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Cine

Con la lengua afuera

Scorsese and Stones = Shine a light

Pocas veces un fan de una banda legendaria tiene la oportunidad de acercarse a sus ídolos y rendirles un homenaje. Después de cuarenta años, Martin Scorsese puede preciarse de ser una excepción a esa regla.

Ilustración de Camilo Mahecha

 

“Sólo puedo escribir sobre este festival con desilusión y rabia, no por su concepción o por la organización del mismo, o incluso debido a la selección de las películas, que fue representativa, sino más bien por las propias películas, que demostraron una carencia: un género que pudo haber existido, pero que no existió. Y ya que las viejas películas de rock and roll muestran lo maravilloso que pudo haber sido este género, las nuevas películas parecen por eso mismo más dolorosas. Sólo muestran la música desamparadamente, o con desprecio, mutilada y desde lejos. En los noticieros de conciertos de los Beatles o los Stones se les ponía, por supuesto, más atención a los adolescentes extáticos de las filas de adelante que a los propios Beatles o Stones: un primer plano de una chica gritando es realmente el ángulo opuesto del primer plano de un camarógrafo disgustado. Es una imagen defensiva, una imagen de miedo, una fórmula de exorcismo. Este mecanismo abarca tanto, que los músicos y la música sólo aparecen al margen: sirve para excluirlos de la película”.

El que escribe es Wim Wenders en septiembre de 1970. El texto se llama “Un género que no existe” y fue publicado en su volumen de ensayos Emotion Pictures. Se refiere a las películas sobre rock y pop y de qué modo fracasan al intentar imitar la tensión, el movimiento, la atmósfera y el ritmo que transmite la música, convirtiendo al celuloide en un despliegue de movimientos agitados y erráticos de la cámara, edición que fragmenta a los artistas, uso en exceso de trucos ópticos y de colores abigarrados que no permiten ver las escenas con claridad. Wenders criticaba su falta de interés y su desprecio por los músicos, los instrumentos, el escenario, la diversión o el esfuerzo de hacer música; nada de eso parecía digno de mostrar. El cine se quedaba en la superficie de la música, destruyéndola, sin nunca lograr captar su esencia en términos cinematográficos sensibles. Como excepción a la regla cita a One Plus One (1968) de Godard, el registro de la génesis musical de Sympathy for the Devil.

En eso los Rolling Stones han tenido suerte: su carrera ha sido documentada para el cine por directores que no temen al riesgo. Peter Whitehead hizo la artística Charlie is my Darling (1966); Michael Lindsay-Hogg les filmó la extravagante y ya resucitada The Rolling Stones: Rock and Roll Circus (1968); los hermanos Maysles retrataron el caos y la zozobra de Altamont en esa pieza histórica que es Gimme Shelter (1970), mientras que el fotógrafo Robert Frank, en la polémica y desheredada Cocksucker Blues (1972), nos mostraba sus excesos durante una gira norteamericana. Con el mismo tema, una década más tarde tuvo menos éxito Hal Ashby y su Let’s Spend the Night Together (1982). Además, su música hace parte de la banda sonora de incontables películas y documentales y ha influido a artistas y directores más de lo que los Stones podrían –y quisieran– reconocer. Uno de ellos, quizá su más confeso e importante admirador, ha sido Martin Scorsese. “Déjenme ponerlo de esta forma: entre 1963 y 1970, en esos siete años, me encontré gravitando alrededor de la música que hicieron. Yo la escuchaba en gran medida. Y en últimas eso dio combustible a películas como Calles peligrosas y a cintas mías posteriores, El toro salvaje hasta cierto punto y, evidentemente, Buenos muchachos, Casino y otros filmes en estos años”, le comentaba a Craig McLean en una entrevista para el semanario inglés The Observer.

A los 30 años, en 1973, Scorsese contaba con dos largometrajes (Who’s That Knocking at My Door y Boxcar Bertha). Había sido  director de segunda unidad y editor de Woodstock y supervisor de edición de Elvis on Tour. Era hora de emprender un nuevo proyecto, Calles peligrosas (Mean Streets), para el que contaba con un presupuesto de 750 mil dólares, de los que utilizó 30 mil para adquirir los derechos de “Jumpin’ Jack Flash” y “Tell Me”, dos canciones que consideraba indispensables para su película. Y aún sigue pensando que la música de los Stones fue la que hizo posible esa película. “Toda la inspiración que fui capaz de poner en Calles peligrosas tiene que ver con su música, no con verlos en el escenario. Salió de la imagen que me formé cuando escuchaba el álbum Aftermath, o ‘Jumpin’ Jack Flash’, ‘Sympathy for the Devil’ –y cómo ‘Sympathy’ se volvió la banda sonora de nuestras vidas–. En esa época la canción estaba en todos lados”, confiesa Scorsese a McLean.

