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Ficción

El secreto de la Calle 11

Tercera entrega para la iniciativa de Nuevas Voces

Ilustración de Hernán Kristen

 

Sentí miedo el día en que mi marido me dijo que habíamos sido invitados a cenar a casa de los Ricaurte. Vivían en la calle 11, uno de los sitios más peligrosos y violentos de Bogotá. Para llegar allí teníamos que atravesar barrios como Santa Fe, San Victorino, el Bronx, el Cartucho... La droga, el hampa, el lenocinio, abundaban en aquellas calles. No existía autoridad, no existía Dios.

Llegamos pasaditas las ocho de la noche. Sin mucho tráfico a esas horas, logramos cruzar la ciudad sin problemas, procurando coger los semáforos en verde para no detenernos.

Las puertas de los locales cercanos a la casa estaban cerradas, aseguradas con rejas con muchas cadenas y candados, pero por los avisos que había encima de las persianas de hierro me pude dar cuenta de que la calle de los Ricaurte era la de las cacharrerías, las misceláneas y las casas de empeño.

Mi marido me contaba que de día el barrio era aún más peligroso. Había raponeros, vendedores ofreciendo autopartes robadas y distribuidores mayoristas de droga, hombres que se camuflaban entre la muchedumbre y pertenecían a organizaciones armadas que se encargaban de la seguridad ilegal de la zona.

Mucho dinero se movía en aquellas calles de miseria.

Una mujer, a esas horas de la noche, vendía dulces en la puerta de la casa. Me pareció muy extraño, pero no dije nada. Nos saludó muy amable con una sonrisa desdentada en una boca sin labios. En su cabellera crespa y rubia asomaban unas raíces grises de más de dos meses. Las cejas muy arqueadas, como pintadas con tizón. Tenía arrugas entre las arrugas en una piel oscura y curtida por el sol, con mucho rubor en las mejillas. Me pareció valiente soportar el frío de la noche con una falda tan corta y una blusa sin mangas.

Bajo un alero, una bola de trapos y mugre se movía. Eran dos habitantes de la calle que intentaban amarse. Transportados a otra dimensión, dejaban atrás el olor del pegante para viajar a mundos más amables. Como en el amor de verdad no es solo el objeto amado lo que importa, sino el estado al que se llega, ellos insistían. La mano del hombre hurgaba bajo la túnica mal...

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Estudió bibliotecología, química y diseño de jardines.

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