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Perfil

Un héroe de la segunda

Por cada Messi y Ronaldo hay miles de futbolistas que viven y mueren en la antigloria. Alejo, un ídolo de la B, patrimonio de un barrio pobre, es recordado por uno de sus discípulos.

Ilustración de Daniel Liévano 

 

Como en todos los barrios del mundo, en el mío los mocosos afrontamos una dura etapa preadolescente soñando con ser futbolistas. Fue después de la época en que, como niño, querías ser astronauta; y antes de que, como púber, acariciaras la idea de ser una estrella del porno. Crecer consiste muchas veces en matar las primeras ilusiones, pero esta historia ocurre en el período mágico en que todo es posible.

Mis amigos y yo recorríamos los barrios de Lima en busca de aventuras y rivales como quijotes sin vello púbico. Nos disfrazábamos con camisetas de equipos famosos. Nos apodábamos Pelé, Maradona, Gullit. O nos insultábamos: Care-cá, Pené, Tetiño. Los adultos nos veían desde las veredas e intentaban fusilarnos con su amargura: “Mocosos, están perdiendo el tiempo”, nos decían burlándose de nuestra vocación. “¿Futbolista? No seas huevón”.

Alejo era un adulto distinto. No solo era flaco como un alambre, sino que le encantaba pasar el tiempo con los más chicos alentando nuestros inciertos sueños de gloria. Debía rondar los treinta años y hacía de todo para vivir: era guardián nocturno, auxiliar en un colegio, asistente de un médico. Pero nada parecía gustarle más que matar el tiempo en la calle del barrio, rodeado de los niños que escuchábamos sus historias como si fueran parábolas de autoayuda. Cuando predicaba sus aventuras y consejos, Alejo engullía series interminables de plátanos. “Tienen potasio”, decía cual nutricionista deportivo. “Es bueno para los huesos”. A partir de entonces el plátano se volvía alimento esencial en cada una de nuestras casas. Todos admirábamos a Alejo.

Alejo era lo más cercano a un futbolista profesional en el barrio. Había jugado algunos años en la liga nacional amateur, más conocida como Copa Perú, un campeonato que reúne a los sufridos equipos de provincias que aspiran a llegar a la primera división. Debido al temperamento kamikaze de sus jugadores, las propinas ridículas que estos reciben y la precariedad de sus estadios sin pasto ni tribunas, esa liga aún recibe el sobrenombre de “Fútbol Macho”. Alejo había prestado sus servicios a los gloriosos Deportivo Junín y Unión Huayllaspanca, equipos emblemáticos de los Andes centrales donde él había nacido y vivido, y que desde Lima me sonaban tan exóticos como el Alaska Football Club o el Olimpik Novosibirsk de Siberia.

Alejo había dado pases de gol en estadios levantados en cumbres montañosas, había dribleado rivales en campos salpicados de rocas y anotado en arcos cubiertos por nubes espesas. Sus compañeros eran héroes míticos que teníamos el placer de imaginar: el Chato Mariano era un dribleador hiperactivo que humillaba rivales con elegancia; el Zurdo Antonio, un artista de la pelota detenida; los hermanos Cochachi, dos centrales que jugaban en pared y quebraban delanteros. Al final de cada victoria, hermosas mujeres recibían a los ganadores y los retaban a partidos más dulces sobre sus sábanas. Algunos futbolistas se daban el lujo de driblear esas invitaciones y preferían celebrar borracheras que duraban días. Alejo relataba sus historias con orgullo, luego mordía un plátano que tenía el sabor amargo del presente sin fútbol ni gloria.

Él era hijo de campesinos y había vivido casi toda su vida en Junín, una región andina famosa por sus quesos y papas, pero también por los niños que mueren de gripe durante el invierno y por los adultos tercos que beben alcohol industrial hasta matarse de cirrosis. Muchos padres sensatos alentaban a sus hijos a irse de allí, nos contaba Alejo. Su hermano mayor migró como obrero a los Estados Unidos y enviaba dinero a su familia. Alejo eligió el fútbol como oficio y medio de escape y se aventuró a jugar en la Copa Perú. Era bueno con la pelota, disciplinado, pero también flaquísimo. Un campeonato entre equipos que aspiran a salir de donde están (del campo, de la segunda división, del país) es una variante de la guerra por la supervivencia y produce jóvenes veteranos. A los veinticinco años, Alejo era un exfutbolista que tenía las rodillas trituradas, y en adelante asumió con hidalguía la condena de vivir en permanente estado de nostalgia.

Pronto viajó a Lima para hacer felices a sus padres. Si no iba a ser futbolista –pensaba–, quizá podría ser técnico de fútbol. Se inscribió en un instituto para profesores de educación física. Planeaba trabajar en una escuela, ahorrar dinero y marcharse a Argentina, donde estudiaría para convertirse en entrenador. La educación formal se parece mucho al fútbol competitivo: tener un título parece lo único importante. Los niños del barrio escuchábamos con entusiasmo las profecías personales de Alejo. La seguridad que expresaba nos hacía confiar en la vigencia de nuestros propios sueños. Si él iba a ser entrenador, quizá nosotros podíamos ser los futbolistas de su equipo.

