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La historia del cándido Arkan y la patada que inició una guerra

En las canchas de la antigua Yugoslavia se atrincheraron las incipientes guerras nacionalistas. Un nefasto personaje aprovechó para reclutar entre esos hinchas a los miembros de su ejército personal.

    Arkan y Ceca, él disfrazado de guerrero y ella de dulce damisela, posan el día de su boda, en la que recrearon la batalla de Kosovo del siglo XIV (1995).

El 8 de mayo de 1980, Josip Broz, a quien todos conocen como el mariscal Tito, fue enterrado en Belgrado. Con él terminaron más de treinta años de un régimen diferente: un comunismo no alineado directamente con la Unión Soviética, que acabó convirtiendo a Yugoslavia en una especie de tercera vía que podía dialogar con rusos y norteamericanos; un Estado federal que aglutinaba en su interior distintas naciones, regiones autónomas, religiones, visiones del mundo y evoluciones históricas. Un avispero, en definitiva, como siempre fueron los Balcanes para algunos.

Ese día, después del funeral, el albano Mahmet Bekalli escribió: “No sabía que también estábamos enterrando a Yugoslavia”. Pero precisamente eso hacían. Apenas una década más tarde el país se desangraba con el más cruel, trágico e intenso conflicto bélico que haya visto Europa desde la Segunda Guerra Mundial. En él, la pelota tuvo una importancia considerable.

No es de extrañar, si se piensa detenidamente. El fútbol como motor de pasiones se convierte en el vehículo perfecto para consolidar vaivenes sociales y expresar debates ideológicos. También, claro, es un lugar ideal para reclutar, moldear y utilizar personalidades extremas, definidas por su búsqueda de pertenencia a un grupo (que puede ser tanto una hinchada como una banda paramilitar); temperamentos perfectos como arietes contra elementos más tibios de la sociedad.

Las tensiones venían de lejos. Yugoslavia era un país en cierto modo artificial, que intentaba unir tradiciones tan diferentes como las provenientes del Imperio austrohúngaro (mayoritarias en Croacia y Eslovenia, por ejemplo) o del Imperio otomano (en Serbia y Bosnia). Esta disparidad tenía también su reflejo en el balompié. La Selección yugoslava, una de las más potentes de Europa durante años, siempre intentaba mantener cierta “cuota étnica” en sus convocatorias. Un par de montenegrinos, dos eslovenos, algunos bosnios, cinco o seis croatas, ocho o nueve serbios. Resultaba necesario, era un simbolismo sobre el césped de esa unión canónica que existía entre las lindes. Nadie parecía darse cuenta de que dicha artificialidad para señalar las similitudes no hacía sino remarcar las diferencias.

A la muerte de Tito, las tensiones internas se agudizaron. Pronto los grandes clubes fueron a ver cómo sus hinchadas se identificaban con unas u otras ideologías, pintando los estadios con brochazos de política. Las mismas personas que paseaban pancartas cada vez más agresivas en las curvas de los campos, más tarde, durante la guerra, engrosarían las filas de grupos paramilitares de un lado al otro del espectro ideológico.

Esta no es una historia de “buenos” y “malos”, sino de “pérfidos” e “infames”. El FK Sarajevo tendría a su Horde Zla (Horda del Mal), grupo ultra que se enlistó masivamente en las milicias bosnias musulmanas. La barra brava del Hajduk Split croata, Torcida Split, haría lo propio con el ejército de ese país, una vez declarada la independencia unilateral en 1991. El Dinamo Zagreb, por su parte, llegaría a cambiar su nombre (“dinamo” es una expresión de origen soviético, identificada con las asociaciones deportivas comunistas), primero por HšK Gradanski (tomando el nombre de un equipo desaparecido a finales de la Segunda Guerra Mundial) y más tarde por el obvio Croacia Zagreb. Además, sería presidido por Franjo Tudman, líder de la Croacia independiente y un tipo con una cosmovisión un pelín racista, por decirlo de forma suave. Todavía hoy sus hinchas se hacen llamar Bad Blue Boys (BBB) y fueron protagonistas del nacionalismo croata de finales de los ochenta y principios de los noventa. Huelga decir que, con el tiempo, también se integraron por miles en las tropas paramilitares durante la guerra yugoslava.

