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Iceberg

Adiós, delirio

La tercera entrega del Editor Korazón está consagrada a una inquietante donación y a una carta que no está dirigida a este humilde terapeuta, y que no requiere de respuesta.

Vas a recibir esto en primavera. El frío, la resta en la escala de Celsius, el casi perder las piernas luego de cuarenta minutos a la intemperie en un free tour, serán un recuerdo asociado a personas y cosas en deshielo. Será como si alguien hubiera dejado la puerta de la nevera abierta, como si por fin hubiera sacado la pechuga de pollo a tiempo para tu almuerzo. Cuando llegue la luz, cuando los días duren más que la noche, yo seré un recuerdo solidificado en nuestro invierno. Seguirás allá y yo habré vuelto porque, en general, no aguanto. Me llevaré la costumbre de tomar multivitamínicos, de buscar sol como un perro acostado en el piso a la luz de los rayos filtrados por la persiana. De vos me quedará todo. Hay muchos momentos juntos, pero para despedirme escojo un día en el que no estuve. Hablemos de cuando tu mamá te llevó de regalo al Gran Poeta.

¿Cuántos años cumplías? Digamos que veintiuno, que ya me habías visto en clase, pero que yo no pasaba, según vos, de ser el gordo de Clásicas que devoraba libros. Por esa época leías a María Mercedes Carranza, a Chirinos, a Gelman y a cualquier poeta que cayera en tu mesa de noche. La literatura te decía algo. Hablabas de ser editora y de querer estar rodeada de lo que comúnmente las personas entienden por “artistas”. De ahí que tu mamá, quizás para darte gusto, quizás para salvarte de estar con cualquier pintor, escultor, escritor, músico, realizador o diseñador gráfico, te llevara al Gran Poeta. Digamos que llegó tarde, y ella, que toda la semana te había anunciado una sorpresa, te dijo: Nena, aún no podemos comer; recuerda que estamos esperando a alguien. Y vos siempre impaciente, siempre disgustada con las sorpresas, la miraste con rabia. No sabías que se trataba del Gran Poeta, pero tampoco preguntaste a quién estaban esperando porque con los años, con cada sorpresa de tu mamá, se había ido confirmando la distancia entre ambas. Por eso, cuando lo viste entrar al restaurante, pensaste que era una coincidencia y que había ido a comer con una de sus musas. ¿Qué sentiste cuando caminó hacia vos, cuando te dijo que había ido a la cena de tu cumpleaños, cuando se sentó en la cabecera de la mesa? Gozo, como cuando uno lee al Gran Poeta. ¿Qué comieron?, ¿de qué hablaron? Digamos que en algún momento después de la entrada, tu mamá, dado que él se había sentado en su mesa, sintió que tenía la potestad de preguntarle de qué carajos vivía un poeta. Y él, sereno, luego de probar el vino que él mismo había sugerido para la noche, respondió: Vivir de la poesía es, de hecho, una licencia poética, señora. Ni siquiera fue necesario el guiño, que te mirara. Vos trataste de cerrar el tema, de llenar el silencio con una risita cómplice. Tu papá y tus hermanos se mantuvieron indiferentes, pero tu mamá, llena de suspicacias, mucho más que el Gran Poeta, agregó: O simplemente vivir de licencias. A pesar de ello, la noche acabó bien. Luego entendimos que el otro talento del Gran Poeta, el género en el que se siente más cómodo, es el relacionismo público.