* * *

Una tarde, Alejo nos acompañó a un partido y durante casi todo el juego nos gritó su desesperación desde el filo del campo. No era un partido oficial, sino un duelo pactado a seis goles, una tarde de sábado en la cancha del barrio. El ganador se llevaría una apuesta de seis soles. Los adversarios nos masacraban por 3-0 y se habían ganado el derecho a la arrogancia. El marcador parecía irradiar poderes psicológicos: los perdedores nos movíamos con una timidez hecha de resignación. Alejo lanzaba instrucciones desde la vereda. “Corre, no seas lento, muévete, carajo”. Como solía ocurrir, el dinero de la apuesta era suyo. El cuarto gol en nuestra contra lo llevó al límite de lo que podía soportar.

                –Rocky, descansa –llamó al chico más apagado.

Luego abrió su mochila, se quitó el pantalón y comenzó la lenta ceremonia de volver a jugar. Entraría a salvar el honor y, de paso, su dinero. Vendó sus tobillos flacos y sus piernas de alambre. Prosiguió con la espalda, los brazos y los muslos. Los jugadores de ambos equipos lo miramos aterrados. Parecía una momia con zapatos de fútbol.

En lugar de inspirarnos, aquella visión nos desconsoló para siempre. Perdimos el partido. Luego la vida siguió su curso. Años más tarde, descubrimos que no seríamos estrellas del fútbol. Tampoco del porno. Terminamos la escuela. Algunos fuimos a la universidad. Empezamos a trabajar. Me mudé de mi barrio marginal, porque eso es lo que haces en el Perú, país de migrantes perpetuos, cuando quieres tener éxito: dejas tu lugar, cortas tus raíces. Con el tiempo perdí de vista a Alejo y a mis amigos.

* * *

Ahora soy un treintón que sigue pateando la pelota los fines de semana y, como todo peruano de mi generación, crecí, me enamoré, me casé, me mudé viendo a los futbolistas de la selección nacional perder todo lo que se podía perder. No solo los partidos de las eliminatorias sino también el apoyo del público. Con el tiempo, pasé de gritarles a los jugadores: “huevonazos”, “incapaces”, “pelotudos”, a simplemente no verlos más, como si no ver ayudara a no sentir. Y de pronto, después de 36 años de pesimismo, después de México 86, Italia 90, Estados Unidos 94, Francia 98, Corea/Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014, una nueva generación de futbolistas ha roto ese largo maleficio y el Perú estará en Rusia 2018. El efecto es mágico. Ahora las calles y avenidas de Lima son las de una ciudad mundialista, donde los adultos hemos recuperado la felicidad de la infancia y hemos decorado la realidad con la exageración de un cuarto de juegos. Los integrantes de la selección son héroes que irradian esperanza desde los paneles publicitarios. Muchos de esos gladiadores son pequeños, flacos y cholos que vienen de provincias. Pequeños titanes que lograron esquivar la adversidad y dominar la pobreza antes de pararse en el campo de juego. Alejo lo intentó pero no pudo.

Alejo nunca se graduó como profesor de educación física ni mucho menos logró empezar sus estudios para convertirse en entrenador. Me lo cuenta su mejor amigo, Dennis, mientras conversamos en el chat. Alejo vivió sus últimos años en un barrio en el extremo norte de la ciudad, lejos de sus parientes y amigos. Alquilaba un cuarto cerca de un mercado. Sufría de tuberculosis, una enfermedad usual entre los que padecen hambre. Alejo era muy pobre a pesar de vivir rodeado de gente que no lo era. Camuflaba bien su miseria. Los plátanos que devoraba eran muchas veces su única comida. Nunca consiguió un empleo estable. En las escuelas donde ofrecía sus servicios como profesor de deportes le pagaban mal y a veces hasta lo estafaban. Detestaba recibir ayuda, fuera dinero o comida. “Cuando venía a mi casa, yo le quería dar para sus pasajes, pero él prefería irse caminando”, me cuenta Dennis, y luego añade: “Era orgulloso. Murió en su ley”. Una ley que solo él parecía entender. Tenía 45 años cuando lo encontraron inmóvil en su cama.

El fútbol es una religión universal. Produce estrellas que parecen tocadas por Dios, y el resto de mortales las adoramos a través de la televisión o cuando peregrinamos a los estadios y gritamos sus nombres para invocar sus poderes sobrenaturales. Pero este culto también es un torneo ultracompetitivo que crea mártires anónimos. Millones de futbolistas hambrientos, frustrados, fracturados, lisiados, deprimidos, mediocres, sin suerte, jubilados a destiempo. Estos héroes sin luz ahogan sus destinos lejos de la fama e integran los batallones que caen para que unos pocos futbolistas –los elegidos, los más fuertes– los dribleen en su camino a la gloria. Por cada Messi o Cristiano que brilla en la televisión, el fútbol sacrifica a multitudes de hombres como Alejo.

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Minutos de reposición:

Escucha el especial que Daniel Alarcón preparó para Radio Ambulante con el podcast "Perú Campeón". Un especial hecho para toda la hinchada que está detrás del gran acontecimiento del retorno de la Selección peruana al mundial de fútbol. Escúchalo aquí.

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Marco Avilés

Periodista y editor. Dirigió las revistas Etiqueta Negra y Cometa. Ha publicado los libros de crónicas Día de visita (Libros del k.o., 2012), De dónde venimos los cholos (Seix Barral, 2016).

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