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Breviario

La naranja euclidiana

Con su genialidad táctica y su forma de trazar líneas a través del campo, el holandés Johan Cruyff conquistó a artistas y poetas. Entre ellos, al autor de este breve homenaje. 

¿Jugar ajedrez con los pies es posible? Sí, lo he visto. ¿Y tener un sentido euclidiano del espacio, un radar geométrico que permita abarcar con tan solo un golpe de vista el rectángulo verde del terreno, trazar líneas, invisibles para los demás, y acompasarse a ellas para llegar al gol que nadie habría imaginado y que jamás se repetirá en la historia de la geometría? Sí, es posible. Ocurrió una vez en la historiografía del fútbol y la matemática. Y seguramente hay alguien en un hipotético cielo que presenció, registró y almacenó para siempre en el gabinete de lo fantástico esa rigurosa figura que reúne los opuestos, que goza de una gran simplicidad e inocencia y, sin embargo, es de una complejidad inaudita, todo combinado con la velocidad y ese otro elemento que es la certeza. Esa es más o menos la sensación que dejan un pase o un gol de Johan Cruyff. Fue hace tanto ya, pero no importa, entró en los anales, y no somos los únicos que debemos vivir con ello, sino también Cruyff. Todo hombre célebre tiene un doble. Su yo de otro tiempo que lo acompaña o lo lastra y no lo deja en paz. Juntos, los dos Cruyff observan cada partido; juntos enfrentan a su antiguo club, si bien por momentos el más viejo de los dos se parece al rey Lear que ha perdido su reino y se ha enemistado con sus hijas. Pero en Lear también reconocemos al joven genio, al hombre que no solo transformó el fútbol holandés sino la lengua holandesa, y cuyas palabras aún se citan en el recinto del Parlamento porque tienen la absurda y desconcertante simplicidad de los proverbios: “Siempre estoy en contra de todo, hasta que cambio de idea y paso a estar a favor. Es lógico. Suele ser necesario que algo pase antes de que pase algo”. Creo que eso pasó con Johan Cruyff, que ya estaba ahí antes de que lo supiéramos. Entonces lo vimos y fuimos felices. Ahora nos queda el recuerdo y no renunciaremos a él.

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Cees Nooteboom

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