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El Malpensante

Ficción

Vidrios Rotos

Segunda entrega de la iniciativa Nuevas Voces.

Había tomado carretera de madrugada, cuando los pájaros aún dormían en los árboles. La ciudad quedó atrás con la oscuridad, el silencio y la lujuria. Encendió las luces altas. No llovía. Fumaba y bebía café de un termo. Escuchaba vallenatos en la radio, acordándose de sus correrías por Colombia, de las mujeres difíciles a las que había dominado. Llevaba distintos plaguicidas, pues según las investigaciones del Ministerio, existían varias especies migrantes que atacaban los cultivos del país. Las avispas que harían el control biológico viajaban en frascos de vidrio.

Manejaba tranquilo, tomaba las curvas sin miedo. Los años turbulentos se habían convertido en páginas de libros, en foros y conversatorios para abrir de nuevo las heridas, para que diera miedo repetir esa infamia. Ahora era difícil encontrar por el camino hombres con fusil dispuestos a internar por años al viajero en la selva. Colombia lo hacía sentir más libre, como si aquí pudiera ser lo que verdaderamente era, lo que el instinto le dictaba. Por eso decidió quedarse. Le gustaban el clima, la cerveza barata, pero disfrutaba especialmente el cuerpo de una mujer mientras bailaba vallenato, y las fiestas de los pobres, porque eran auténticas, caóticas, reales y furiosas.

Las indicaciones para encontrar al representante de los cultivadores de yuca eran precisas. Cuando entró en la carretera destapada supo que estaba cerca. Solo había un camino para llegar a la casa. Pasó por una tienda desolada, con envases de cerveza vacíos dispersos en el suelo. El día empezaba a clarear. Reconoció un guayacán a su derecha, a pesar de que no daba sombra ni estaba tapizado de colores. Adentro sonaban los frascos por el impacto del carro con las piedras, pero no se quebraban.

Apagó las luces, tomó una bocanada de aire y se acodó en la ventana con el primer cigarrillo que fumaba en ese pueblo; allí lo esperaban como a un brujo que aplicaría los conjuros de la ciencia para que creciera la yuca, que resistía mucho tiempo sin agua pero sucumbía ante los estragos de un insecto.

Los habitantes sufrían una crisis de fe tras la plaga de la yuca y el cruel verano que los azotaba. Todas las tardes (estaban convencidos de que la lluvia llegaría una tarde) miraban al cielo con la esperanza de ver una nube negra, pero durante meses solo e...

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Giussepe Ramírez

Economista de la Universidad del Valle y escritor ocasional de textos de periodismo y ficción. Realizó el diplomado en escritura creativa del Instituto Caro y Cuervo.

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