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El Malpensante

Ensayo

La risa de Voltaire

Una oveja descarriada del conservadurismo antioqueño viaja hasta Ferney buscando al padre de las Luces, ese al que de niño solo podía leer a escondidas.

Ilustraciones de Sako-Asko

Llego a Ferney buscando a Voltaire. Me ubico en el cruce de sus calles principales, frente a la estatua de bronce de Lambert. Observo el gesto del hombre magro apoyado sobre el bastón. Aquel que conserva la nobleza del servicio al otro o el ademán de humildad antes de que sobrevenga el ataque cargado de inteligencia. Me empino para otear mejor el rostro y encuentro la señal: el guiño sardónico en el rictus de los labios. Un poco más allá, como si estuviera al mismo tiempo en el Siglo de las Luces y en este que todavía no tiene nombre, escucho claramente que varios negros hablan un francés zarandeado por el azúcar y el mar de las Antillas. Los sigo en su chismografía criolla mientras le doy vueltas a la estatua. Mencionan ágapes comunales en las islas lejanas y se carcajean con espontaneidad. Estos negros, ahora franceses pero signados por su condición periférica, son muy diferentes del que Cándido encuentra en Surinam y quien, de modo paradigmático, le refiere la causa de sus males: “Se nos da un calzón de tela por vestido dos veces al año. Cuando trabajamos en los ingenios y la muela nos atrapa algún dedo, nos cortan la mano. Y cuando queremos huir, nos cortan las piernas. Como ve, a mí me sucedieron las dos cosas. Tal es el precio del azúcar que ustedes consumen en Europa”. Luego leo los agradecimientos escritos sobre la placa que la municipalidad de Ferney da al poeta filósofo. Al que se ocupó, con un espíritu entre capitalista y solidario, de los menesterosos de estos feudos. Feudos que sin él serían fantasmales para la curiosidad del viajero.

Sé que llamar filósofo a Voltaire es excesivo. Él nunca lo fue, según el rigor que nuestros tiempos otorgan a esta categoría. Los filósofos son quienes postulan sistemas de pensamiento y oxigenan las corrientes cognitivas que vendrán después. Voltaire no logró tales alcances. Solo fue un vulgarizador sagaz de conceptos y un difusor polémico de vocabularios. Aunque, sin duda, fue poeta. Un poeta al que se le comparó, en esos días suyos marcados por la solemnidad y la exageración, con Virgilio y Dante. Su poesía, sin embargo, se ha marchitado. Las grandes composiciones poéticas de Voltaire, dice...

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Pablo Montoya

Docente de literatura en la Universidad de Antioquia. Recibió el Premio José Donoso (2016) como reconocimiento al conjunto de su obra. En 2019, su primera novela, "La sed del ojo", fue reeditada por Penguin Random House. 

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