Por eso quisiste presentármelo y por eso mismo, o en parte, acepté. Ya éramos novios, ya estabas advertida de que yo escribía y eso parecía emocionarte. Fuimos a la biblioteca en donde estaba la oficina del Gran Poeta. Yo llevaba el cuchillo en la boca, un discurso preparado. Más que sorprenderlo para que impulsara mi carrera, me interesaba que me vieras sosteniendo una conversación a su nivel. Sobre todo luego de que me revelaste que uno de sus poemas llevaba tus maneras, tus ojos y tu juventud. Y si bien después nos dimos cuenta de que ese mismo poema llevaba las formas de varias, para mí se convirtió en un reto con él, conmigo mismo, con los dos o tres profesores que te escribían al correo y con los otros de mi edad que te enviaban textos para que les dieras tu veredicto. Llegando a la oficina del Gran Poeta me prometí que le iba a robar la inspiración. Peor aún, que te iba a volver mi lectora personal, exclusiva. Por eso te dije ahí, en la portería de la Biblioteca Moderna, por eso te repetí hasta el cansancio todos estos años: Yo voy a ser mejor que ese viejo. Y vos: En realidad, no es tan viejo. El tipo es un genio.

Nos atendió bien, el Gran Poeta. Nos ofreció café, tortas –todo lo trajo su secretaria personal–, y lo más importante: su tiempo. Dije que sí a todo. Que había leído, por ejemplo, a Haroldo de Campos, a Alberto Ruy Sánchez o a Marosa di Giorgio. Pero yo, como bien sabías, como él suponía, solo leía poetas muertos y encumbrados hace mucho más tiempo. Sin embargo, no me delató contigo. De hecho, prometió leer uno de mis cuentos. Pasamos casi una hora en la oficina del Gran Poeta, hipnotizados con su monólogo en verso libre. El error lo cometiste cuando nos íbamos, luego de que él preguntara qué teníamos pensado hacer durante el resto de esa tarde de lluvia. Contestaste de forma resuelta, por los dos: Vamos por un café y luego para la casa. Eso le dio material para imaginar lo que íbamos a hacer en la tarde, para escampar, y luego de nuevo antes de dormir. Así, dado que siempre evitamos las muestras innecesarias de cariño, confirmó sus sospechas. Por eso después de esa visita el Gran Poeta no respondió nunca más tus mensajes y, por supuesto, tampoco los míos. No podría explicar de otra forma su silencio. Fue eso, la humillación de enterarse de que ibas en serio con un escritor inédito que además tuviste el descaro de presentarle, o la calidad de mi cuento.

De ahí que te escriba excusándome en una casualidad. El otro día, cuatro años después de la visita, me encontré al Gran Poeta. Yo bajaba unas escaleras y lo reconocí de lejos, cercado de gente. Lo reconocí, pero evité saludarlo. Pensé que me había olvidado, pero su mirada me siguió por varios escalones, bajó conmigo. Entonces gritó mi nombre, se acercó, me dio un abrazo y me felicitó por lo del libro. Voy a leerte, creo que dijo... que volvió a prometer. Yo no salía de la estupefacción, del silencio. Menos mal, al notar su ausencia, alguien de su séquito se acercó para llevárselo. Nos estamos hablando, H., dijo. No le dieron tiempo para que me preguntara por vos. Seguramente ha visto las fotos en Facebook; seguramente su primera pregunta, si lo hubieran dejado luego de felicitarme, habría sido en dónde está D., qué hace allá y, más importante, qué hago yo acá. A lo mejor se acercó para comprobar la ausencia, la distancia. Como a muchos, las mejores respuestas a la hora de una pelea se me ocurren luego de la pelea. Me quedé un rato viendo cómo se llevaban al Gran Poeta, cómo saludaba a otras personas. Pensé en mi respuesta hipotética, en el tono con el que le habría mentido: Está bien, gracias por preguntar; me espera en casa. Por nada del mundo le habría dicho que no vas a volver. Tampoco, D., que vas a recibir esto después de que, ansiosa por la llegada del verano, saltes a un lago frío como hacen cuando termina el invierno los habitantes de ese país donde vives ahora. Se te va a acelerar el pecho, un corrientazo te va a partir la espalda en dos. Swim, move, te va a decir un rubio. Yo te habría abrazado, te habría dicho en buen español: Juguemos al Titanic, a que nos morimos congelados; me pido ser Leo DiCaprio. Pero no voy a estar y, seguramente, me habrías contestado: No seas bobo. Y luego habrías nadado a la orilla de ese lugar vanguardista, en donde se hacen amistades y al mismo tiempo se componen cuadros de casta. Mi amiga la de Martinica, la de Jamaica, la de Túnez. Mejor sus nacionalidades que sus nombres, por lo menos para explicarles a los de acá el ambiente cosmopolita que se respira. Eso era lo que querías, participar del mundo, ¿no? Mejorar, que no se te pasara la vida, salir de tu zona de confort, de la mediocridad, ayudar. Por eso dejaste todo. Te diste cuenta, aún a tiempo, de algo que todos comprobamos luego de acabar la universidad, cada vez que dejamos una hoja de vida: el mundo es igual de oscuro con o sin poesía; los versos no sirven para reparar goteras. Te desencantaste de las letras cuando ya estaba yo dando clases en el colegio, quizás siguiendo los primeros pasos del Gran Poeta. Te desencantaste y un día me llamaste a decirme que te habían becado en una maestría en acción humanitaria. El primer semestre, me dijiste, es en un país ibérico; el segundo, en el hielo; el tercero, en alguna selva inexplorada; el cuarto, está por verse. ¿Te vas conmigo? No sé. Si no te vas conmigo, esto se acaba. Me fui, nos fuimos, te fuiste. Y volví.

