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Editor Korazón

Una plaga de libros

La tercera entrega del Editor Korazón está consagrada a una inquietante donación y a una carta que no está dirigida a este humilde terapeuta, y que no requiere de respuesta.

Apreciado Editor Korazón:

Quiero hacerle un ofrecimiento, pero antes debo explicar por qué.

Tengo una modesta biblioteca. La he ido reuniendo con libros que me han regalado y que no planeo leer, libros llenos de moho que he heredado de mis abuelos, libros que me han enamorado en las vitrinas, libros que he leído una y otra vez, y libros que ya ni recuerdo.

Hace unos días estaba corta de dinero y me puse a rebuscar entre las páginas de esos libros con la esperanza de encontrar algún billete olvidado. Al retirar uno, me pareció ver que algo que se movía en el fondo del oscuro estante. Debo admitir que la curiosidad me pudo. Empecé a arrojar bruscamente sobre mi cama, uno a uno, cada libro de ese estante de la biblioteca. Cuando lancé una desteñida edición de El color púrpura comprobé lo que temía: una asquerosa cucaracha salió disparada de la solapa, dio una vuelta sobre mis sábanas y volvió rápidamente a la seguridad del libro, luego de verse expuesta. Corrí a la cocina y tomé del lavaplatos un frasco de vidrio. Volví al cuarto con el frasco en una mano y con la otra empecé a darle golpecitos al lomo del libro púrpura. Después de unos segundos de insistir, la cucaracha salió de su escondite y, con una agilidad estimulada quizás por la adrenalina del momento, logré atraparla en el frasco. La miré por un rato, casi hipnotizada, girando el frasco para estudiarla por todos los ángulos. Por debajo, vi cómo se doblaban sus seis horribles patas; por encima, las manchas amarillentas de su lomo; por los lados, sus antenas desiguales, a lo mejor una secuela de otro encuentro con humanos. Quise mirarla a los ojos, pero se rozaba continuamente la cara con sus patas delanteras, como acicalándose, ignorando mi presencia y su nueva condición de cautiverio. Se veía tranquila, segura en su nuevo refugio de cristal. Empezó a caminar por las paredes del frasco desafiando las leyes de la gravedad, mientras yo me preguntaba qué hacer con ella. No podía liberarla en una de las materas de mi terraza como suelo hacer con las arañas, porque inmediatamente volvería a buscar el calor de mi casa a través de las rejillas de la puerta. Podría botarla por el balcón haciendo que cayera cuatro pisos hasta aterrizar en el parqueadero, pero de seguro sobreviviría y volvería buscando venganza. Ante la desesperación de no saber qué hacer con esa vida que sostenía en mis manos, llevé el frasco a la portería y, como toda una primípara, le pregunté a los celadores qué se hacía en esos casos. Se rieron de mí y me dijeron que tenía que matarla porque si no se iba a reproducir y se convertiría en una plaga. Al preguntarles cómo, me recomendaron que la botara al inodoro o que la espichara. No me sentí capaz de hacer ninguna de las dos cosas, así que, con ella dentro de su frasco, salí del edificio y empecé a caminar. Cinco cuadras al sur encontré una caneca casi llena y tuve una idea. Acomodé el frasco sobre la basura que se acumulaba, procurando que se mantuviera recto e invisible. Dejaría la cucaracha a su propia suerte. Quizás el frasco se rompería al ser arrojado al camión de la basura y ella seguiría su vida feliz entre montañas de desechos y podredumbre; de pronto el frasco se rompería antes y ella podría ser libre e ir a jugar al parque; o tal vez moriría asfixiada en unas horas dentro de ese frasco aún con olor a mermelada. Sin saber cómo despedirme, di media vuelta rumbo a mi casa.

Al llegar intenté dormir, pero no pude. Me pasé toda la noche recordando sus asquerosas patitas recorriendo mis sábanas e imaginando en qué otros lugares, todos inmundos, podrían haber estado. Quizás había depositado huevecillos al interior de mi almohada y en unos días estaría repleta de cientos de cucarachas bebés. Pensé que probablemente ella no sería la única y que en otros de mis libros viejos estarían sus amigas, arropadas entre las páginas. Durante la noche revisé al menos quince veces las cobijas temiendo encontrar otra sorpresa desagradable.

Desde entonces, no he podido volver a acercarme a mi biblioteca desprevenidamente, sin tener un pequeño sobresalto cada vez que quiero tomar un libro. Es por esto, señor editor, que he decidido deshacerme de mi colección y acudo a usted. Le escribo para saber si en El Malpensante estarían interesados en recibir como donación 72 libros de diversos géneros y autores, con la única condición de que acojan con cariño a cuanta cucaracha aparezca entre sus páginas.

Quedo atenta a su respuesta.

—Fernanda Archila

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