La cancha estaba dispuesta.

UNA PATADA, UNA GUERRA

Es 13 de mayo de 1990. En Zagreb tendrá lugar un partido de fútbol entre el local, Dinamo, y Estrella Roja, de Belgrado. Croatas contra serbios. Ya no hay, ya no son, yugoslavos que juegan unos contra otros.

Unos 3.000 integrantes de Delije, los seguidores más politizados y violentos del Estrella Roja, se han desplazado hasta Zagreb. Llevan banderas yugoslavas y serbias, aúllan los mismos himnos que cantaban los chetniks durante la Segunda Guerra Mundial. Los chetniks, miembros de una organización ultranacionalista y monárquica serbia, o mejor dicho panserbia, pasaron ese conflicto enfrentados con los partisanos comunistas de Tito y los ustachas croatas (unos simpáticos tipejos de ideología fascista con ribetes racistas). Evidentemente, esa provocación es respondida por los BBB (los hinchas del Zagreb), que contraatacan con cánticos ustachas. Unos y otros se llenan los bolsillos de piedras, esconden navajas, lanzan amenazas de muerte aquí y allá, hablan de violaciones, de sangre y de niños en llanto. Ya ven: un ambiente de buen rollo con personas encantadoras por todos lados.

Faltan unos minutos para que empiece el partido y los que se encuentran allí son conscientes de que algo más está a punto de pasar. Los Delije consiguen saltar más allá del pequeño espacio en el que la policía les ha confinado y empiezan a sembrar el caos. Aparecen cuchillos, punzones, algunas pistolas. Los serbios apuñalan a cuantos croatas tienen cerca, golpean de forma indiscriminada, rugen como animales salvajes. Los jugadores, que están terminando el calentamiento, observan la escena alucinados, sin poder dar crédito a sus ojos.

En solo unos segundos, las gradas del estadio Maksimir se han convertido en un campo de batalla. Hay carreras, caídas, peleas, cargas. Sangre, mucha sangre. Los BBB saltan desde el fondo norte y cruzan airados el terreno de juego para enfrentarse a los Delije. La policía intenta contenerlos, lanza gases lacrimógenos, abre las mangueras, reparte porrazos. Es el caos. Brotan incendios en diferentes puntos del estadio, el césped queda sembrado con piedras del tamaño de manos. Los asientos de las gradas son arrancados, las puertas derribadas, los lavabos sirven como arma arrojadiza. En el rectángulo de la cancha se apretujan ultras de ambos equipos que quieren llegar los unos donde los otros para matarse, para escupirse en la cara afrentas que tienen siglos de antigüedad, y espectadores aterrorizados. En un momento dado, un agente la emprende a golpes contra un hincha croata, dejándole en el suelo, herido. Zvonimir Boban, jugador del Dinamo Zagreb, ve la escena, corre en dirección al policía y le pega una patada. Es una imagen absolutamente icónica. Cuando el agente se vuelve hacia el futbolista, este es protegido por la muchedumbre de aficionados del Dinamo. A partir de ese instante, Boban pasa a convertirse en símbolo vivo del nacionalismo en Croacia.

El infierno dura más de sesenta minutos. Croatas contra serbios, serbios contra croatas, todos frente a la policía. Banderas de diferentes colores. Algunas, muchas, tienen los bordes manchados de rojo.

DANTE EN LOS BALCANES

Hay quienes dicen que aquel fue el primer acto de la guerra de Yugoslavia, más de un año antes de la primavera sangrienta de 1991, cuando comenzó oficialmente. Hoy existe en los aledaños del estadio Maksimir de Zagreb, junto a la entrada del fondo norte, que ocupaban los BBB, una estatua que representa a un grupo de soldados y bajo la cual se puede leer en una inscripción en bronce: “A los aficionados de este club, que empezaron la guerra contra Serbia en este campo el 13 de mayo de 1990”.