Las dos canciones están al inicio de Calles peligrosas, ambas acompañando a dos de sus protagonistas a su llegada al bar de Tony. Cuando Charlie (Harvey Keitel) entra al lugar está sonando “Tell Me”. El personaje parece flotar, deslizándose con ligereza por el lugar, al ritmo de la música, hasta el sitio donde dos strippers bailan la canción. Scorsese quería que la letra –que habla de golpes en la puerta que nadie da y teléfonos que nunca suenan– definiera a este reflexivo y ambiguo personaje. Pero cuando el violento e impulsivo Johnny Boy (Robert De Niro) ingresa, escoltado por dos mujeres que conoció en otro bar, suena “Jumpin’ Jack Flash” como un himno más que apropiado, mientras los tres caminan en cámara lenta y Charlie los observa taciturno. En otra entrevista, ahora para el crítico de cine Bill Goodykoontz, el director confiesa que diseñó la escena para esa música: “Mucha gente que conocí mientras crecía eran ‘Jumpin’ Jack Flash’. Muchos de ellos ya no están por aquí, muchos están muertos. Pero yo entendía de dónde salía esa actitud. Yo la vi en las calles. Siempre tuve una relación compleja con las calles donde crecí, por estar todo el tiempo enfermo de asma. Pero yo observaba mucho. Era parte de eso, pero observaba mucho más”.

A los Stones volvería recurrentemente gracias a “Gimme Shelter”, que hace parte de las bandas sonoras de Buenos muchachos, Casino y Los infiltrados, tres de sus películas sobre el bajo mundo. Un escenario apropiado para un tema en el que Jagger canta que la violación y el asesinato están a “sólo un disparo de distancia”. Es tan conocida la afición de Scorsese por esa canción que, en el pasado Festival de Cine de Berlín, Jagger bromeaba en una rueda de prensa diciendo que “Shine a Light es la única película en la que Martin Scorsese no ha usado ‘Gimme Shelter’ ”. En Buenos muchachos también suenan “Monkey Man” y “Memo From Turner”, mientras que Casino está lleno de sus canciones: “Can’t You Hear Me Knocking”, “Heart of Stone”, “Long Long While”, “Satisfaction”, “Sweet Virginia”. En conversación con James Mottram en The Independent, el director refiere orgulloso que “Jagger no recordaba haber grabado algunas de las canciones que usé en Casino”. No es raro que Scorsese haga alarde de su erudición musical: pocos directores dan un papel tan protagónico como él a las bandas sonoras de sus películas. Además, es el hombre al que se le debe El último vals (1978), el excelso documental que narra el concierto de despedida de The Band (“una suerte de elegía, de mirar hacia atrás”); antes dirigió New York, New York (1977) con su nostálgica mirada a la era de las big bands; es el productor ejecutivo y director de uno de los segmentos de The Blues (2003) y además hizo un monumento a Bob Dylan con No Direction Home (2005). Los Stones lo han acompañado una y otra vez desde hace más de 35 años. Un homenaje era algo que tenía que darse tarde o temprano. “La deuda es incalculable. No sé qué decir. En mi mente hice esta película hace cuarenta años. Sólo ocurre que se está filmando ahora”. Es hora de encender una luz, de hacer Shine a Light.

 

Ilustración de Camilo Mahecha

 

Like a rolling stone

Scorsese ha venido trabajando con Mick Jagger desde hace un poco más de ocho años en un proyecto de características épicas que pretende hacer la crónica del negocio de la música en Estados Unidos entre las décadas de los sesenta y los noventa (llamado provisionalmente The Long Play), y que el cantante va a producir. Shine a Light surge parcialmente de tal proyecto. Jagger & Richards pretendían documentar un tour completo de los Stones o por lo menos un megaconcierto, como el que tuvo lugar en la playa de Rio de Janeiro en febrero de 2006, pero Scorsese –a quien le hicieron la propuesta– quería filmar un concierto de formato más pequeño. El director comenta en las notas de producción de la película que “hablamos de hacer una película oficial del tour pero en cierto punto pensé que hacer algo más íntimo me sentaría mejor como cineasta y facilitaría una conexión más personal entre la audiencia y la banda”. La oportunidad se dio con los dos conciertos que el grupo realizó para la Fundación Clinton en el otoño de 2006, con ocasión del cumpleaños número sesenta del inefable ex presidente. El lugar fue el teatro Beacon, en el Upper West Side de Manhattan, que a pesar de su aspecto compacto puede albergar a 2.800 personas.

