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El Malpensante

Breviario

Bestiario portátil del Caribe

Con el humor y la elegancia que lo caracterizan, un corresponsal costeño hace un catálogo de especies que exceden la imaginación y dejan perplejo incluso a los locales.

Comencemos por esa línea verde –a veces delgada, a veces gruesa– trazada entre el reino animal y el vegetal: la iguana. Larga, elástica, es una hoja que a diferencia de otras no cae al suelo precipitándose en un suave, lento descenso, sino que –aquejada tal vez de un terrible miedo al salto, al vacío– prefiere bajar del árbol arrastrándose por sus ramas, luego por su leñoso tronco, después por sus gruesas raíces, hasta confundirse con el resto de la hojarasca que tapiza el suelo. Pero la diferencia de verdad mágica reside en que es también la única hoja capaz de retornar al árbol, de ascender de nuevo a su copa, de uncirse otra vez a esta y recuperar así su lugar original en el alto y denso follaje.

Para seguir con las criaturas que reptan, he aquí una cuyo tamaño es igual de enorme a su talento para darse la buena vida: la babilla. Como todo sibarita que se respete, se procura largos ratos de ocio y toma prolongados baños de sol. Su dieta suele incluir finos bocados: peces, por ejemplo. Y confirma su gusto gourmet con la sabia receta de poner en salmuera sus presas en algún charco para que, a la hora de comerlas, su carne tenga la suavidad del más fino de los manjares.

Que tengan un carácter y un talante tan opuestos a los de la babilla, pocos reptiles hay acaso como la lagartija. Su frenética actividad física no cesa ni siquiera bajo la canícula más furiosa. La finalidad de tal dinamismo es, claro, de orden alimentario, la caza de insectos, pero no podrá negar ella misma que también busca con esto cuidar su forma atlética. No es sino verla haciendo cada tanto flexiones de pecho, apoyando su fibroso cuerpo sobre los robustos brazos de gimnasta.

En su incesante recorrido, no es improbable que la lagartija se cruce con un sujeto de “figura amenazante”: el armadillo. ¿Es la versión animal de los antiguos caballeros armados? ¿Un Palmerín de la fauna americana? ¿O se trata más bien de un pequeño tanque de guerra? ¿O de una suerte de Potemkin de las breñas de la antigua provincia de Padilla? No: pese a tantas armas, este buen señor no es una fuerza de choque. En absoluto es de temer. Más bien es él quien teme. Y toda esa coraza con la que anda siempre por ahí, perturbando rafaelescalonas a su pesar, es solo la coagulación –dura, ósea– de su temor.

La que sí parece tener una auténtica vocación guerrera es la escolopendra. Ella sola parece un ejército compl...

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Joaquín Mattos Omar

Es columnista de El Heraldo. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2010.

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