LOS TIGRES DE ARKAN

A Željko Ražnatovic todos lo llaman Arkan, y con ese nombre pasará a la historia de la infamia. Hijo de un coronel de la Fuerza Aérea yugoslava, el joven Željko pronto demuestra que no va a seguir los pasos del padre. Con 17 años es internado en un reformatorio tras algunos robos. Al salir, emigra a Europa occidental y se especializa en el robo de bancos. No muy bien, por cierto, ya que acumula un buen currículum de encierros carcelarios: 1974, en Bélgica; 1979, en Holanda; más tarde en la República Federal Alemana. El arte de la fuga se le da mejor: logra escapar de esos tres.

Al final, acaba volviendo a Belgrado, donde abre una pastelería muy cerca del estadio del Estrella Roja, el club de sus amores. Lo de la pastelería parece poco apropiado para un hombre que también ha trabajado como sicario, pero quién sabe, no seamos malpensantes, a lo mejor se le dulcificó el carácter entre fuga y fuga. Lo cierto es que en esos días con olor a orasnice todas las mañanas, empieza a colaborar estrechamente con la UDBA, la policía secreta yugoslava.

Resulta que en aquellos tiempos los ultras del Estrella Roja sentían una cierta desafección por el Gobierno yugoslavo. Hablamos de 1987, con Miloševic preparando su acceso definitivo al poder (lo conseguirá un par de años más tarde). Será precisamente Miloševic quien contacte con Arkan para que se infiltre entre los ultras del Estrella Roja y los entrene. Disciplina absoluta. No alcohol, no armas de fuego al principio, pelo corto, duchas diarias, costumbres ortodoxas, una ideología abiertamente nacionalista. La hinchada del equipo de Belgrado, que nació en los años cuarenta como un reducto de bohemios y trasnochadores, se había transformado en un grupo paramilitar. Antes se les llamaba los Gitanos, ahora serán conocidos como Delije, los “héroes”. Héroes, claro, de la nación serbia…

Al principio son cánticos. Exaltación patriótica mezclada con desprecio hacia el otro. Croatas y bosnios musulmanes, fundamentalmente. Después se empiezan a aplaudir las primeras operaciones militares serbias. Solo falta el último paso. Y ocurre.

En 1991, las armas empiezan a aparecer en el aprendizaje interno de los Delije. Se incorporan al frente. Van allí berreando las mismas canciones que en los estadios, haciendo los mismos gestos, celebrando muertes y mutilaciones como si fueran goles o penaltis. Las huestes de Arkan son la Srpska Dobrovoljacka Garda (Guardia Serbia Voluntaria), un grupo de paramilitares que se hacen llamar los Tigres cuando juegan a la guerra. Perpetran matanzas en Vukovar, en Bijeljina. Vacían hospitales de enemigos, después los asesinan en campo abierto. Obligan a algunos prisioneros a comerse sus propios genitales antes de dejarlos morir desangrados. Violan y arrasan. Ríen grotescamente como los ultras idiotas que son. El fútbol llega al frente de la forma más cruel posible.

    La histórica patada que Zvonimir Boban, jugador del Dinamo Zagreb, le dio a un policía en un partido contra el Estrella Roja de Belgrado (1990).

La popularidad de Arkan se dispara. En 1993 contrae matrimonio con Svetlana Velickovic, conocida como Ceca, la cantante más famosa del país y todo un símbolo sexual de la antigua Yugoslavia. La boda va a recrear la mítica –para los serbios– batalla de Kosovo de 1389, con Arkan disfrazado de guerrero y Ceca como una dulce damisela que debe curar sus heridas. Arkan se desplazó hasta la casa de los padres de la novia en un hermoso –y hortera– carruaje blanco, y hubo de demostrar su valía atravesando con tiro de ballesta una manzana posada en el dintel de la puerta de entrada. Ya ven, una bonita tradición. Tras fallar los tres primeros tiros, Arkan hace un gesto a los Delije que lo acompañan, vestidos con sus mejores galas y armados con sus mejores armas. La fruta se desintegra en mil trozos tras recibir una ráfaga de Kalashnikov. Vivan los novios, vivan. Un machote.