Scorsese dejó de lado cualquier intento de narrativa –quizá exceptuando un breve y divertido prólogo que es una suerte de making of del documental y que describe las angustias (ficticias) del director por lograr conciliar con Jagger el orden de las canciones– y se centró en filmar a los músicos en concierto. Para lograrlo tenía un as oculto: Robert Richardson –el director de fotografía de once de las películas de Oliver Stone y que para Scorsese había hecho Casino, Vidas al límite y El aviador– comandaría ahora un equipo de ensueño de cinematografistas, que incluía a John Toll, Stuart Dryburgh, Robert Elswit, Emmanuel Lubezki y al mítico Albert Maysles para capturar con dieciocho cámaras al cuarteto en escena. Tras un bochornoso saludo de Clinton y su familia a los músicos –que lucen entre incómodos y aburridos– y luego de que el exmandatario hiciera la presentación (por fortuna breve) de la banda, las cosas se desataron gracias a “Jumpin’ Jack Flash”, y ahí están de nuevo, cantando las canciones que se saben más allá de la memoria y siendo ellos mismos, que es su mayor virtud. No se traicionan, no se ponen a inventar, saben que el público les reclama un repertorio (“Satisfaction”, “Sympathy for the Devil”) y unas actitudes en la tarima que están milimétricamente grabadas en el inconsciente musical colectivo. Más que su música, son ellos mismos una marca registrada, algo ajeno, algo que ya no les pertenece. Han dejando de ser la contracultura, son ahora un producto masivo, muy estudiado y hasta cierto punto complaciente.

Scorsese los documenta de cerca, en primeros planos ágiles y en planos generales que intentan contener a Jagger, acróbata escurridizo, y evitar que se salga de cuadro. Keith Richards –fauno en siesta– llena de humo la atmósfera, camina lento, canta con suficiencia: es más fácil de captar que su compañero. Ronnie Wood demuestra que sabe tocar, Charlie Watts sólo dice hola: no necesita hablar más. David Tedeschi hizo de la edición de No Direction Home una labor de paciente arqueología y de sensible artesanía, y Scorsese sabía que a él debía entregarle el montaje de Shine a Light. Una edición precisa y técnicamente impecable que en ningún momento pierde la atención sobre los músicos y que combina unas breves entrevistas y noticieros del pasado, que buscan contextualizar la longevidad del grupo, con el registro inmediato del concierto, que deambula entre sus clásicos habituales y temas poco frecuentados, como la hermosa “As Tears Go By”, que Jagger canta con algo de pudor. Como recordando la lección que propone Wenders, el público –cuyas filas delanteras fueron seleccionadas a dedo por el equipo de producción, con base en su juventud y aspecto físico– está allá lejos, enredado en medio de una medusa de cámaras y grúas que parecen salir de la nada y que intentan inútilmente pasar inadvertidas. Por momentos la luz convierte al Beacon en un club nocturno y a los asistentes en una masa anónima que salta y se desplaza errática, en trance sonoro. Scorsese quiere que los espectadores del filme estemos en una ubicación aún mejor que la primera fila: quiere que estemos con los músicos arriba en el escenario, como lo están Jack White, Christina Aguilera y el enorme Buddy Guy, los dignos invitados a compartir canciones con los Stones (no sabemos aún si la sensual Aguilera canta bien o no, pero Jagger luce seducido), que ya no sienten el antagonismo que el director alemán mencionara. Son ellos el único centro de atención, mientras demuestran en escena una agilidad bochornosamente atrevida para su edad (Wood es el menor de los cuatro: tiene sesenta años).

Si bien El último vals es una evocación del pasado, un réquiem de una banda que se despide, Shine a Light es una celebración del presente vital de un grupo que, pese a todo, está por completo vigente. Scorsese no busca la recopilación exhaustiva, ni la pose para la historia, ni la declaración que quede esculpida en piedra, él sabe que éste no es su último concierto y como tal lo asume: como el registro emocionado de un momento maduro de sus carreras (la de él y la de los Stones). Esa emoción sale de su admiración y su respeto por el grupo, a quien no se atreve a criticar o a fotografiar con la guardia baja: él va a complacerlos con algo visualmente brillante pero poco arriesgado. Sabe que los necesita a gusto, como si requiriera de esto para adornar con su música las futuras bandas sonoras de su cine. Opta entonces por abandonar la idea de filmar el concierto definitivo y se deja llevar por la alegría que aún le generan sus legendarios ídolos y por el placer de poder por fin estar filmándolos, para terminar contagiándonos –con nuestra feliz anuencia– en el proceso. ¿Que la filmación es convencional y predecible, que los Stones se repiten sin remedio, que el final con la lengua en el cielo de Manhattan es cursi? Nada que lamentar: It’s only rock ‘n roll (but I like it).

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Juan Carlos González A

Es editor de la revista Kinetoscopio y autor del libro "François Truffaut. Una vida hecha cine" (Panamericana Editorial, 2005).

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