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El dilema del migrante

En Marea humana, su último documental, el cineasta chino Ai Weiwei sigue a diversos grupos de migrantes alrededor del mundo que huyen escapando de la guerra o en busca un futuro mejor. A pesar de las condiciones infrahumanas de los campamentos y de los tratos indignos a los que son sometidos, ellos persisten. ¿Por qué? Un venezolano radicado en Colombia cuenta su historia de tránsito entre ambos países y comparte el sentir de quienes no pueden echar raíces.

Human Flow. Amazon Studios.

 

A veces me siento traidor. Desde hace varios años vivo muy bien en Colombia, la tierra donde nací, mientras otros padecen el hambre y la violencia en Venezuela, el lugar donde me formé. Pero estas ventajas que ahora disfruto son el resultado de una decisión que ya es costumbre en mi familia: la de huir cuando es necesario.

A mediados de los setenta mis padres dejaron Valledupar para irse a Maracaibo, la rica capital de la producción petrolera, ubicada en el occidente venezolano. Ambos pertenecían a la clase media baja: mi madre era secretaria y mi padre un joven veterinario que empezaba a construir además una carrera política. Pero la situación en Colombia era violenta, como ha sido casi siempre, y mi padre empezó a sentir miedo. Desde Venezuela, las ofertas de trabajo lucían para él cada vez más atractivas.

En julio de 1977 nos fuimos y a los cuatro meses de nacido crucé la frontera con mi familia. Mis padres dejaron atrás un país en llamas y me trasladaron a otro que exhibía estabilidad, bienestar y una abundancia casi abusiva. En ese drástico cambio de domicilio, que implicó menos de 400 kilómetros, mis padres tuvieron que elegir entre dos compromisos: el que tenían de forma tácita como ciudadanos de su país maltrecho y el que empezaban a asumir frente a sus hijos en formación.

Cada tanto recuerdo esa decisión salvadora que tomaron mis padres. Sin ella, es casi seguro que yo no habría ido a la universidad. También es probable que hubiera pagado el servicio militar en Colombia, con todos sus peligros. Y habría crecido en una pequeña ciudad donde el desempleo y la falta de oportunidad, 41 años después de mi nacimiento, siguen siendo problemas serios. La migración de mis padres significó para mí un trampolín decisivo.

Por eso, cuando la culpa intenta crecer, la atajo con mi teoría de las órbitas. Primero estoy yo como individuo: debo cuidarme, debo mantenerme vivo y útil para cumplir con mis objetivos personales. Justo después gravitan mi esposa y mi hijo, para quienes trabajo y me esfuerzo con gusto cada día. Este es el núcleo duro de mi existencia; todo lo que ocurre alrededor es secundario comparado con nosotros tres, pero tampoco puedo desentenderme del entorno. Más allá de la familia existen otras órbitas importantes: mi comunidad, mi gremio y el país que habito.

Cuando las órbitas más lejanas amenazan a las inmediatas, ha llegado el momento de tomar decisiones.

Dejé Venezuela mucho antes de la peor crisis, movido más por la ambición profesional que por el miedo a la metástasis del chavismo. Desde Bogotá, con nostalgia y dolor, he visto la acelerada degradación de un país que todavía siento mío; donde aún quedan familia y viejos amigos. Hace ya más de tres años que no voy de visita, y es casi seguro que ese tiempo seguirá ampliándose.

Ahora que tengo un hijo pienso que tengo con él la misma responsabilidad que tuvieron conmigo mis padres. Mantenerlo lejos de Venezuela es mi deber y si Colombia llega a dañarse, si llega a representar un peligro para él o un ancla en su desarrollo, no dudaré en armar maletas y buscar un nuevo lugar.

El dilema del migrante consiste en moverse entre lealtades diversas, pero se soluciona cuando empieza a pensar con una dosis saludable de egoísmo. La lealtad más urgente es la que tiene con su familia y consigo mismo. Ahora mismo miles de viajeros desesperados dejan países como Siria o Libia, y cogen rumbo hacia una Europa que los recibe con renuencia. También millones de venezolanos salen de su país hacia destinos diversos. Y aunque resulte obvio, no sobra recordarlo: lo hacen obligados por el entorno. El migrante es un optimista que viaja convencido de una idea: en otros lugares se puede vivir mejor.

En el principio de la especie fuimos nómadas. Nos movíamos de forma constante en busca de alimento y agua, decididos a sobrevivir, no importaba dónde. Puede que ese atavismo natural permanezca mucho tiempo más entre nosotros. Porque en la afanosa búsqueda de nuestro lugar sobre la Tierra perseguimos mucho más que un techo o un pedazo de suelo seguro: buscamos un sitio que nos permita realizarnos. Allá donde existan las condiciones para ser quienes podemos ser, ese es nuestro lugar.

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Sinar Alvarado

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