Esto ya lo sabes: luego de nuestra primera cita, llegué a la casa de mi papá a escribir un cuento. Te lo mandé a las dos de la mañana, esperé dos días, pero nunca respondiste. No fue sino hasta el tercer intento que algo mío valió un comentario tuyo. Al décimo cuento, gané un concurso en el que uno de tus amores platónicos era jurado; eras la única que celebraba mi victoria entre el público, lleno de los familiares de los otros concursantes. Lo escribí hace tres años y la gente se sigue muriendo. La de ese cuento y la de toda la literatura. Por eso, ahora que me despido te digo: vende los libros que te quedan y ve a salvarlos. Yo aún tengo hambre, muchas cosas por escribir, y no quiero obligarte a que te quedes conmigo en el camino. Aún no soy el Gran Poeta, pero he decidido jugármela. Vuelve, si quieres, si acaso la apuesta sale bien, si me llegan amenazas de muerte porque mis libros se están leyendo. Ya lo dijo un amigo el día del lanzamiento de mi novela: En este país matan políticos, periodistas, defensores de derechos humanos, pero nunca escritores. A menos de que los lean, claro.

Adiós, D. En unos meses, cuando recibas esto y haya llegado la primavera, yo me estaré alistando para un recital de poesía. Será en un parque de la capital de tu país, en una fiesta infantil. Por unas horas seré animador, como el Gran Poeta el día de tu cumpleaños vientiuno. Lo que sea para comprarme tiempo de escritura. A los niños les contaré de memoria “El renacuajo paseador” y “Simón el bobito”; les pintaré la cara de tigre, de león, de lo que ellos escojan. No me importa, esto no es un reclamo. Al final tendré mi libro en lo que quede de la biblioteca desvencijada que armamos en el último año. Habrá valido la pena.

Cuando recibas esto, volverás a usar vestidos y tus piernas brotarán de ellos. Serás una especie tropical en un invernadero. Yo, por mi parte, habré comenzado la matanza de zancudos por dejar la ventana abierta. Porque no, D., ni la puerta ni la ventana del cuarto estarán del todo cerradas para vos, aunque me consuman los bichos.

Estás en clase mientras escribo.

—H.

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Comentarios a esta entrada

wendy sanchez

me encanta este tipo de escrituras, historias que no son mías pero que por algo inherente se que hago parte de ellas. siento la necesidad de establecer un dialogo con el autor cuando las leo, me gusta establecer cierto tipo de conexión.

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