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El Malpensante

Breviario

Gefilte Fish

Imitando se aprende casi cualquier cosa. Incluso las que uno no quisiera aprender.

Ilustración de Santiago Guevara.

Una noche, ya sentados y por empezar a comer una pasta con ragú de cordero, mi hijo de casi dos años estiró una mano, agarró la mía, inclinó su cabeza hacia abajo y se puso a rezar. Lucía una sonrisa distinta a sus otras sonrisas. Una sonrisa pícara. Una sonrisa llena de luz. Una sonrisa de mira lo que estoy haciendo, papá. Y yo entendí de inmediato su juego. Estaba imitando a la familia de colombianos que lo cuidan en las mañanas, que son cristianos, y que seguramente dicen un breve rezo en la mesa antes de comer. Mi hijo el cristiano, pensé, sonriéndole luz de vuelta. Y luego pensé que la imitación es el principio de todo aprendizaje, religioso o no.

En 1908, el neurólogo y psiquiatra alemán Hugo Karl Liepmann localizó la parte del celebro cuya función principal es la imitación: el lóbulo parietal del hemisferio dominante. Liepmann descubrió que sus pacientes con una lesión en esa parte del cerebro también habían perdido la habilidad de imitar.

A veces la imitación es inconsciente o accidental. “Mirroring”, se le llama en inglés. Espejear, calcar, reproducir, sin darnos cuenta. Un ejemplo desnivelado: de muy niña, la madre de mi hijo cojeaba. Su madre, que había sufrido de polio cuando era joven, cojeaba. Ella, sin darse cuenta, estaba imitando el andar de su madre.

Otras veces la imitación es consciente o deliberada. Primer ejemplo literario: el poeta inglés Alexander Pope empezó imitando a los grandes poetas. En su libro Early Poems: Imitations of English Poets, que reúne poemas escritos cuando tenía catorce y quince años, él imita intencionalmente a Walsh, a Crowley, a Chaucer, a Spenser. Y es que Pope, en el siglo xviii, y como lo haría hoy un guitarrista o un pianista, aprendió la artesanía de su instrumento tocando los covers. Luego llegaría el arte. (La creatividad, proponía el neurólogo Oliver Sacks, empieza con la imitación.) Segundo ejemplo literario: en 1928 se suicidó el padre de Hemingway, con una escopeta. En 1961 se suicidó Hemingway, con otra escopeta. En 1982 se suicidó el hermano de Hemingway, con un revólver. En 1966 se suicidó la hermana de Hemingway, con pastillas. En 1996 se suicidó la nieta de Hemingway, con barbitúricos. En 2001 se suicidó el hijo de Hemingway, en su celda, en una prisión de Miami.

Pero aun otras veces, casi diría que la mayoría de las veces, la imitación es una mezcla imprecisa de consciente e inconsciente. De deliberada y accidental. De religiosa y traviesa al mismo tiempo, o al unísono, o en tándem, al menos en tándem sobre esa antigua bicicleta que es nuestra memoria. Un ejemplo personal: una noche, al igual que mi hijo, yo aprendí a rezar imitando, y también imitando, esa misma noche aprendí a fumar.

Fue un viernes. Mi abuelo polaco me había ordenado que hiciera por primera vez el Kidush, el rezo en hebreo sobre el vino que da inicio al Shabat. Tenía trece años. Me tocaba. De pie ante toda la familia, entonces, con el antiguo libro de rezos de mi abuelo polaco en una mano y una enorme copa plateada en la otra, hice la pantomima de estar leyendo la oración en hebreo. Jamás aprendí hebreo. Me sabía el Kidush fonéticamente, claro. De memoria. Imitando –acaso sin saberlo– el mismo cantado y el mismo acento asquenazí de mi abuelo polaco. Luego brindamos y nos besamos unos a otros alrededor de la mesa y, como todos los viernes, nos sentamos a cenar las bolas de gefilte fish que había cocinado mi abuela (“filter fish”, las llamaba la cocinera afroamericana del neurólogo Oliver Sacks). Al terminar, uno de mis tíos encendió un cigarrillo. Recuerdo su rostro de placer al exhalar el humo denso y azulado, el cigarrillo blanco colgando de sus labios mientras se reía y hablaba. Le pedí uno, medio en broma. Era mi tío más joven. Tenía revistas de mujeres desnudas en su mesa de noche. Tocaba batería. Me extendió el paquete rojo, quizás también medio en broma, y me dijo que adelante, que ya era todo un hombre, haciendo alusión a que yo tenía trece años y rezaba el Kidush y bebía vino de un enorme cáliz plateado. Me volví hacia mi papá, quizás para verificar si era en serio, quizás pidiéndole permiso, y él solo me hizo un gesto con la mirada: como usted quiera. Yo no quería. O no tanto. Pero sentí que ya no había marcha atrás. Alcancé el paquete rojo, saqué un cigarrillo y lo encendí con un par de tosidos. Minutos después vomité todo el gefilte fish sobre la mesa.

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Eduardo Halfon

Ganador en 2010 del Premio de Novela Corta José María de Pereda con La pirueta. En 2019, Libros Malpensante publicó su volumen de crónicas "Biblioteca bizarra".

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