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Crónica

Aviones sobrevolando un monstruo

En México, los narradores suspenden sus conversaciones cuando pasa un avión. Entonces, a lo mejor piensan en la cerrazón que les espera en su carrera literaria.

Ilustración de Nicholas Stevenson

_______ 1  _______

Me acerco a la ventanilla del avión casi hasta pegar mi cara contra ella. Sobrevolamos la ciudad. Juego a identificar los edificios: el World Trade Center, antes conocido como Hotel de México; la Torre Latinoamericana, a lo lejos, marcando el territorio del Centro Histórico; el mall de Reforma 222, por donde pasaba todos los días para ir a mi trabajo como editor hace unos años, antes de emigrar a Canadá.

No había estado en la Ciudad de México en los últimos doce meses y lo único que puedo pensar es que es horrible y que la amo. Esta contradicción es perfectamente común, y todos los chilangos la hemos sentido alguna vez cuando atisbamos el monstruo desde lejos. Pienso en todas las ocasiones en que he visto el infinito océano de calles, casas grises y avenidas sucias de la ciudad extenderse bajo mis pies desde un avión. Cada vez, al llegar a México, he experimentado esta misma mezcla de repulsión y encanto, este movimiento de atracción y rechazo.

Ese doble impulso lo sintió también Efraín Huerta, que en 1944 publicó su “Declaración de amor a la Ciudad de México” en el mismo libro que incluía uno de los textos más hermosos y justos sobre el d.f. que se hayan escrito nunca: “Declaración de odio a la Ciudad de México”. A veces leo ese poema en voz alta, exaltado, para recordar mi origen:

 

Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza

de sentirte cada día más inmensa,

cada hora más blanda, cada línea más brusca.

 

Hace diez años, exactamente, aterricé en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México al que ahora nos acercamos. En ese entonces volvía procedente de Madrid, después de pasar cuatro años viviendo en España. Yo era un joven poeta de 21 años y tenía una beca del gobierno mexicano para escribir mi primer libro. Nunca había vivido como adulto en la ciudad, pero una incombustible altanería –característica de los poetas jóvenes– me hacía confiar ciegamente en el futuro.

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Daniel Saldaña París

Su primer libro, Esa pura materia (2008), ganó el Premio Nacional de Poetas Jóvenes Jaime Reyes. También es autor de La máquina autobiográfica (2012) y En medio de extrañas víctimas (2013). Este año editorial Sexto Piso publicó su última novela, El nervio principal.

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