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Ficción

Un gran esfuerzo

Un relato

Ilustración de Sandra Rilova

Él y su padre eran un animal amarillo, un mismo animal mirándose al espejo. El sueño se repetía. Se despertaba angustiado y cada vez le era más difícil volver a dormirse. Durante el día se sentía más rígido que de costumbre, más encorvado. Su mujer incluso le preguntó una vez si estaba bien, aunque después, cuando él intentó explicarse, ella pareció no querer saber demasiado. Entonces alguien le pasó el dato de la señora Linn. Podía ir con esa señora o con cualquier otra, había una en cada barrio. Lo importante, le dijeron mientras le anotaban el número en un papel, era no dejarse estar.

Hizo una visita, y volvió a verla una vez por semana. El alivio tras cada sesión lo ayudó a definir el malestar: desaparecían los nervios y la angustia que tiraba de la garganta hacia el estómago. El efecto duraba todo ese día con una plenitud comparable, según él, a la de caminar volando, y una paz residual quedaba en los días siguientes. Pero al final la rigidez siempre volvía.

En la quinta sesión contó el sueño, y la señora Linn aplicó aceite esencial de lavanda y abrió la ventana por completo. Él hundió la cabeza en el generoso agujero de la camilla y dejó a la señora Linn trabajar. Las manos, los codos y las rodillas eran la verdadera fortaleza de esa mujer, y solo a través de ellos se dejaba él influir. En la sexta sesión habló del padre, de esa primera vez que el padre se había ido de la casa y de la mujer policía que llamó para avisar. Lo habían encontrado caminando solo por la banquina de la autopista, un conductor llamó a emergencias de inmediato. Recordó a su madre al teléfono y la voz de la mujer policía regañándola: ¿se daba cuenta de lo peligroso que era para todos que su marido se paseara solo por la autopista? Ahora alguien tenía que ir a buscarlo a la comisaría.

Su madre se puso la campera sobre el pijama y él y su hermana esperaron sentados en el living. “Si levantan el culo del sillón”, les dijo la madre, “no más padre para nadie”.

Cuando la sesión terminaba, la señora Linn decía...

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Samanta Schweblin

En 2015 ganó el Premio Ribera del Duero por Siete casas vacías. Ese mismo año ganó el Premio Tigre Juan por su novela Distancia de rescate, que también le valió el Premio Shirley Jackson, en 2018.

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