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Breviario

Ciudadano Park Way

Con el perdón de Orson Welles.

Ilustración de Sako-Asko

Por Cannes, paseando sobre una alfombra de pronunciación confusa, va el hombre del futuro. Digo canes no por la ciudad francesa sino por el racimo de perros que lleva en la mano; un séquito de cuadrúpedos que escoltan las caminatas meditabundas de nuestro ciudadano ejemplar, a quien tanto tiempo llevábamos esperando: el maravilloso, único y especial ciudadano Park Way. Hoy lo vi de nuevo y resolví no dejar pasar por alto el evento.

El Park Way es –como su nombre sugiere– un parque alargado, que comprende toda la carrera 24 entre calles 36 y 45 en Bogotá. Este espacio singular es un respiradero en el plomizo ambiente citadino, un verdadero corredor verde rodeado de árboles de chicalá, acacias, pinos y saucos por donde bailan a sus anchas la innovación, lo mejor de la alta cocina, la cultura, la moda y, hace poco, la Paz (una campaña llena de hashtags admirables y de una cobertura tan grande que alcanzó a llegar al supermercado Carulla más al sur de la ciudad). En fin, el lugar es un corredor donde los perros sacan a pasear a sus dueños, un pulmón de conciencia que genera más revoluciones por minuto que cualquier Ferrari.

Yo lo vi. Estos ojos estrábicos no mienten al decir que vi a ese hombre del mañana; estuve con él, entablamos conversación, compartimos mesa e incluso le ayudé a prender su cigarrillo cosmopolita. Pero, ¿quién es este protosapiens de Manhattan venida a menos y cómo sobrevive en una ciudad como Bogotá (que es cualquier ciudad siempre venida a menos)? ¿Cómo llegué a él por primera vez? Caminaba hacia mi trabajo y, en el cambio de un semáforo, estuvo a punto de pasarme por encima con su bicicleta. Fue tanta la admiración que despertó en mí, que llegué a escribir sobre su aparición. ¿Cómo reconocer a los de su tipo?

Primero, por su gusto particular para vestir. No van a la moda porque saben que la moda puede ser vulgar pero ellos no. Son sobrios y elegantes, los tonos oscuros les van bien y sus zapatos o botas de montaña siempre combinan con sus bufandas y sus largos abrigos invernales. El lector entenderá que no estoy hablando de los universitarios que asaltan la noche con sus cajas de vino moscatel y sus cigarrillos Pielroja, no. Hablo de los que habitan en este espacio y lo llevan consigo adonde vayan, como si también fuera un espacio mental. Un ser/estar en ese gran otro llamado La Soledad (el barrio que acoge y contiene este parque).

El ciudadano Park Way es ese que asiste a todos los eventos culturales que se hacen en la zona porque “¡ay, qué buena iniciativa!”. Es el que come muy bien y tiene un gusto bastante curado en ofertas gastronómicas emergentes porque “¡ay, qué buena iniciativa!”. Es el que le da nombre y le atribuye personalidad a un perro o a un gato y asiste a los cafés donde puede entrar con ellos –o incluso pagar para ver los ajenos– porque “¡ay, qué buena iniciativa!”. Además tiene la fortuna de ser organizador de muchos de los eventos de la zona para revitalizar a Bogotá y educarla porque “¡ay, qué buena iniciativa!”. Nuestro ciudadano, damas y caballeros, sabe de todo porque no olvidemos que es un trotamundos. El ciudadano Park Way sabe de fútbol, de música, de pintura, de lo último en el mercado editorial, del último restaurante ecoamigable, de política y opinión, de tragos impronunciables, de la vida y de cómo manejarla en medio de tanto desasosiego porque “¡ay, qué buena iniciativa!”. Algunos alcanzaron un summa cum laude en hacer psicoanálisis a partir del tipo, espesura y ph de la baba que cuelga en las rabiosas arengas de aquellos que no comparten sus opiniones.

Es el futuro, ¿saben? En el fondo, nuestro bípedo es un gran idealista que ha encontrado la felicidad en las bancas del Park Way. Es un hombre sometido a sus sentidos, a su gran corazón, que tiene el tamaño de esas diez cuadras que abarca el sector. Por eso cree que el mundo es así, y si no el mundo, por lo menos sí toda Bogotá y sus miles de #seguidores.

Algunos dirán que esto es un pequeño ejemplo de la gentrificación. Pero no, nuestro ciudadano no es un burgués indolente, sino un ser supremamente atento incluso a los cantos de los mirlos y al cambio de etiquetas en el supermercado. Si fuera un burgués de verdad, no tendría que salir a caminar para poder escribir sus columnas de opinión, porque lo estaría haciendo desde el cómodo sillón de su gran estudio. No, nuestro ciudadano hace columna de opinión cada vez que toca este suelo que ama y sufre.

 

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Lina Alonso

Hace parte del equipo editorial de El Malpensante. Ha colaborado con Vice, Razón Pública y El Espectador.

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