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El extraño caso del Dr. Humberto Bronx

El perfil de un polifacético y contradictorio protector de la moral. Un ultraconservador con sotana que ejerció la censura más que la crítica de cine, se enfrentó a poderosos en algunas cruzadas justas y proliferó en cientos de obras que nunca le valieron la fama.

Ilustración de Diego Portilla

Muchos pueblos antioqueños compiten entre sí por un dudoso trofeo: reunir las tres efes –de feo, frío y faldudo– que Tomás Carrasquilla le adjudicó al suyo, Santo Domingo. De los tres adjetivos o atributos, es la fealdad el que más crispa. Los otros dos pueden tolerarse como caprichos de la naturaleza o como algo imponderable; pero la fealdad de un pueblo es, por lo general, el resultado de la voluntad de los hombres –y el espejo de sus almas–.

El Santuario, un pueblo a 57 kilómetros de Medellín, ha sido siempre frío, aunque la tierra caliente empieza a menos de una hora de carretera; y faldudo, por mucho que buena parte de sus gentes viva en una suerte de valle encajonado entre montañas y partido en dos por una quebrada, La Marinilla, que en los últimos años ha tenido por costumbre desbordarse y provocar inundaciones bíblicas. Su fealdad es reciente: el producto envenenado del febril comercio, la tacañería y el vicio de acumular de los santuarianos regados por el ancho mundo, pero que siempre regresan, con mucho dinero para gastar y exhibir.

Cuando en la década de 1930 el joven Jaime Serna Gómez abandonó El Santuario para irse de cura, el pueblo –dicen– era un vergel atravesado por un lecho de aguas diáfanas (el lodazal vino después, pero esa historia que todos pueden imaginar no cabe entre estas líneas). A monseñor Serna no tuve que salir a buscarlo: siempre estuvo ahí, acucioso y frágil como las primeras memorias. Ocupaba las ondas de la radio con sus sermones encendidos en La Voz de las Américas. Estaba en los púlpitos de la iglesia cuando lo contrataban de predicador y oficiaba sus muy célebres “horas santas”. Lo veía en sus intempestivas visitas a la casa de los extramuros del pueblo, cerca del cementerio y del matadero municipal, la casa donde él y yo vivimos cuando niños, aunque con décadas de diferencia. O aparecía en el periódico del domingo, donde escribió durante 39 años, sin pausa, la “clasificación moral de las películas”, fiel a la tarea que se le asignó en 1951 desde su cargo en el Secretariado de Cine (o Centro Católico Cinematográfico) de la Acción Católica Arquidiocesana: preservar...

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Pedro Adrián Zuluaga

Periodista, crítico de cine, docente, blogger y programador del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias.

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