuro rey David y el filisteo Goliat lo que le interese pintar aquí a Caravaggio, sino ir más allá –o más acá, más hondo– y pintarse a sí mismo –niño y adulto a la vez– en un solo, doble y sufriente autorretrato.

     Caravaggio trae a sus cuadros solo lo esencial, y lo hace –teatral– surgir de la nada oscura, como un nacimiento, extremando así su intensidad y el impacto de la realidad, física y emocional, de un hecho humano de significativa y profunda gravedad, que vemos moverse –vivo– frente a nuestros ojos. ¡Asombrosa vitalidad!

En manos de sus densas sombras y su dura luz descubrimos la realidad que él ha querido traer ante nosotros. Luz que alumbra nuestra intimidad, nuestra realidad moral, nuestros movimientos íntimos y personales. En Caravaggio la capacidad de sentir moralmente se vuelve corporal. Este es su nítido, contundente impacto sobre nuestra sensibilidad.

El hombre es moneda a veces falsa, a veces de oro puro. De la turbulencia de su propia sangre, de su propio carácter, impulsivo y violento, de su propia y ebria pasión –tan conflictiva en la vida– Caravaggio ha aprendido a sentir el pulso, la energía, la indómita fuerza con que hace realidad su propia obra.

Caravaggio pintó la cabeza cortada de la mítica Medusa –cuya mirada petrificaba de horror a los hombres– reflejada en el brillante escudo de Perseo. Ella misma no conoce su rostro, castigo y maldición de una diosa que la convirtió en monstruo. Caravaggio imagina el momento en el que la gorgona Medusa recibe el golpe de hoz en su cuello y en un vertiginoso instante se ve a sí misma en el espejo del alado e invisible Perseo. Entonces contempla el horror acumulado en su corazón, el espanto que la estaba esperando y, en esa visión terrible, Medusa descubre con pavor su propio corazón... insondable y vacío.

Lo trágico es el sentimiento opuesto a la cómoda gelidez de la indiferencia.

En su último cuadro sobre la muerte de san Juan, un hombre indefenso, desnudo e inocente es degollado y tirado al suelo de los húmedos patios de una prisión, con las manos atadas a la espalda, en un sórdido episodio del mismo poder contra el que había clamado el Bautista. ¡Tenebroso anuncio de la Crucifixión!

Caravaggio, como quería el poeta Baudelaire, “arroja a Dios sobre la tierra”.

 

                                                                                                                            Bogotá, mayo 2018                                                                   

Página 1 de 1

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Santiago Mutis

(Bogotá, 1951) es un poeta, ensayista, editor y crítico de arte de Colombia.

Mayo 2018
Edición No.196

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores