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El Malpensante

Artículo

Diario de una residencia

¿Cuáles son las penurias y bondades de una residencia artística en la célebre Casa de Velázquez, en Madrid? Una escritora uruguaya relata, atenta al Mundial  de Fútbol y con las maletas armadas, los días previos a su retorno a la frenética realidad que le roba tiempo de escritura. 

Ilustración de Ana Bustelo.

27 DE JUNIO

Tres días para el final de mi beca. Alemania eliminada del Mundial. Dos catástrofes de distinta proporción: una personal, la otra nacional. El fin de determinados privilegios o ilusiones. Mientras tanto, abajo se prepara otro evento privado. Como ya es costumbre, hemos recibido un correo con la advertencia de que no podemos pasar por las galerías, la escalera, la terraza y el patio del edificio, ni permanecer en ellos. No deja de ser triste que una institución educativa como la Casa de Velázquez deba sostenerse alquilando sus instalaciones y su estatus francés a marcas que representan el súmmum de la frivolidad: licores, cremas antiedad, revistas de moda. Pero no es eso lo que nos deja a los residentes un gusto amargo, sino el hecho de que se pretenda que artistas e investigadores se escondan durante el evento en sus habitaciones espartanas, tan distintas del lujo burgués y patético de la fiesta, para no arruinar las fantasías de glamur de los invitados. Tal vez por eso el resto del tiempo la Casa de Velázquez necesite compensar con una seriedad absurda, alambicada, démodée. Esos gestos de superioridad –he llegado a creer– tienen como objetivo recordarnos a los becarios los círculos de privilegio, las jerarquías. Esas mismas a las que ellos renuncian, solícitos, durante los eventos.

Una vez, en Bélgica, dormí en un antiguo monasterio. Las habitaciones se parecían bastante a las que nos adjudican a los becarios en la Casa: una cama de una sola plaza, infantil, tan corta que varias veces he dormido con los pies afuera; un colchón viejo, de resortes, que te expulsa con un rebote acrobático cada que intentás encontrar una posición más o menos aceptable; dos frazadas de lana, que te hacen picar las piernas; las sábanas con remiendos o incluso con agujeros y rajaduras que se van extendiendo durante la noche. El resto de las comodidades incluye una silla y una mesa. Sobre la mesa, una lámpara. En la pared, un cuadro torcido de colores tan opacos y con tantas capas de polvo acumuladas encima, que ya no se distingue la imagen. Tiene el marco roto. La varilla inferior, salida del lienzo, pende en diagonal con un peligroso clavo en la punta. Todo calculado, imagino, para anular cualquier tipo de placer, de ocio, para reco...

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Fernanda Trías

Es traductora y magíster en Escrituras Creativas de la Universidad de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, La azotea, novela por la que recibió en 2002 el Premio Nacional de Literatura en Narrativa de Uruguay.

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