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Crónica

Carmenza y el Pinta

Una particular pareja subsiste entre la paciencia de un amor difuso y la persistencia de la locura. El cronista les sigue los pasos por paisajes surreales e intenta traducir en clave de realidad su vida ficcionada.

Carmenza y el Pinta almorzando en el parque de Ranchería.

A UN LADO DEL CAMINO                                                                                  

En el cementerio de Ranchería (Sahagún, Córdoba), donde durmió Carmenza durante tres años, ruinosas cruces de cemento se reparten entre tumbas de varios pisos ornadas con flores de poliéster. Si ella pudiera, diría que lo más incómodo de dormir en tan lúgubre hostal no es la proximidad de los cadáveres ni los susurros sobrenaturales ni el sentimiento de resurrección al despertar, sino la estrechez del sepulcro. Porque en uno típico, el de dos metros de largo, 80 centímetros de alto y 80 de ancho, al recoger la pierna, la rodilla se raspa con la parte superior de la bóveda; al girar el torso siempre resulta un codo malherido y un sobresalto puede provocarte un hematoma en la frente. Sin contar esos aguaceros que inundan el sepulcro cuando el viento sopla en contra, o el mortificante bochorno de las noches de verano. Pero escribir y conversar, distinguir entre espectros y bromistas, o diferenciar entre violación y sexo consentido, son tareas indescifrables para Carmenza debido al trastorno mental que padece desde su adolescencia.

El Pinta, quien convive con ella desde 2003, la conducía al cementerio a eso de las ocho de la noche, no sin antes proveerla de agua y pan. Los primeros meses durmieron juntos, él en su propia cárcava, hasta que una madrugada se le presentó un hombre enjuto y con cara de lechuza, vestido con una camisa idéntica a la suya. “Era igualito a mí –señala el Pinta–. Amarillo y seco como yo, pero olía a barro, y eso me asustó”. Por eso el Pinta optó por dejar a Carmenza al cuidado de cristos y vírgenes de escayola, y se resignó a dormir en una pieza cerca a la casa de sus hermanos, en el barrio Corea, a diez cuadras de Ranchería. Por supuesto, nunca faltó el bromista que lo buscara para advertirle:

“Carmenza se fue monte adentro” o “la vimos merodeando en la represa”, y él de inmediato regresaba al cementerio, ...

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Comentarios a esta entrada

Sergio Luis Arrieta Rodriguez

¡Ay de esos amores!

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Julio César Pérez Méndez

Docente de literatura. En 2008 ganó el I Concurso Internacional de Microficción Garzón Céspedes y fue finalista del I Concurso Regional de Minicuentos Antonio Mora Vélez. Es autor de la novela Cenotafios (Lugar Común, 2015).

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