La ambición de Arkan era mayor. Como en el campo de la guerra, las masacres y el robo había alcanzado las más altas cotas (nuestro protagonista literalmente se forró con el botín que fue amasando aquí y allá), su vista se fijó de nuevo en el fútbol. Si convirtió a los Delije en los Tigres, el siguiente paso era claro: presidir su amado Estrella Roja. Solo que quien ostentaba el cargo en esos momentos era Dragan Džajic, toda una leyenda del fútbol yugoslavo. Džajic poseía el prestigio suficiente para negarse a las pretensiones de Arkan y salir vivo del envite. En esos momentos era de los pocos que podían decir eso en toda Serbia.

Entonces Arkan, que seguía empeñado con lo de tener un club de fútbol, tuvo que fijarse en otras opciones. Y encontró una perfecta: el FK Obilic. Estaba en Belgrado, era un equipo poco conocido pero con capacidad de crecimiento y, sobre todo, tomaba su nombre de Miloš Obilic, uno de los protagonistas de aquella batalla de Kosovo, punto central del imaginario serbio (sí, la misma que reprodujo Arkan en su boda). Así que en 1996… hop, nuestro protagonista accede al palco del Obilic y, como por arte de magia, el equipo pasa a ser una apisonadora, ganando su primera liga. Posiblemente hubiese ganado la segunda (iba cerca del líder, con una racha de 24 encuentros sin conocer la derrota) si el torneo no se hubiera suspendido en mayo de 1998 por los bombardeos que efectuó la otan en Belgrado.

Un milagro, un mago del fútbol este Arkan. Y algo más, claro. Cuando los árbitros llegaban al Stadion FK Obilic, se encontraban con unos cuantos soldados uniformados, que los saludaban fusil al hombro. Los Tigres patrullaban en el interior del recinto, estrellas de los equipos contrarios tenían misteriosas lesiones que les impedían jugar contra el Obilic y solo contra el Obilic. El propio Arkan bajaba al vestuario de los visitantes durante los descansos y amenazaba, jocosamente, revólver en mano, con volarle la rodilla a alguien si el partido no se decantaba del lado de los suyos. Lo decía el jefe de un grupo paramilitar de la guerra de los Balcanes. Para troncharse…

El final de Arkan llegaría unos años más tarde. En lo futbolístico, fue vetado por la UEFA, a la que no le gustaba el aspecto tenebroso, bélico, que Arkan arrastraba tras de sí y se extendía a su estadio y su hinchada (tuvo que traspasar la presidencia del equipo a su esposa). Pero la vida se le rompió el 15 de enero del año 2000, cuando le dispararon 38 veces mientras tomaba tranquilamente un café en el Hotel Intercontinental de Belgrado. Como tenía enemigos por todas partes, las teorías sobre su asesinato son múltiples: los servicios secretos serbios, los servicios secretos británicos, los servicios secretos estadounidenses, una guerra de bandas, capos del contrabando, incluso hinchas del Obilic molestos por los supuestos desvíos de fondos del club a los bolsillos de su dueño. Qué importa. La leyenda había comenzado a volar de forma independiente. En todos los sentidos.

Más de 20.000 personas asistieron a su funeral para expresar sus últimos respetos. Dos semanas más tarde, los ultras de la Lazio, ideológicamente alineados en la extrema derecha, desplegaron una pancarta en su honor.

Después la pelota siguió rodando. Ya no había Liga Yugoslava, pero sí una serbia, una croata, una bosnia. Hoy cada país tiene sus propias rivalidades, sus particulares derbis. También, claro, siguen existiendo los ultras. Ellos nunca se van. Siguen allí, como un recuerdo de lo que no se quiere recordar.

 

 

 

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Marcos Pereda

Colabora habitualmente en medios como Jot Down Magazine, Drugstore Magazine y Cycling Mag. Hace de profesor en un par de universidades y también le han dado algunos premios, pero tiene mala memoria para esas cosas.

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