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Columna

El botín degenerado

Sobre el documental "Hitler vs. Picasso"

Por Juan Pablo Rosso

El 19 de julio de 1937 se inauguró en el parque Hoften de Múnich, Alemania, Entartete Kunst, una muestra artística que reflejaba lo que Hitler y sus órganos de propaganda consideraban como “arte degenerado”. En estrechos y oscuros corredores del Instituto de Arqueología, se exhibían obras de modernistas como Kandinsky, Picasso, Matisse, junto a artistas alemanes de vanguardia como Nolde, Kirchner y Beckmann. En total eran 650 obras curadas de un tesoro confiscado a 32 museos alemanes y casas privadas. Un botín opulento, pero despreciado, que tiempo después los agentes comerciales nazis remataron, en especial a través de Suiza, dispersando las obras por el mundo. La Entartete Kunst exhibió las obras mal colgadas, algunas sin marco, en un espacio afeado a propósito para resaltar el caos y la degeneración moral que se les imputaba. La muestra fue visitada por cerca de dos millones de personas, recorrió distintas ciudades alemanas por tres años y ayudó a consagrar la idea de que los coleccionistas y mercaderes de arte judíos, acaso los mayores aliados del modernismo, se habían contagiado de una degeneración incurable.

La muestra del “arte degenerado” se abrió al día siguiente y a pocos metros de la inauguración de la Casa del Arte Alemán, sede de la Gran exposición del arte alemán, presentada al público en un desfile cargado de esvásticas, carros alegóricos y la simbología nacionalista alemana. La Gran exposición del arte alemán exponía la antítesis de la “degeneración”. La muestra fue organizada por el propio Hitler y curada por Adolf Ziegler. Se exponía una colección de obras de artistas que, a través de bucólicas escenas campesinas propias de aquella Alemania hitleriana, mostraban el ideal artístico de un Führer obsesionado con reducir la creación del Tercer Reich al neoclasicismo: escenas rurales, maternidad, formas conocidas y tranquilizadoras. Fue con obras así, pero de su autoría, con las que Hitler vio frustrado uno de sus grandes sueños: convertirse en pintor. Treinta años antes, la Academia de Bellas Artes de Viena, regida por vanguardistas y modernistas, había rechazado en dos oportunidades a quien sería el caudillo más recordado del siglo XX. Precisamente, se piensa que la frustración artística de Hitler fue uno de los motivos que justificaría décadas más tarde el saqueo de obras de arte que tuvo lugar durante su expansión militar a lo largo de Europa. Robos que este año fueron llevados a la pantalla grande por Claudio Poli en Hitler versus Picasso y los otros (2018), un documental que ahonda en el que quizás ha sido el saqueo más grande y millonario de la historia del arte. Una depredación que a su vez se mezcla con las vidas de los coleccionistas judíos que huyeron de sus países o que engrosaron la larga lista del Holocausto.

El documental narra los detalles de la operación de secuestro de cerca de 600,000 obras (cuadros, tapices, esculturas), robadas de iglesias, museos, galerías y colecciones privadas -especialmente de hebreos- adelantada por un ejército de curadores, artistas, críticos e historiadores al servicio del proyecto político Nazi. Es la historia de la guerra declarada por el régimen fascista a los coleccionistas y mercaderes judíos y el despojo de sus vidas y sus bienes a través de una operación que le permitió a Hitler ejercer la peor forma de esnobismo político con la manipulación de la belleza.

Este método de dominación no fue exclusivo de Hitler. Desde las épocas del Imperio Romano la apropiación de los elementos culturales de los pueblos derrotados fue una forma que sirvió para izar la bandera propia en el campo enemigo y, también, para expropiar las banderas culturales que hacían posible los sentidos de pertenencia e identificación de los vencidos. El saqueo cultural supone el arrasamiento de las raíces de un pueblo. Con lo cual, sin puntos de identificación que permitan mantener o forjar una identidad, el camino se vuelve difuso para cualquier grupo social. Aquí, el robo o la compra de obras a precios irrisorios fue también un golpe al patrimonio de los coleccionistas judíos y, de igual forma, a su estatus en los círculos sociales europeos; amén de los infortunios de las obras proscritas y también de las amadas que, tras la guerra, aparecieron escondidas en lugares tan insólitos como las minas de sal de la Estiria.

La historia de las obras de arte saqueadas por los nazis está lejos de llegar a su fin. Tan solo ha aparecido un porcentaje de estas, y se desconoce la suerte de al menos 100.000 más. Tenemos fresco el escándalo que apenas en 2012 reveló la posesión de 1.500 obras, entre otros de Rodin, Matisse, Monet, Renoir, Klee, Kandinski, en el apartamento de Cornelius Gurlitt, hijo del mercader de confianza de Hitler, Hildebrand Gurlitt. De manera que quizá las obras halladas sean apenas la punta de un largo iceberg. Su probable aparición acabará de darnos un perfil del macabro utilitarismo de Hitler, así como de las vidas a las que pertenecieron las piezas. Lo único que de momento sirve de alivio es el hecho de que, a pesar de los intentos de Hitler, los “degenerados” resultaron triunfadores y sus obras hoy tienen mucho que recordarnos, con su propio peregrinaje, sobre los riesgos del racismo, de la tiranía y del doble filo del arte cuando se pone al servicio del poder.

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